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23-F: Los tres gallegos que abortaron la sublevación del tricornio

27.02.2011 Sánchez Harguindey, Terceiro y Castedo: tres nombres de nación galaica que desarrollaron un papel crucial contra la asonada golpista

XAVIER NAVAZA

Tras su salida de prisión, el ex general Alfonso Armada y Comyn, antiguo preceptor de don Juan Carlos, se refugió durante varios años en la plantación de camelias que todavía cultiva con esmero en el pazo familiar del marquesado de Rivadulla FOTO: Espinosa, Blanco y De León
Tras su salida de prisión, el ex general Alfonso Armada y Comyn, antiguo preceptor de don Juan Carlos, se refugió durante varios años en la plantación de camelias que todavía cultiva con esmero en el pazo familiar del marquesado de Rivadulla
FOTO: Espinosa, Blanco y De León
A favor del golpe encabezado por un teniente coronel de la Guardia Civil llamado Antonio Tejero estuvieron varios gallegos, entre ellos el entonces general Alfonso Armada, marqués de Rivadulla, a quien se atribuye la figura del elefante blanco que habría de encabezar un Gobierno de concentración nacional destinado a salvar a España del caos autonómico y de las garras de la banda terrorista ETA.

Pero también hubo gallegos en contra de la asonada militar del 23-F, que durante dieciocho horas mantuvo bajo secuestro el Congreso de los Diputados. Sin ir más lejos, quien era ministro de Interior: Juan José Rosón, y su segundo de a bordo: Luis Sánchez Harguindey y Pimentel.

Los primeros, oficiales del Ejército destinados en A Coruña y civiles de obediencia ultraderechista, fueron reclutados por el general Luis Torres Rojas durante el período en que ejerció como gobernador militar de la provincia, tras ser destituido como jefe de la División Acorazada Brunete, en Madrid.

El hombre de la acorazada. Torres había sido apartado de su anterior destino como responsable de la División Acorazada Brunete, en Madrid, precisamente por su deriva ultraderechista, que le llevó a estar en todas las conspiraciones que se gestaron en el país tras las primeras elecciones democráticas, celebradas el 15-J de 1977.

Con Torres en el gobierno militar herculino, la ciudad coruñesa se convirtió en una especie de Meca de los golpistas españoles, que periódicamente le visitaban. A aquel círculo, por ejemplo, pertenecía el entonces capitán Lorenzo Fernández Navarro, cuya imagen saltó a la primera plana de los periódicos cuando se puso al frente de una brutal carga contra una manifestación democrática y autorizada de personas que ejercían sus derechos de modo pacífico por las calles del centro de la ciudad.

Varios de aquellos ultras coruñeses, civiles y militares, acompañaron al general Torres Rojas cuando éste –contraviniendo órdenes y abandonando el destino que le había sido adjudicado de modo forzoso– viajó a Madrid para intentar la sublevación de la poderosa Brunete.

Su fracaso fue absoluto y la misma noche del 23-F regresó a Galicia con sus amigos.

También fracasó el general Armada, marqués de Rivadulla y antiguo preceptor de don Juan Carlos. Ejercía como segundo jefe de Estado Mayor, una posición que quiso aprovechar para encarzar los acontecimientos. Tampoco tuvo suerte. Y se lo impidió su inmediato superior, el general jefe del Estado Mayor José Gabeiras Montero, cuya acción contra los instigadores del golpe evitó que la sublevación puesta en marcha por el general Jaime Miláns del Bosch y Ussía en Valencia, se extendiera a otras capitanías generales de España. El propio Gabeiras se encargó de evitar que la División Acorazada Brunete cayese en manos de las veleidades golpistas de Torres Rojas, que a primeras horas de la noche optó por regresar al gobierno militar coruñés.

Tiempo después, el Rey condecoró al general Gabeiras por su papel al servicio de la legalidad constitucional FOTO: Espinosa, Blanco y De León
Tiempo después, el Rey condecoró al general Gabeiras por su papel al servicio de la legalidad constitucional
FOTO: Espinosa, Blanco y De León
Los cigarrillos de patiño. El jefe de uno de los regimientos de la División Brunete, el coronel Antonio Patiño, esperó durante todo el día la llegada de Torres "para recibir órdenes" que jamás llegaría a oír: "Me pasé el día fumando", recordaría Patiño mucho tiempo después: "Y al final me fui a casa, al filo de la medianoche".

Teniendo en cuenta todas estas circunstancias, está claro que el golpe, propiciado e instigado en buena medida por cabezas nacidas en Galicia, también fue abortado por gallegos de nación que fueron leales al Rey y a la Constitución que los ciudadanos españoles se habían otorgado en diciembre de 19778.

Hay, sin embargo, otra figura de nuestro país de la que casi no se habla cuando se recuerda aquella jornada que marcó el proceso democrático español. Se llamaba Luis Sánchez Harguindey y Pimentel, natural de Santiago de Compostela. El 23 de febrero de 1981 era subsecretario de Interior y, aquel día, con su ministro Juan José Rosón secuestrado en el Congreso, se hizo con las riendas de la Policía, cuyos servicios de información e inteligencia fueron claves para organizar el contragolpe que daría al traste con la intención de los sublevados.

