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Miles de gallegos creen tener una obra maestra

Rozó la genialidad. Pero viudo y alcohólico se copió a sí mismo en papel carbón para comer y pagar las deudas del vino. Los originales son incontestables; las copias, discutibles. El último bohemio

ROBERTO QUMATA  | 29.07.2007 
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MUSEO DE PONTEVEDRA
La bajada a Palacio, uno de los rincones de Compostela mejor captados por Lino Martínez Villafínez, izquierda, retratado por Felipe Criado
FOTO: MUSEO DE PONTEVEDRA

Lino Martínez Villafínez (Marín, 1892, Santiago, 1970) es el Robert Doisneau gallego por excelencia. El célebre fotoperiodista francés, pescador de imágenes, captó con su cámara El beso, la escena de dos enamorados abrazándose ante el ayuntamiento de París en 1950. Desde entonces, convertida en postal ha sido reproducida millones de veces. París, ciudad de la luz. lo es también del amor.

Con Villafínez, pintor en serie, ocurre algo parecido, sobre todo a partir del Pórtico de la Gloria, su obra más repetida. "Se la sabía de memoria", según expertos, marchantes y coleccionistas gallegos que, consultados por EL CORREO, creen tener una fortuna colgada en las paredes de sus casas.

Al pintar el Pórtico, y luego reproducirlo cientos de veces,, Villafínez contribuyó casi tanto como el Maestro Mateo a difundir la belleza de Compostela. Al contrario que Doisneau –antes de morir hubo de soportar la querella de la pareja de novios que reclamaban el copy right– en sus lienzos, Villafínez prescinde de las figuras humanas.

El único que podría reclamarle derechos de autor, en todo caso, sería el Maestro Mateo. Laxeiro, amigo y admirador, dio por sentado que cuando el pintor anclaba su caballete ante O santo dos croques, hablaba directamente con el arquitecto.

l autodidacta de Marín convence al conjunto de santos, profetas, apóstoles y músicos del Pórtico para inmortalizarlos en lienzo e incorporarlos al más puro paisajismo monumental de su obra. Así razona el bohemio, el artista que durante buena parte de su vida cargará con la cruz de una etiqueta grosera: "¿Qué Villafínez, el sobrio o bajo los vapores etílicos?".

Casi 40 años después de la muerte de Villafínez, muchas de sus originales y copias necesitan una conservación urgente. Un catedrático de Dibujo, que prefiere permanecer en el anonimato, asegura que el pintor compraba los materiales más ínfimos debido a las penurias económicas que sufría. En muchos casos utilizaba tierras para conseguir colores ocres. Ni siquiera tenía la oportunidad "como aquel expresionista francés que recorría el bosque de Bolonia para aprovechar el gorrechiño de pintura que, sobrante, tiraban sus compañeros a la basura".

"Hay dos Villafínez bien distintos, el bebido y el que se recrea como artista. Hay un Pórtico de la Gloria excepcional que tuvo durante mucho tiempo Torres en el escaparate de la ferretería del Preguntoiro. Ese cuadro pudo valer entre 500 y 1.000 pesetas; hoy puede rondar los 18.000 euros"."Sobre la bajada al Palacio de Gelmírez (ver portada del Correo 2), que es otro de los cuadros más logrados de Villafínez, hay una época en que los pinta él, porque le sale de dentro, y hay otra época en que los pinta su hijo (Juan). La calidad, claro, no es la misma". Y es que Juan Martínez Míguez, Vilafíns, será devorado artísticamente por el ansia saturnal de su padre.

Los turistas, los canónigos, los profesores de la Universidad y los estudiantes que terminan la carrera y que quieren llevarse un recuerdo de Santiago son los clientes potenciales de Villafínez. De ahí que su obra esté muy repartida en, por ejemplo, los concellos de Santiago, Marín y Vilagarcía, Museos Provincial de Pontevedra, Pobo Galego, das Peregrinacións y Quiñones de León, Parlamento de Galicia, Unión Protectora de Artesanos, Caixanova, Fundaciones María José Jove, Pedro Barrié de la Maza y La Caixa, además de co­leccionistas particulares como la familias Baltar y Vidal-Pazos, el librero Couceiro Rivas, Josefina Vilas, Pepita Casal, Carlos Baliñas Fernández, etc.

MUSEO DE PONTEVEDRA
Juan Martínez Míguez, ‘Vilafíns’, pintado por su padre
FOTO: MUSEO DE PONTEVEDRA

Pero hay más, muchos más clientes, más o menos entusiastas de sus obras que atesoran un Villafinez: sus proveedores. El artista paga en especie (con sus cuadros) la pensión a Josefina Vilas, el arreglo de la boca al odontólogo Barreiro Munín, el alquiler por exponer en la Protectora de Artesanos, el desayuno a El Muelle, las tazas de Ribeiro a diversas tascas del Franco y a los rumbosos que invitan a la ronda.

¿En dónde radica el éxito del virtuoso? ¿Por qué gusta tanto a los compostelanos ? "Porque enciende la luz en el Pórtico con tal fuerza que disuelve los perfiles de los profetas y apóstoles de Mateo. Y tras la luz, las sombras que sugieren un espacio de silencio".
En pleno estado de necesidad, a la conclusión de la Guerra Civil, los Villafínez tendrán que pagar el alquiler de su estudio en el edificio del cine Metropol. Otro lastre más en plena penuria económica –España autártica, economía de cuartel– que queda reflejado en los ocres y casi diríase que negros empastes de las escaleras de San Martiño Pinario (ver foto superior), rematadas por la iglesia de San Miguel dos Agros que el creador acomoda a la izquierda, cuando su ubicación real es a la derecha.

