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Pedro Fernández de Castro, VII Conde de Lemos

04.07.2010 Desempeñó importantes cargos políticos, pero nunca olvidó su querida tierra gallega

HILARIO FERNÁNDEZ

Grabado. Don Pedro Fernández de Castro
Grabado. Don Pedro Fernández de Castro
Don Pedro Fernández de Castro, VII Conde de Lemos, fue una de las más importantes per-  sonalidades gallegas de los siglos XVI y XVII. Fue un personaje de singular significación en la vida política española durante el reinado de Felipe III.
Este noble gallego descendía de una larga estirpe, la Casa de Lemos, que se configuró a lo largo de los siglos XIII y XIV y cuya cuna se situaba en la preciosa villa lucense de Monforte.
No se conoce mucho de los primeros años de vida del VII Conde de Lemos y eso tiene mucho que ver, con seguridad, con devastador incendio que sufrió el palacio condal de Monforte en 1672 en el que desaparecieron libros de gran valor, así como pergaminos, documentos y legajos familiares. Lo que sí se sabe es que nació en 1576, pero no donde. Lo más probable es que fuera en Galicia, en Monforte, en el palacio familiar de los Lemos, aunque hay quien opina que fue en Madrid porque en Madrid sí fue bautizado.
Lo cierto es que sus padres, don Fernando Ruiz de Castro, VI Conde de Lemos, y doña Catalina de Zúñiga y Sandoval, se preocuparon de dar a su hijo una sólida formación cultural. Monforte fue escenario de sus primeros estudios que fueron completados en la Universidad de Salamanca.
Desde muy temprana edad, don Pedro Fernández de Castro estuvo metido de lleno en la vida política española pues no olvidemos que ya fue menino en la Corte de Felipe II y gentilhombre en la de Felipe III.
El 6 de noviembre de 1598 cambió la vida del entonces marqués de Sarria. Ese día contrajo matrimonio con doña Catalina de la Cerda y Sandoval que, además de ser prima suya, era hija del todopoderoso Duque de Lerma, un hombre carente de escrúpulos y hasta tal punto corrupto que en 1618 halló prudente pedir el capelo cardenalicio, sin duda para refugiarse en él, pero que por entonces era el valido de aquel monarca de poco carácter y menos luces que fue Felipe III.
A partir de entonces y gozando del padrinazgo del de Lerma, don Pedro inicia una ascensión fulgurante. Se instala en la Corte y el gran Lope de Vega entra a su servicio como secretario personal. Los títulos y cargos se multiplican. Para no aburrir al lector, sólo citaremos los más importantes: presidente del Consejo de Indias, virrey de Nápoles y presidente del Consejo de Italia.
Pero vayamos por partes.

En Italia. En 1601 muere don Fernando Ruiz de Castro y don Pedro accede a la titularidad de la Casa de Lemos. Es entonces cuando entra de lleno en la vida política española. Y lo hace con tan buen pie (y con tan buen apoyo), que dos años más tarde, cuando sólo contaba con 27, es nombrado presidente del Consejo de Indias, uno de los organismos de mayor relevancia en la Administración española de aquel tiempo. A pesar de todo, el Conde de Lemos no puede olvidar sus ancestrales raíces gallegas y reparte su tiempo entre su residencia de Madrid y su viejo palacio de Monforte, al que acude siempre que puede y sus obligaciones se lo permiten.
Desempeña su puesto con enorme brillantez, demostrando una gran sensibilidad para con los habitantes del Nuevo Mundo. El Conde de Lemos adquiere cada vez más prestigio en la vida política española y tanto es así que en 1608 Felipe III le nombra virrey de Nápoles (aunque no fue a Italia hasta dos años después), cargo que ya había desempeñado anteriormente su padre. Don Pedro fue acompañado a Nápoles por una pléyade de intelectuales y poetas: Mira de Amescua, Leonardo de Argensola, Saavedra Fajardo… y su inseparable preceptor gallego, don Juan de Arce Solórzano.
En tierras napolitanas demuestra una extraordinaria habilidad política y tener dotes de gran estadista. Su magnífica labor, en una tierra con numerosos y graves problemas de toda índole, se concreta en reformas de todo tipo: económicas, administrativas, urbanísticas…