Sánchez Harguindey y el director de la Seguridad del Estado, Francisco Laína, asumieron conjuntamente la responsabilidad de constituir y dirigir un Gobierno interino en la sombra: la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios, que evitaría el vacío de poder y gestionaría durante dieciocho horas la crisis política abierta por Miláns del Bosch en Valencia y Tejero Molina entrando a gritos y pistola en mano en la Cámara Baja. De hecho, codo con codo con Sánchez Harguindey, Laína ejerció como presidente del Gobierno central en funciones durante aquellas horas. El propio Laína, con conversación con José Luis Barbería, periodista de El País, ha recordado que la idea de constituir aquel Gobierno de gestión partió de Sánchez Harguindey y de José Terceiro Lomba, ambos viejos conocidos y amigos e integrantes de dos conocidas familias de Santiago de Compostela: "Pese a lo que se ha dicho y escrito", afirma Laína, ‘‘la idea original de la constitución de la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios no fue iniciativa de don Juan Carlos ni de Sabino Fernández Campo, secretario general de la Casa del Rey, sino de José Terceiro Lomba, secretario general del ministro adjunto al presidente’’. "Él, Terceiro, se lo propuso a Luis Sánchez Harguindey y éste me lo propuso a mí. Me pareció oportuno y se sometió a la consideración de Sabino y del Rey", explica Laína: "A partir de ese momento, la comisión funcionó por la vía de los hechos y el Rey no intervino más allá de darle su aprobación y su impulso".

Sánchez Harguindey, a la derecha, con el entonces rector de la Universidade de Santiago,  Suárez Núñez FOTO: Espinosa, Blanco y De León
Sánchez Harguindey, a la derecha, con el entonces rector de la Universidade de Santiago, Suárez Núñez
FOTO: Espinosa, Blanco y De León
El triángulo inteligente. Entre Laína, Terceiro y Sánchez Harguindey se estableció un triángulo decisivo, basado en su acceso a los servicios de información de la Policía Nacional, de la Guardia Civil y, de modo muy especial, de la práctica totalidad de los gobernadores civiles de las provincias españolas.

Todavía hay un personaje más, nacido en Galicia, cuyo papel sería crucial a la hora de transmitir información a los ciudadanos y de modo especial cuando llegó el momento del discurso del Rey condenando el golpe y saliendo en defensa del orden constitucional. Su nombre, Fernando Castedo, director general de RTVE desde hacía mes y medio y a quien los acontecimientos le obligaron a asistir, durante al menos dos horas, a una inocua ocupación de los estudios de Prado del Rey por militares golpistas.

Tanto Laína como Sánchez Harguindey y Terceiro tuvieron sus más y sus menos con Castedo: "Pretendía ofrecer una información continuada de todo lo que estaba pasando y a mí me parecía que, en una situación como aquella, tan explosiva y confusa, transmitir el golpe en vivo y en directo era una irresponsabilidad que podía alentar a los involucionistas", recuerda Laína.

Fernando Castedo comprendió que lo peor era que la gente saliera a la calle, enardecida por las imágenes de TVE: "Ésa era la excusa que muchos militares golpistas esperaban para restablecer la normalidad y hacerse con el control de la calle", añade Laína.

"Tuve que ponerme muy serio para que acatara mis órdenes", recuerda el hombre que dirigió la Comisión de Secretarios de Estado y Subsecretarios. El jefe de RTVE se avino a la estrategia diseñada por aquel Gobierno en funciones y todo transcurrió con normalidad hasta la difusión del mensaje real que devolvió la calma a los ciudadanos a través de las pantallas de sus televisores.

Días después de aquella jornada que estremeció a la joven democracia española, Castedo, Harguindey y Terceiro se reunieron en un restaurante de Segovia para degustar un cochinillo asado. No tardarían en repetir la faena en Compostela, esta vez con sus respectivas familias.

LAS SECUELAS DE LA INTENTONA

Algunas de las personas –civiles y militares– que acompañaron al general Torres Rojas en su viaje a Madrid, para intentar hacerse con el mando de la División Acorazada ‘Brunete’, continuaron durante varios años con su labor de zapa contra la democracia española. De hecho, formaron parte activa del frustrado golpe preparado para la víspera de las elecciones generales del 28 de octubre de 1982, cuyas urnas otorgaron una abrumadora mayoría absoluta al socialista Felipe González. Más importante fue su participación en la preparación del atentado que la ultraderecha diseñó durante varios meses y que estaba destinado a llevarse a cabo el día 2 de junio de 1985, domingo, fecha en la que se celebró en A Coruña la jornada central del Día de las Fuerzas Armadas. El plan era hacer explotar una bomba de gran potencia bajo la tribuna de autoridades, mientras desfilaban tropas de los tres ejércitos. El palco reservado a la presidencia del acto estaba ocupado por don Juan Carlos y doña Sofía, además de las infantas doña Elena y doña Cristina; el presidente del Gobierno, Felipe González; el titular de la Xunta de Galicia, Gerardo Fernández Albor; el ministro de Defensa Narcís Serra, y los jefes de la cúpula militar española. Los servicios de inteligencia deshicieron la trama con mucha antelación.

 
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