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Federico G. Lorca, el día en el que se apagó el poeta

24.07.2011 El próximo 19 de agosto se cumplen 75 años de la trágica desaparición en Viznar (Granada) del autor de 'Poeta en Nueva York'

TEXTO JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Lorca, en una imagen muy conocida
Lorca, en una imagen muy conocida
Pocos temas de nuestra literatura habrán sido tantas veces tratados como el asesinato del poeta Federico García Lorca, un 19 de agosto de 1936. El poeta tenía entonces treinta y ocho años. Aunque es conocido que en los últimos tiempos ha sobrevolado cierta polémica, y también alguna niebla, sobre la fecha, el lugar y los ejecutores (intelectuales y reales) del escritor granadino, cuando sólo faltan unos días para el 75 aniversario de aquel día aciago parece que se impone volver a escuchar la voz del poeta. Regresar a su alegría, a su vitalidad, a su energía creadora, a pesar del luto inevitable que aún nos acompaña, y a pesar de las oscuridades de su trágica muerte.

Y aunque es comprensible que las investigaciones sobre las circunstancias de su desaparición no hayan cesado, ni probablemente cesen, tal vez este país olvida con demasiada facilidad la enorme trascendencia de la obra del poeta, su relevancia como uno de los mejores escritores del siglo XX en cualquier lengua. La biografía de Lorca es tan potente, y los momentos históricos que vivió, sobre todo los del año 1936, tan terribles, que a veces tengo la sensación de que nos puede su carácter de símbolo, su potencia como icono literario en la lucha contra el fascismo, y que su obra, que tanto tiene que ver con su manera de entender el mundo, con su ideología y con su propia vida, pasa a aun segundo plano. No podemos permitírnoslo. Porque, y a pesar de su indudable fuerza personal en aquellos tiempos de tribulación, Lorca es, sobre todo, su obra. A menudo he tenido la oportunidad de descubrir la veneración lorquiana que sienten muchos investigadores fuera de España. Y no sólo los más conocidos hispanistas, como Ian Gibson, quizás el más activo (y también el más mediático) de todos ellos. Son muchos, en Inglaterra y en Estados Unidos, por ejemplo, los que han dedicado parte de su vida a trabajar sobre la obra de Lorca. A veces nos dan lecciones desde fuera.

Puestos a hablar del internacionalismo del poeta, Uno de los asuntos que más me han interesado siempre ha sido la cuestión del irlandesismo de Lorca. En el University College Cork (Irlanda) conocí, por ejemplo, la pasión lorquiana de Stephen Boyd, que analizó en su día el gran interés de Lorca por la obra Jinetes hacia el mar (Riders to the Sea), de Synge, traducida al castellano por Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Nosotros mismos, en un artículo publicado en la revista Nexus, en el volumen 2 de 2009, subrayábamos el interés de Lorca en El ‘playboy’ del mundo occidental, también de Synge, obra que intentó traducir. Y, desde luego, siguió muy de cerca la versión en castellano de Riders to the Sea, e incluso parece que asistió a su representación, dirigida, cómo no, por Rivas Cherif, en el Ateneo de Madrid el 2 de mayo de 1921. Juan Ramón Jiménez afirma que Jinetes hacia el mar influyó decisivamente en Bodas de sangre. Y el propio Ian Gibson, en Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca asegura (y así lo recogíamos nosotros en el mencionado artículo) que "Lorca no la habría escrito [Bodas de sangre] si no mediase su lectura del drama de Synge, debido a las similitudes en la representación de Irlanda y Andalucía, que ambos dramaturgos llevan a cabo".

Portadas de las ediciones recién publicadas por Austral de ‘Poeta en Nueva York’ y ‘Bodas de sangre’
Portadas de las ediciones recién publicadas por Austral de ‘Poeta en Nueva York’ y ‘Bodas de sangre’
Los estudios hispánicos, fuera de España, se ha dedicado, en un porcentaje muy alto, a investigar la obra de Federico García Lorca. Y su vida. Y, desde luego, su muerte. Y de ahí su indudable importancia como icono de la cultura del siglo XX. Y, de hecho, es uno de los pocos autores españoles clásicos que se reeditan una y otra vez en lengua inglesa. Nunca falta un Lorca en una librería británica o americana. Y no son muchos los autores españoles que ocupan esos anaqueles, aunque duela decirlo. Ahora que nos acercamos al 75 aniversario de la desaparición del poeta, volverán sus obras (Austral acaba de reeditar muchas de ellas, a un precio asequible, y algunas con introducciones tan magníficas como la de Fernando Lázaro Carreter para Bodas de sangre). Volverán también los estudios realizados sobre su biografía y sobre sus relaciones personales: los de Gibson, siempre tan celebrados; y también otros, tampoco exentos de polémica, como uno de los más recientes, publicado en La esfera de los libros por Miguel Caballero Pérez (Las trece últimas horas en la vida de García Lorca), que apoya una teoría del asesinato del poeta basado en venganzas familiares y celos literarios. No puedo olvidarme de Agustín Penón, al que me descubrió no sólo Gibson, sino Muñoz Molina: sus papeles sobre Lorca fueron publicados por Comares en 2009 bajo el título de Miedo, olvido y fantasía. Crónica de la investigación de Agustín Penón sobre Federico García Lorca (1955-1956). 75 años después, Lorca sigue muy presente entre nosotros, y es muy posible que su figura sea, en estos días de verano, sometida otra vez a interpretaciones de diversa naturaleza. Pero, además de un poeta asesinado en su juventud, Lorca fue un genio literario, uno de los más grandes que ha dado este país. Desde Galicia, sin ir más lejos, el poeta granadino debe ser reivindicado en esta fecha tan importante. No sólo por sus poemas gallegos, publicados conjuntamente en 1935 con un prólogo de Blanco Amor, sino por sus indudables vínculos con lo galaico. Uno de ellos poco conocido, y revelado, recientemente, por el profesor Antonio de Toro (UDC): la dedicatoria de un ejemplar de Jinetes hacia el mar enviado a Carlos Rodríguez-Barbeito: "Como esto es irlandés, es casi gallego", le escribe Lorca.

 
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