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Manuel Fuster Siebert

La pasión humanista del traductor de William Osler

03.02.2008 Lleva toda una vida dedicada a la cardiología, pero el lado humanista de la medicina es otra de sus grandes pasiones. El acercamiento a la figura de William Osler y la traducción de tres libros del médico canadiense han sido para él experiencias decisivas. Pronto presentará el último de ellos.

TEXTO: JOSÉ MIGUEL A. GIRÁLDEZ FOTOS: FERNANDO BLANCO / MEDICAL ARCHIVE

Manuel Fuster Siebert, fotografiado en la sede del periódico, esta semana, durante la entrevista.
Manuel Fuster Siebert, fotografiado en la sede del periódico, esta semana, durante la entrevista.
El doctor Manuel Fuster llega con su gesto tranquilo, y con su sombrero, y se deja fotografiar con la misma sensación de quietud. Y luego extrae lentamente los tres volúmenes que ha traducido hasta ahora del gran médico canadiense William Osler, y me cuenta, con voz templada, pero con evidente entusiasmo, la importancia del humanismo en la medicina actual. Y pide que se le dedique más tiempo al enfermo, lo cual quiere decir, claro, que habría que dedicar más minutos a las consultas. Manuel Fuster es cardiólogo, ha trabajado durante largos años en la división pediátrica, pero jamás dejó de lado la mirada humanista.
Es un hombre muy literario, y lo demuestra con su pasión por la historia de la ciencia, y con sus traducciones, trabajosas, minuciosas, de un Osler que, como él mismo se encarga de recalcar, "es complejo y abigarrado en sus escritos, difícil, ciertamente, de traducir". Entrevistar a Fuster es, sin duda, un viaje a la mirada más humana de la medicina, y una forma de comprender que, después de todo, las ciencias y las letras dan muy buen resultado cuando se juntan.

–No es extraña la figura del médico humanista. España ha tenido conocidos médicos humanistas, pero seguro que había otros muchos, que se han quedado en el anonimato. Supongo que usted ha estado siempre interesado en la conjunción entre el hecho científico y el ser humano.

–Siempre me interesó la lectura. El ensayo. Cuando yo era joven era frecuente que los estudiantes leyésemos libros como Cuerpos y almas, de Van der Meersch, y cosas así. Aparte del material estrictamente técnico. Yo, por ejemplo, me leí las obras literarias de Ramón y Cajal, y me engancharon bastante. Era un niño inquieto, jugaba todo el rato, pero también leía siempre que podía. Creo que la medicina no se puede desvincular de las humanidades. Porque un médico no es otra cosa que un individuo al que le interesa todo lo humano, en principio el ser humano enfermo. Nosotros nos entusiasmamos por cosas que otros tal vez rechazan, como la enfermedad, o el estudio de los órganos internos... La medicina es hermosa porque uno es útil al prójimo. Pero es también una profesión llena de curiosidades, de anécdotas. Ahora sabemos que la literatura puede ayudar mucho al médico, y por supuesto al enfermo. En Estados Unidos hay cátedras que mezclan sin problemas ambos conceptos. Hay aspectos sentimentales, muy próximos a la esencia humana, que no están en los tratados de medicina. Pero se puede aprender mucho sobre eso, sobre lo que siente el enfermo, en libros como La muerte de Ivan Ilich, o en Pabellón de reposo, o en La montaña mágica, de Thomas Mann. Cela, es bien sabido, estuvo en un pabellón de tuberculosis, así que sabía bien de lo que estaba escribiendo. Hoy se pide a los enfermos de cáncer que cuenten, que narren su experiencia. Y es que en la medicina el dominio del lenguaje es fundamental.

–La medicina, que conoció a partir del Renacimiento tanto auge con los estudios de anatomía, es a veces demasiado fría. Y tal vez ahora, que, por ejemplo en España, se ha alcanzado un alto nivel de atención médica, con un buen desarrollo tecnológico, quizás convendría incidir en el aspecto humano...

–Sin duda. Aquí tengo uno de los primeros libros de William Osler, Aequanimitas, que es una colección de discursos, de ensayos. Aequanimitas es, además, el título del primer ensayo, y está tomado de los estoicos. Quiere decir que el médico ha de ser imperturbable. Osler propone a los alumnos que adquieran esta virtud, que no pierdan los nervios, que resistan. Y es que el médico ha de transmitir seguridad al enfermo. Pero el equilibrio, la distancia, la objetividad, son virtudes médicas que en absoluto deben estar reñidas con el tratamiento humanista. Osler viene a decir que no se puede ejercer la medicina sin emplear bien la cabeza. Pero, además de la cabeza, dice también, hay que poner el corazón.

–Supongo que la pediatría ha de ser muy humanista, por decirlo así, porque obliga a un trato peculiar, que es el trato con niños.

–Sin duda. Los pediatras siempre tuvieron gran sensibilidad social. Seguramente porque siempre han tenido que ver al enfermo en un marco familiar, cosa que con los adultos, como es natural, casi nunca pasa. Los niños no van solos a la consulta. Y a los padres hay que informarles, hay que hablar, etc. Los adultos tienen la ventaja de que pueden verbalizar las emociones, y con los adultos se establece mejor la relación bidireccional entre el médico y el enfermo. Ahora, sorprende ver la resistencia y la facilidad de recuperación que tienen los niños. A veces tienen más problemas los padres. Otra cosa es cuando llegan a la adolescencia... Pero los niños son increíblemente valientes, puedo afirmarlo con rotundidad. Los niños se echan el alma a la espalda.