Intrigas. Tras su brillante estancia en Nápoles, a principios de 1616 el rey le promociona hasta la presidencia del Consejo de Italia y tras pasar una breve temporada en su añorada Galicia, don Pedro se instala en la Corte. Y lo que allí encuentra no le gusta nada. La Corte está muy revuelta, es un auténtico hervidero de intrigas y se suceden las luchas palaciegas entre los seguidores de su protector, el Duque de Lerma y los de el hijo de éste, el Duque de Uceda, un joven ambicioso e inteligencia limitada pero que cuenta con el apoyo de quien será el hombre más importante del reinado de Felipe IV, el conde-duque de Olivares.
En Galicia. Las cosas van de mal en peor y en 1618 cesa en su cargo (días después el conde de Lerma cae en desgracia y es cesado) y regresa a Galicia para dedicarse durante los años siguientes a la administración de sus estados, ubicados en el sector oriental de Galicia, entre las provincias de Lugo y Orense. Durante aquellos años reparte su tiempo entre Monforte y Pontedeume. Según dejó escrito el propio don Pedro, fueron los días más felices de su vida y de los que guardó mejor recuerdo. Organiza numerosas y brillantes fiestas y se sabe que pidió a Lope de Vega que escribiera una comedia para representar en Monforte, cosa que se hizo.
Antiguo Palacio condal de los Lemos. En la actualidad, forma parte de las dependencias del Parador Nacional de  Turismo de Monforte de Lemos
Antiguo Palacio condal de los Lemos. En la actualidad, forma parte de las dependencias del Parador Nacional de Turismo de Monforte de Lemos
Esto fue porque, al margen de su carrera política, el Conde de Lemos fue uno de los hombres más cultos de su tiempo. Tuvo una gran afición a escribir y tanto es así que podemos afirmar que su producción literaria fue, al parecer, bastante estimable pero se cree que buena parte de sus escritos desapareció en el terrible incendio que sufrió el palacio ducal de Monforte a principios del siglo XVII. Aun así, hasta nuestros días han llegado algunos sonetos, décimas, tratados sobre gobernación, algunas comedias, como La casa confusa, y algunos textos en los que hace una encendida apología de Galicia. Su mejor y más conocida obra es una originalísima fábula, El buho gallego, donde en una peculiar ficción literaria dibuja un alegato político en defensa de Galicia: el tratado es realmente un hito en la apologética gallega.
En 1622, la madre de don Pedro, que vivía en la Corte como camarera de la reina, enferma y el de Lemos abandona Galicia y se traslada a Madrid para estar junto a su madre. Pero, paradojas del destino, mientras doña Catalina mejora, el que cae enfermo es el hijo. El estado de salud del Conde de Lemos se agrava rápidamente y el fatal desenlace se produce el 19 de octubre de ese mismo año. Tenía sólo 46 años.
En su testamento dejó dispuesto que fuera enterrado en el Monasterio de las Descalzas, en Madrid, y que poco después sus restos fueran trasladados a su querida villa de Monforte. Así se hizo y siete años después de morir, sus restos fueron llevados a Galicia. Actualmente no se conoce el lugar exacto donde reposan los restos del VII Conde de Lemos. Fueron ocultados, quizá por temor a las expoliaciones.

Mecenas.La gran cultura del VII Conde de Lemos se materializó en diversas fundaciones, como el convento de clarisas de Monforte o el mecenazgo y la amistad que brindó a los más brillantes escritores de su época: Vicente Espinel, Saavedra Fajardo, Mira de Amescua, Góngora, que le dedicó algunas obras, lo mismo que hizo Quevedo, que llegó a ser su secretario; los hermanos Argensola (Bartolomé le acompañó a Nápoles y Lupercio fue su secretario e incluso murió en los brazos del Conde). Cervantes le cita en su Viaje al Parnaso y le dedicó la segunda parte de El Quijote y algunas de sus Novelas Ejemplares como Los trabajos de Persiles y Segismunda. Con Lope de Vega tuvo una gran amistad que sólo se rompió con la muerte del Conde.

 
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