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Enrique Murillo: "Lo cierto es que como editor siempre quise cambiar el mundo"

25.04.2010 Murillo, escritor, traductor, perIodista, y editor, dirige en estos momentos la editorial Los libros del lince, en Barcelona

TEXTO JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ. FOTO ANA SÁNCHEZ

La trayectoria profesional de Enrique Murillo siempre ha estado cerca de la literatura y el periodismo.
La trayectoria profesional de Enrique Murillo siempre ha estado cerca de la literatura y el periodismo.
Saludo a Enrique Murillo en esta mañana luminosa. Acabo de verlo hace unos días, en la Fnac de A Coruña, durante la presentación de la última novela de Celso Castro. Pero ahora lo escucho al otro lado del hilo telefónico, en la provincia de Girona, donde tiene su casa. Enrique Murillo es uno de los grandes y uno de los nuestros. Su larga carrera al lado de las letras, en las proximidades de los libros, o en sus más nobles habitaciones, como diría E.M. Foster, lo convierten en un hombre maravilloso. En una fuente extraordinaria de conocimiento y de saber libresco, en un editor con mil anécdotas, en un periodista con mil historias. Hay muchos Enrique Murillo, pero también hay uno solo. Es éste, el que está al teléfono, con una vida hermosa que contar.

Así que, sin más dilación, antes de meternos en el jardín de los senderos que se bifurcan, le pregunto qué será de los libros. Qué será de los libros tal y como los conocemos. Pues todo está sometido en estos días a una gran mudanza. El periodismo y los libros, quizás, a partes iguales, están en plena evolución: uno empieza a creer que nada será igual dentro de unos años. "En 60 tuvo lugar el final del modelo tradicional", explica Enrique Murillo. "Es decir, aquel que venía casi de Gutemberg, y que consistía en crear una editorial para dar trabajo a la imprenta. Pero ese modelo saltó hecho añicos en los años 60: simplemente se hundió. Y hemos tenido que cambiar. Las grandes multinacionales se hicieron con los restos de las editoriales literarias que quedaban. Las absorbieron y las metieron dentro de sus enormes estructuras, en las que suele brillar por su ausencia el amor por los libros. El futuro es incierto. Pero hay pasiones, como la lectura, que algunos contraemos en la tierna infancia, que no se pueden erradicar. Esa pasión nos va a salvar". Le recuerdo la otra tarde, en la Fnac, hablando un par de horas sobre libros. Sobre todos los libros del mundo. Le recuerdo Nadie podrá librarse de los libros, de Umberto Eco, traducido ahora desde el italiano, con otro título. Él, Umberto, cree que el papel es más seguro que ninguna otra cosa. Y no cree que un diseño privilegiado, que ha atravesado siglos y generaciones, vaya a desaparecer un plumazo por toda la tecnología del mundo.

Como ya dijimos, hay un Enrique Murillo, pero contiene muchos. Intento llegar con él a un acuerdo para delimitar su biografía, para concretar lo que más ha hecho a lo largo de los años. En suma: le digo que me cuente qué es lo que ha sido en la vida: fundamentalmente. "Cuando era niño escuchaba mucho la radio", comenta con aire divertido. "Un día oí que decían que Mario Cabré era un tipo polifacético. Así que me fui al diccionario a ver qué era lo de polifacético. Supe que se lo llamaban porque era torero, escribía poesía, y algunas cosas más. Pero también supe que, en aquellos días, Mario Cabré se hizo aún más popular porque se acababa de ligar a Ava Gardner. Así que yo me hice polifacético para ver si también me podía ligar a Ava Gardner. Toda la vida, creo, he perseguido un sueño así. Soy periodista de formación, como sabes: pero realmente quise ser periodista para poder ser director de cine. Ya ves qué tontería. Lo que pasa es que necesitabas tener 21 años para entrar en la escuela de cine… y el periodismo me llevó a una universidad en la que conocí a personas como Félix de Azúa. Corrían los años 60 y, sin duda, Félix contribuyó a renovar mi pasión literaria, un tanto oxidada a causa del fútbol y las chicas. Pero, como entonces España era como era, los veranos me iba a lavar platos y jarras de cerveza a Inglaterra. Y cocinaba huevos fritos en un bar de Piccadilly. Aprendí un poco de inglés, y eso fue lo mejor. En España, en ese momento, no se conocían muy bien otros idiomas, así que mis nociones de inglés me permitieron traducir. Después volví a Londres de nuevo, trabajé allí como periodista, conocí a muchos editores del sistema anglosajón... y cuando regresé, como había visto mucho sobre el oficio, decidí que algún día me dedicaría a ese mundo, el mundo de la edición. Y con el tiempo, así ocurrió. En realidad, he sido, casi siempre, editor".

