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Galeusca, el retorno de la ‘triple alianza’

Hace una década, el Bloque retomó los acuerdos suscritos por Galicia, Euskadi y Catalunya en 1933

TEXTO: XAVIER NAVAZA FOTO: ALFREDO ALDAI  | 06.07.2008 
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De izquierda a derecha, Esteve, Arzalluz y Beiras, a tras el verano de 1978 en Bilbao

A mediados de julio de 1998 se produjo uno de los momentos culminantes de la trayectoria política del moderno nacionalismo gallego: la recreación de la triple alianza Galeusca (Galicia, Euskadi y Catalunya), siguiendo la huella histórica que había dejado tras sí el galleguismo impulsado al amparo de la Segunda República, en los años treinta del siglo XX. El acontecimiento fue bautizado por su principal documento fundacional, la Declaración de Barcelona, redactado al alimón por los delegados del BNG, del PNV y de la formación catalanista CiU. En síntesis, aquella declaración aspiraba a consolidar "una nueva cultura política" sobre el laberinto español y en el horizonte de "un Estado confederal".

Era la primera vez, en más de seis décadas, que las principales organizaciones de los nacionalismos periféricos se sentaban en torno a una mesa para hacer frente común a un ambicioso reto: modificar el marco del Estado de las autonomías, nacido al amparo de la Constitución de 1978: "Aspiramos", dijo el entonces líder del BNG, Xosé Manuel Beiras, "a que el impulso de las tres nacionalidades históricas sienten las bases de un Estado plurinacional integrado en Europa".

Las delegaciones de las tres organizaciones hallaron una síntesis casi perfecta en el rostro de sus tres principales protagonistas: el propio Beiras, Xabier Arzalluz (PNV) y Pere Esteve (CiU). Al finalizar las conversaciones, los tres hicieron acto de presencia ante una nube de periodistas y cámaras de televisión: "Ha llegado el momento", dijeron, "de redistribuir la soberanía del Estado español y, en ese camino, nuestra voluntad es ponernos al frente de la defensa de las identidades de nuestros respectivos pueblos. Para ello, reclamamos el ejercicio de una nueva cultura política y hacemos un llamamiento a la sociedad española para que entre en ese diálogo, que a nuestro juicio no es otro que el diálogo del futuro".

Así habló el catalanista Esteve aquel día, el hombre cuya amistad con Beiras había logrado convencer a Jordi Pujol de que los nacionalistas gallegos no constituían "una amenaza" para el sistema económico y social imperante en el Estado español.

Xabier Arzalluz echó mano de la memoria histórica para explicarle a los periodistas que aquella reunión no surgía del vacío ante la escena política española: "No somos de hoy", dijo: "Hace ya setenta y cinco años, nuestros antepasados comenzaron a reunir fuerzas de supervivencia y hoy damos fe de que han fracasado todos cuantos intentos ha habido para que desapareciésemos del mapa. Hay una nueva situación en el mundo y nosotros seguimos aquí porque queremos seguir viviendo. No somos nacionalistas imperiales y por eso nos unimos, sin chauvinismos. Así que henos aquí: ésta es nuestra primera comunicación, pero la sociedad española en su conjunto continuará oyendo hablar de nosotros".

En cuanto a Beiras, también incidió en la interpretación histórica avanzada por Arzalluz, indicando que la firma de la Declaración de Barcelona ponía de manifiesto la existencia de un poderoso carácter nacional gallego: "Los ciudadanos gallegos somos de natural pacífico, irónicos y en ocasiones escépticos, pero muy tenaces y, sobre todo, tenemos un sentido muy claro de la dignidad que durante mucho tiempos nos ha sido pisoteada". Y añadió, consciente de que el renacimiento del Galeusca estaba destinado a conmover las bases del laberinto español: "Estoy seguro de que esta Declaración y la estructura que con ella se pone en marcha, suponen la apertura de una nueva fase en la historia contemporánea y abren una ventana de esperanza tanto para nuestra ciudadanía como para la ciudadanía española, a quien va dirigida nuestra llamada de atención".

A juicio de Beiras, cuya proyección personal crecía de día en día a finales de la década de los años noventa, "los acuerdos de Barcelona sientan las bases de un proceso de trabajo conjunto galeusquiano, encaminado hacia una nueva transición política del Estado español y la consecución de una futura unión de la Europa de los pueblos".Había antecedentes históricos muy lejanos y los reunidos en la Ciudad Condal se esforzaron en transmitir esta idea a la sociedad española. Pero desde el punto de vista de los nacionalistas gallegos, también había precedentes más próximos, en la medida en que aquel nuevo Galeusca y sus propuestas encontraban una referencia en la Galicia del tardofranquismo y de los primeros años de la Transición. En el documento de trabajo elaborado en Barcelona se podían apreciar similitudes entre sus contenidos y los contenidos del documento llamado

Bases Constitucionais para un Pacto Federal, redactado por los integrantes del Consello de Forzas Políticas Galegas que durante un corto período de tiempo –entre 1975 y 1976– había logrado polarizar la atención de los medios de comunicación ubicados en Compostela.

Tanto es así que no fueron pocos los que, en el campo del nacionalismo galaico, interpretaron que, al fin. llegaba la ocasión del tiempo tantas veces perdido debido a la desunión. Al dar a conocer los textos elaborados durante aquellos laboriosos días de julio de 1998, Beiras, Esteve y Arzalluz anunciaron que a continuación se celebrarían dos nuevas reuniones conjuntas para perfilar y ajustar con precisión el manifiesto. En septiembre, el lugar de la cita fue doble: primero la ciudad de Bilbao y después el parlamento de Gasteiz, Vitoria, donde se leyeron los resultados, aprovechando que, como en Cayalunya, los nacionalistas eran el partido en el poder: la púrpura de las instituciones vascas le daría un peso añadido al Galeusca. Tras aquella cita, Compostela, en octubre, sería el anfitrión que pondría los últimos puntos sobre las íes a las propuestas de BNG, CiU y PNV.

Se retomaba el guión, setenta y cinco años más tarde, de uno de los momentos cruciales de la historia moderna de los nacionalismos vasco, catalán y gallego: el primer pacto firmado por Catalunya, Euskadi y Galicia con el objetivo de defender el régimen democrático y su derecho a la autodeterminación. Aquella jornada había tenido lugar en Santiago de Compostela el 25 de julio de 1933.