Galicia Hoxe Radio Obradoiro CorreoTV Tierras de Santiago Anova multiconsulting
El Correo Gallego
Google
Portada
atrás Comparte en Yahoo la noticia Madre de familia Comparte en Del.icio.us la noticia Madre de familia Comparte en Menéame la noticia Madre de familia imprimir recomendar Aumentar texto Reducir texto

CULTURA CAPITAL

Madre de familia

02.05.2010 La historia materna ha sufrido todo tipo de invasiones

JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

Escultura del artista plástico británico Damien Hirst
Escultura del artista plástico británico Damien Hirst
Como cada primer domingo de mayo, hoy se celebra en España y en muchos otros países del mundo el Día de la Madre. Por ello he pensado que, como protagonista que es, bien se merece que le dedique esta página y un par de aclaraciones sobre su historia. Verán, pese a que hoy se nos otorga a los hombres la expresión "padre de familia" cuando se piensa en aquél que es "cabeza de familia", esto no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que las mujeres, como madres, eran las que llevaban el peso absoluto de las familias (la mayoría lo siguen llevando hoy, ya me entienden…), las que realmente "llevaban los pantalones", y no sólo en sentido irónico o humorístico, como se dice actualmente. El hecho de que la historia haya cambiado el devenir del control estratégico y económico de las madres se debe, exclusivamente, a las invasiones de carácter sociocultural y político-religioso que ha experimentado la figura materna.

Numerosos estudios antropológicos y sociológicos han demostrado la existencia en las sociedades primitivas de organizaciones y estructuras matrilineales que les otorgaban a las madres un protagonismo determinante en el desarrollo de las civilizaciones. Quizá sea por eso por lo que todavía hoy día se habla con preeminencia de conceptos como el de "madre tierra" o el de "madre patria". En aquellas sociedades originarias la madre era considerada el verdadero motor del desarrollo cultural y científico de la historia de la humanidad. El propio Sigmund Freud, en Tótem y Tabú, llegó a afirmar que la transmisión materna era la primitiva, sólo reemplazada posteriormente por la transmisión paterna. En la organización de estas sociedades primitivas se trazaba la genealogía familiar a partir de la figura femenina y la cabeza de la familia era la madre.

La propia etimología de la palabra parens nos remite a la figura femenina, "la diosa del Ida, madre de los dioses", y tendría su origen en el vocablo pario, que significa "parir, dar a luz, producir", como demuestra Agustín Blánquez Fraile en su Diccionario Latino-Español. Hoy se sabe, por ejemplo, que la diosa Madre, en la sociedad mesopotámica, la civilización más antigua del medio Oriente, era quien concedía la fertilidad a la mujer. La mujer, además, permanecía en el seno de su misma familia, y a ésta se incorporaba el esposo, que simplemente prestaba sus servicios. La propietaria de la tierra era la mujer y la herencia del suelo pasaba de madres a hijas, quienes, además, llevaban las riendas del hogar, gozaban de un elevado prestigio en la sociedad y disfrutaban de grandes libertades.

La arqueoastrónoma y escultora onubense Francisca Martín-Cano Abreu ha estudiado en profundidad las sociedades matriarcales. Sus investigaciones, así como las de los arqueólogos británicos Jacquetta Hawkes (hija del Premio Nobel Sir Frederick Gowland Hopkins) y Sir Leonard Woolley, o las del profesor de historia antropológica de la Escuela Francesa de Altos Estudios en Ciencias Sociales, André Burguière, han demostrado que en el inicio de los tiempos las madres eran las propietarias no sólo de los bienes familiares, sino también de los hijos. Es por ello que las hijas eran las deseadas en los nacimientos y las que recibían la herencia directamente (esto llama la atención hoy, especialmente si pensamos en el modo en que son recibidas y aceptadas en zonas de Sudamérica, África y especialmente en Asia). No obstante, como ha reconocido Martín-Cano, la mayoría de las sociedades matrilineales fueron exterminadas sin piedad "al adoptar el cristianismo, o el budismo, o el confucionismo, o el mahometismo, o el judaísmo o sintoísmo o cualquier otra invasión cultural, religiosa o filosófica que las obligaron a cambiar el estado de las cosas, por no contar con la suficiente organización que les permitiera oponer resistencia a la civilización invasora".

