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Julio Cano Lasso, arquitecto en Compostela

TEXTO LUIS TOXO   | 20.03.2011 
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Don Julio Cano, extraordinario arquitecto, excelente persona, y con un sentido del humor que era el mejor síntoma de su buena salud mental, tenía vocación y oficio. Le gustaba dibujar bocetos de sus obras, era de hecho un gran dibujante, como la mayoría de arquitectos de "antes".

A Cano le gustaba hablar de los valores arquitectónicos, de la simbiosis con el paisaje, y del necesario uso de los materiales autóctonos y tradicionales.

Xerardo Estévez apreciaba mucho a D. Julio, hombre de carrera profesional admirable, premio fin de carrera y medalla de oro de la arquitectura en 1991. Honores que compartía con otros arquitectos que habían dejado en la ciudad su impronta como Gallego Jarreto, Álvaro Siza o Molezún.

D. Julio tenía una biografía muy vinculada a Compostela, había diseñado el planeamiento de Vite; la transformación del Hospital Real en Hostal de los Reyes Católicos; el Burgo de la Naciones lugar de acogida de peregrinos en el año 1965, y en 1986 estaba de nuevo en Santiago construyendo el Auditorio de Galicia.

Las muchas ocupaciones del alcalde Estévez, me dieron la ocasión de acompañar en Santiago a Cano Lasso en varias ocasiones durante los años 86 y 87.

No sé por qué razón le caí bien. Me comentaba sus proyectos, las razones de sus ideas y de sus sentimientos, la reinterpretación permanente de la arquitectura y la necesidad de ser más austeros renunciando a ciertas necesidades ficticias: "hay buenos, muy buenos arquitectos jóvenes sabes, pero la arquitectura que se hace en general no es buena…".

Fíjate que buen arquitecto debo ser yo, me decía en tono de broma, que el Burgo de las Naciones que debería de haber durado uno o dos años a lo sumo como albergue de peregrinos, lleva funcionando sin caerse más de veinte años, ahora como viviendas de estudiantes, que para el caso son peregrinos permanentes en esta ciudad.

−El Hostal de los Reyes Católicos sigue después de haberlo rehabilitado, sin retocar, desde hace décadas…

−Y ahora espero que el Auditorio se convierta en algo que todavía dure más… y que alguien me recuerde por ello. Sonreía él y yo tomaba buena nota.

Cano despertaba una gran admiración entre muchos arquitectos jóvenes gallegos.

Recuerdo que en una ocasión fuimos a comer con media docena de ellos y que D. Julio me aleccionó convenientemente antes del ágape:

−Querrán saber muchas cosas profesionales mías con las que por suerte, aunque no lo manifiesten, no estarán finalmente de acuerdo, si lo estuvieran, te puedo asegurar que yo pensaría por todos ellos y así la evolución de la arquitectura sufriría más de la cuenta.

−Cuando elijan menú y bebida, no te adelantes; yo tampoco lo haré.

−Sobre todo espera a que pidan el vino que más les apetezca.

−Una vez resuelta su comanda, hazme un favor, tú pides entonces una cerveza bien fría. Yo te seguiré alegando mucha sed… hay que ser cuidadosos y prudentes con los gustos y deseos de los demás, porque a los dos nos gusta la cerveza, pero debes comprender que no es bebida para una comida tan profesional, ¿entiendes no?

Paseando en una de esas ocasiones por la alameda compostelana y justo donde está hoy ubicada la escultura de las Dos Marías, D. Julio se detuvo de repente y fijó su vista en la fuente del fondo del paseo central.

Hablando como para él solo, comentó en voz baja pero llena de una fuerte emoción personal: "Estaba allí mismo, hace de esto casi cincuenta años, flanqueada por dos de sus amigas y… ¡era tan bonita!’’

Pasaron uno segundos, se volvió y mirándome con una sonrisa que tenía mucho de complicidad reservada a los amigos, me confesó que aquella chica compostelana acabó con el paso del tiempo, siendo su esposa. ¡Era tan bonita repitió en un suspiro con voz profunda!

Dimos una vuelta a la Herradura sin mediar apenas palabra. D. Julio quizás haciendo revivir los sueños que hacen posible que sobrevivamos a la razón. Yo sólo imaginándolos por encima del conocimiento.

Acabamos nuestro paseo en el ensanche. Allí en una terraza de la praza Roxa, le pregunté: ¿Qué le parece D. Julio esta zona de la ciudad?...

−Está llena de vida, tienes que pedirle al alcalde que la rehabilite y corrija en lo posible sus patologías, que mejore sus condiciones de habitabilidad y funcionalidad.

−Pero no me disgusta lo que veo. Ahora bien, me dijo imperativamente, no consintáis de ningún modo que en el futuro, cuando alguno de nuestros brillantes arquitectos jóvenes tenga que diseñar y construir aquí entre medianeras, por derribo de alguno de estos edificios, hagan una obra demasiado singular y hermosa…

¿Por qué D. Julio? , le pregunté ingenuamente:

−Mira, mi esposa era muy bonita y aún lo es, pero no es menos cierto que cuando la conocí estaba rodeada de amigas poco agraciadas, es decir más bien feuchas, y así destacaba mucho más su belleza. ¿Comprendes no?

Acabamos la consumición entre risas contenidas por respeto a su querida mujer, y hasta hoy he mantenido estos dos secretos: el de un amor que duró tantos años y el de aquella lección sencilla pero magistral de arquitectura.