Fue un libro, como ocurre no pocas veces, el que marcó los pasos profesionales de Enrique Murillo. "Leí La conjura de los necios para Herralde. Herralde me dijo que no se atrevía a contratarlo, por más que se lo habían recomendado repetidas veces, que seguramente traducirlo sería caro, así que me pidió que lo leyera para tener una opinión más concreta. Le di un informe muy positivo. Y debió pensar que no leía mal, así que empecé a leer para él. Para Herralde. Desde entonces, creo que, salvo una breve época en la que estuve más en el periodismo, no he dejado de ser editor nunca". Le digo que ser lector para una editorial, o leer para traducir, tiene que ser algo muy distinto de leer por placer. "Yo le dedico a esto que preguntas unas nueve horas diarias, en el Máster de edición que hago para la Universidad Autónoma de Barcelona", señala. "Un lector editorial lee porque tiene la obligación social y moral de descubrir nuevos talentos. Pero también, ante los accionistas de su empresa, tiene que ser un buen hombre de negocios. Un buen libro, que se venda, paga unos diez que no se venden nada. Esto es así desde Gutemberg. Cuando lees, no debes confundir nunca tu biblioteca con lo que tú publicas. Yo me encontré una vez con el primer libro de Imre Kertész, [el escritor húngaro] que aún no tenía el Nobel: como vibré con el libro lo contraté, y por supuesto lo publiqué, aunque me dije "venderemos doscientos". En fin... piensas que ya contratarás después cosas más superficiales, ligeras, o menos importantes… El editor no tiene una doble personalidad, pero tiene que saber que no es lo mismo publicar para hacer caja que publicar porque un libro, simplemente, es bueno. Esta segunda parte ha empezado a ser cada vez menos habitual". "Así que el editor", concluyo yo, "ha de ser una combinación casi perfecta del corazón y de la cabeza". "Eso es, exactamente", replica.

"Los que han trabajado contigo tienen que estar contentos. Vienes del libro desde dentro del libro. No te has movido de ahí", subrayo. Sucede que no siempre ocurre que en el mundo de la literatura el editor tenga un conocimiento tan profundo como el que tiene Enrique Murillo. Ahora trabaja en su propia editorial, Los libros del lince (lo último publicado es Paz, de Richard Baush, un libro magnífico). De paso, habla maravillas de este libro, que cuenta con maestría la historia de una pequeña patrulla de soldados aliados de la segunda guerra mundial que suben una colina para ver lo que los nazis están haciendo al otro lado. "Es una historia que empieza con un crimen a sangre fría" explica Murillo, "que, a partir de ahí, genera toda una reflexión moral".

No puedo menos que preguntarle si toda su educación anglosajona ha influido poderosamente en sus gustos literarios. Y, por supuesto, me dice que sí. "Ha influido muchísimo. Yo me pasé a la novela porque traduje a Henry James, a Stevenson y a Conrad. Así de claro. Ya los conocía de mis lecturas juveniles, pero traducirlos me introdujo en ellos definitivamente. Y en la novela. Yo había escrito Las dimensiones saciadas (1979), un libro de poemas que procuro mantener oculto [en el que muestra las influencias de Lezama Lima]: pero llegué a la novela con todas estas influencias. Los bestsellers son, en su mayoría, anglosajones porque ellos siempre quieren ser narradores. No escritores, sino narradores. Y eso les diferencia de los españoles, portugueses o italianos. Hay libros que viajan y libros que no, decimos los editores. Libros que se pueden traducir y otros que más bien no. Yo, que he traducido tanto, sé que un treinta por ciento de los libros, aproximadamente, no se puede traducir. Pero los anglosajones, con su maravillosa tendencia a narrar, lo mismo que en música inventaron el rock and roll, han establecido qué es una historia y cómo se cuentan. Los ingleses aprendieron a hacer eso a fines del XVIII, cuando nace la novela moderna", explica. Y añade: "Y como editor siempre quise cambiar el mundo, porque ganarme el sueldo me parecía poca cosa (risa). Así que en Anagrama creé la Nueva narrativa española: Pombo, Marías, Pisón… gente que sí sabía contar una historia. Eso es en lo que yo creía.

La experiencia periodística fue el otro lado de Murillo. Fue colaborador externo de la sección de cultura de El País, y luego llegó al suplemento Libros en el año 1991. También hizo los números cero de lo que sería Babelia, aunque, originalmente, en la cabeza de Murillo, se llamaba Babel. Fue Manuel Vicent el que finalmente se decantó por Babelia, para evitar problemas de copyright. Pero bueno, yo siempre, he concebido el mundo de la edición como algo universal, y, en el fondo siempre pensé que era mejor que otros escriban por uno. Hoy todo el mundo escribe, ¡hasta mi madre que tiene 91 años hace sus memorias…!, pero para soportar el mundo es necesario que haya más y más escritores. El mundo cambia y por eso hacen falta nuevos libros: porque vivir es muy difícil, porque es muy difícil entender la vida.

Creo que ahora estamos en una buena época: están surgiendo nombres".

experiencias vitales

1. Vive en Londres, donde llega a trabajar como periodista. Conoce editores anglosajones.

2. Aprende inglés y comienza a traducir y a leer para editoriales. ‘La conjura de los necios’ fue su primera recomendación a Herralde.

3. Traduce ampliamente: Henry James, Stevenson, Joseph Conrad.

4. Escribe en el diario ‘El País’ y participa en el nacimiento de Babelia.

5. Dirige Los libros del lince

 
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