En lo que a nuestra cultura cristiana se refiere, todavía pueden encontrarse alusiones que apuntan a esta tradición, como las numerosas entradas que se leen en el libro de Rut y que hacen referencia a "la casa de la madre" (Rut 1,8; 3,16-18). Sin embargo, es el mismo texto bíblico el que parece cambiar el origen incluso de la fertilidad femenina que, a partir de entonces, descansa en el poder de Jehová; de tal forma que es la voluntad de un dios masculino el que concede o priva a la mujer de la posibilidad incluso de ser madre. Y claro, este cambio en la historia materna modifica radicalmente la posición de la mujer en la sociedad, de tal forma que, como ha reconocido Anna Goldman-Amirav, "el mundo de las mujeres bíblicas se centra en la necesidad de producir descendientes varones", que pasan a ser la cabeza de los árboles genealógicos. Incluso se priva a las mujeres de la propia historia de su nacimiento, que parece ser simplemente una decisión que no depende de ellas (pensemos en el caso de Sarah y de cómo es descrita su existencia en el Génesis).

En la introducción al libro Figuras de la madre, la editora del volumen, la prestigiosa psicóloga y psicoanalista Silvia Tubert, ha señalado que la mayoría de las culturas, dado su marcado componente patriarcal, identifican feminidad con maternidad. Es esta estrategia y práctica discursiva la que limita a la mujer y hace que la identidad de ésta se diluya tras su función materna. Y lo cierto es que no tenemos más que pensar en la literatura del XVIII o del XIX, como fuente de información, para descubrir que la figura de la madre desaparece de las narraciones una vez que ha dado a luz. Lo cual resulta paradójico. A la hija se la prepara durante años para el matrimonio y para la maternidad, pero cuando consigue esa situación, su imagen como tal desaparece, como si dejase de existir. Y esto ocurre incluso en los casos de novelas escritas por mujeres. Pensemos en la denominada "generación perdida" de Eliza Haywood, Lady Hanilton, Charlotte Lennox, Mary Brunton, María Edgeworth, Fanny Burney, Lady Morgan, etc., o incluso en la aclamada Jane Austen, en cuyas obras la madre suele aparecer retratada como un ser débil, ridículo e inseguro.

Sólo con la entrada del siglo XX se detecta un cierto cambio en esta actitud y no sólo en obras escritas por mujeres, sino también por escritores de la talla de D. H. Lawrence o James Joyce. En su fabuloso libro Amor y Literatura, la catedrática de la Universidad Autónoma de Barcelona Aránzazu Usandizaga, ha señalado que desde principios de siglo "las escritoras se hacen conscientes de la relación materna" y a medida que pasa el tiempo "empiezan a ser muchas las que reservan palabras a sus madres, palabras cada vez más determinantes". Así, la académica catalana menciona a escritoras como Virginia Woolf, Margaret Atwood o Alice Walker, entre otras. También la Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2001 y Premio Nobel de Literatura en 2007, la británica-iraní Doris Lessing, ha señalado que las madres "a menudo son eliminadas de la memoria y de la historia".

LA MANO QUE MECE LA CUNA

Jamás en la vida encontraréis ternura mejor, más profunda, más desinteresada ni verdadera que la de vuestra madre”, dijo Honoré de Balzac. “El corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontrarás perdón”, aseguró también Balzac. “Muchas maravillas hay en el universo; pero la obra maestra de la creación es el corazón materno”, dejó escrito Bersot. “La madre es nuestra providencia sobre la tierra en los p­rimeros años de la vida; nuestro apoyo más firme en los años siguientes de la niñez; nuestra amiga más tierna y más leal en los años borrascosos de la juventud”, afirmó Severo Catalina. “Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre”, exclamó Lincoln. “El corazón de una madre es el único capital del sentimiento que nunca quiebra, y con el cual se puede contar siempre y en todo momento con toda seguridad”, señaló Mantegazza. “Madres, en vuestras manos tenéis la salvación del mundo”, aseguró Tolstoy. “La mano que mece la cuna rige el mundo”, concluyó Meter de Vries. Después de escuchar estas frases bien conocidas en la calle y muy populares en Internet, queda todo dicho. A todas las madres, gracias.

 
atrás Comparte en Yahoo la noticia Madre de familia Comparte en Del.icio.us la noticia Madre de familia Comparte en Menéame la noticia Madre de familia imprimir recomendar Aumentar texto Reducir texto
Ante cualquier duda, problema o comentario en las páginas de El Correo Gallego envíe un e-mail a info@elcorreogallego.es
Titularidad y política de privacidad. Política de Cookies