Dos imágenes de William Osler en dos momentos diferentes de su vida. La biografía de Osler, contada por Bliss, es apasionante. Conoció a todos los grandes, viajó sin cesar, y acabó en Oxford. Todo ello sin dejar de innovar y de seducir a la clase médica
Dos imágenes de William Osler en dos momentos diferentes de su vida. La biografía de Osler, contada por Bliss, es apasionante. Conoció a todos los grandes, viajó sin cesar, y acabó en Oxford. Todo ello sin dejar de innovar y de seducir a la clase médica
–Acaban de tener una reunión en el hospital Clínico Universitario, en Santiago, sobre el legado de William Osler, del que ya hemos dicho algunas cosas.

–Este acto, apoyado por la dirección del hospital, demuestra que hay un interés en fomentar el buen trato al enfermo, el humanismo médico. A veces creo que el pediatra que yo tuve en mi infancia, en Vigo, contribuyó a que yo me hiciera médico. Era un hombre muy afectuoso, se sentaba al borde de la cama y se ponía a hablar conmigo... me contaba cómo había sido su vida en Santiago, cuando era estudiante. Era un hombre muy próximo, y eso, sin duda, es lo más parecido al humanismo de la medicina. Yo creo que hay un despertar ahora, un nuevo interés sobre el tema. Y me alegro. Tenemos una gran sanidad en este país. Yo reclamo que el médico ha de ser afable y cortés, pero el trato ha de ser bidireccional, claro.

–Usted ha dedicado mucho tiempo de su vida a Osler, pero llegó un poco a él por casualidad.

–Bueno, Osler es un médico conocido. Suena en la profesión, porque hay enfermedades que llevan su nombre, etc. Pero la primera vez que me encontré con su figura fue en La Paz, en Madrid, gracias al doctor Julio Ortiz Vázquez, que lo citaba mucho. Hablaba de las cuatro haches de Osler: humanidad, humildad, honradez y humor. Insistía mucho en el humor. Luego recuerdo que compré un libro que tenía cuatro fotos de Osler pasando visita. Aquello me impactó bastante. Osler veía, tocaba, escuchaba y reflexionaba. Ese era el proceso. Fue hace siete años cuando me metí en harina. Tuve un año dispensado de labores asistenciales, por cuestiones de salud, y me encontré en la biblioteca, en inglés, con Aequanimitas. Decidí traducirlo, porque me sorprendió que nadie lo hubiera hecho hasta entonces. Fue una labor pesada, compleja, es cierto, porque Osler es difícil. En 2001 saqué una biografía traducida suya. Ya había una de 1925 (Osler murió en 1919), escrita por su vecino en Baltimore, el padre de la neurocirugía, Harvey Cushing. Cushing era un adicto al trabajo, con intereses literarios, pero, sorprendentemente, se dedicó a hacer una biografía de Osler en plan masivo, con tres o cuatro secretarias, poniendo anuncios en los periódicos en los que recababa información sobre el personaje a todo aquel que la tuviera, o bien fotos, o bien recuerdos. Hizo una biografía de más de mil páginas y ganó con ella el Pulitzer. Yo tenía el libro, leí gran parte de él, en inglés, pero me costaba muchísimo, porque el texto estaba muy cercano a la hagiografía. Cuando Oxford University Press publicó en 1999 la nueva biografía, la de Michael Bliss, me di cuenta de que interesaba mucho el carácter múltiple del médico canadiense. Interesaba la llegada de su padre a Ontario, siendo, como era, un pastor protestante, cómo se había fundado la Universidad John Hopkins, cómo se recaudaron los fondos, etc. El análisis es increíblemente detallado, y muy, muy interesante. Bliss nos cuenta que Osler fue un hombre que viajó mucho, que tenía un carácter muy cordial, muy abierto... vestía con leontina y chistera, pero era cercano, un benefactor social, próximo a los estudiantes... ganó muchísimo dinero, y yo diría que regalaba un 30 por ciento, o algo así. A sus casas las llamaba ‘Brazos abiertos’. Conoció a todos los grandes de la medicina, y luego llegó a Oxford, para culminar su carrera. Naturalmente, para mí traducir la obra (Osler, una vida entregada a la medicina, editorial Ergon, 2006) fue una experiencia interesante. Se trata de una gran biografía clásica, muy documentada. Seguir todos los pasos de la vida de Osler es algo muy atractivo, y muy ilustrativo. Afortunadamente los conocemos bien. Pero sus discursos y sus ensayos son también sorprendentes. Osler fue, por ejemplo, uno de los que introdujo el sistema de médico interno residente: Osler copió un poco el sistema alemán, aunque en Alemania había más interés en la investigación. Los residentes tenían que ser médicos, varones, solteros... Pero sí, es cierto que fue un gran promotor de la enseñanza directa. En Baltimore, en el
John Hopkins, quiso que el estudiante de medicina fuera una pieza fundamental en el engranaje del hospital. Osler se crecía ante el enfermo, con los alumnos delante. Más que en las clases teóricas. Y, desde luego, haciendo autopsias, que hizo muchísimas.

 
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