Papel simpático para calcar sus bocetos y vender en serie
San Martiño Pinario marca el antes y el después de Villafínez. Está viudo y su hijo, en la guerra. El profesor José Manuel López Vázquez destaca que “del Santiago jubilar bañado en luz pasamos al Santiago húmedo y lúgubre, con los suelos convertidos en espejos de mil reflejos y el cielo encapotado y agitado, amenazando con la inminente e inmisericorde tromba de agua”.
Insistimos: Villafínez tiene que comer cada día, su déficit proteínico no ayuda a mantener el ritmo de creación ni el fuste de la misma por más que se diga que el hambre agudiza el ingenio. Tendrá que producir en serie y a bajo coste, vender a la desesperada, algo parecido a lo que sucede hoy con los encajes de Camariñas y los sucedáneos de ‘made in Taiwan’.
Ya no aparcará su caballete durante interminables horas en Sar, Conxo, A Almáciga o en cualquier plaza recolecta de Compostela. Villafínez tira ahora de boceto, no sale del estudio más que para vender o pagar deudas atrasadas. El Villafínez derrotado, triste, envejecido y más o menos ebrio utiliza papel simpático para copiarse a sí mismo. Calca sus bocetos a base de papel carbón en láminas 4,5 veces el Din A4 actual. También las librerías compostelanas venden papel de seda en los años 40. Después repartirá seis o siete pinceladas de color guiado por su memoria. Villafínez en serie, como churros. “¡El churrero! ¡Churros calientes! ¡Chuuuurros calentitos!” que así proclama a voz en grito Modesto Taboada, el churrero, el “fode de pe”, amigo del pintor.
 Y entonces el Pórtico se vuelve monótono. “Al contemplar un Pórtico de esta época no sabías si era de día o de noche. ¿Su hijo? Más de lo mismo, como aquel que decía ¿qué tocamos, maestro? Lo mismo, pero recargado de bombo”.

“Aún bajo los efectos etílicos pinta las rúas en un plis plas”
“Lino tenía que salir del paso como fuese, así que eso de utilizar el calco para copiar sus bocetos no era muy académico. Hoy se emplean triquiñuelas parecidas: diapositivas sobre el lienzo, luego das color y ya está”, dice un diseñador gráfico.
 Un veterano coleccionista compostelano, Justo Caramés, que vio pintar a Villafínez innumerables veces en la calle, asegura que “fuesen con papel simpático o bajo los efectos del vino, lo cierto es que sus cuadros son auténticos, de mayor o menor calidad, pero auténticos. Yo le visto hacer la Rúa del Villar de memoria, en un plis plas”.
 “¿Es verdad que usted toma treinta tazas al día?” le preguntan. “ Mamarracho, si tuviera dos dedos de frente sabría que después de quince tazas ya no se cuentan. ¿Cómo voy a saber si tomo treinta tazas, si treinta es el doble de quince?”, responde. La fama de esponja se propaga rápidamente. Cargará con el sambenito de por vida. “Decía Villafínez que ten tomado tazas que ían de aquí a Padrón e de Padrón a Santiago”.

Severo Pardo, galerista, se le pregunta sobre el valor de un cuadro de Villafínez. "Primero", responde, "hay que averiguar de cuál de los dos Villafínez se trata: padre o hijo. Dado que las firmas son muy parecidas y los temas idénticos, aunque algunas veces el segundo firma ‘Villafínez hijo’, es necesario determinar muy bien la obra y de cuál de los dos se trata".
"La cotización de Villafínez padre depende de la época del cuadro, ya que pierde mucha calidad con la edad conforme se va haciendo mayor. Es así que las últimas obras valen prácticamente lo mismo que las de su hijo.

"Para darle valor al cuadro es necesario, al menos, tener una fotografía, saber las medidas y técnica, así como el estado de conservación. Si nos envía un par de fotografías en las que se aprecie la firma, le daremos una valoración aproximada".

Puro mercado. Es la disección vergonzante de un bohemio que como mayor osadía pide en la calle, con voz trémula, "un pa-pe-li-to" de fumar para liar el tabaco de Picadura.Los tres Villafínez que atesora la Unión Protectora de Artesanos "están asegurados cada uno en 6.000 euros" .

Lino José Martínez Villafínez es hijo de Bertolino (carabinero) y de Dolores (sus labores). Primer contratiempo: la partida de nacimiento donde, por error, se le adjudica un Méndez por Martínez. Qué otra cosa puede pintar en su Marín natal: cielo, mar y barcos. Lo hace sobre las sábanas que su madre tiende al sol, pese a lo cual su primer trabajo serio será el de carpintero de ribera en los astilleros Tiburcio.

Francisco Ferrer, dueño de los astilleros, será el primer mecenas; también el más favorecido por la calidad de los cuadros de la mejor época del artista en ciernes.

En 1914, el doctor Blanco Rivero le invita a pasar unos días en su casa de verano en Placeres. Al cabo, se lo trae a Santiago. El joven autodidacta trabajará como enfermero y dibujante de quirófano en el Hospital Real.

Cuatro años después se casa con María Míguez Dedal, de Sigüeiro, y en 1919 nace Juan. En 1938 es reclamado por los alzados para combatir en el frente.

Lino frecuenta el taller de As Rodas de Tito Vázquez, donde coincide con Concha Vázquez, López Garabal, Martínez Buján y Roberto González del Blanco, y entra en contacto con Asorey, Castelao y Cabanillas. Concurre a la Exposición Nacional de Arte en compañía de Bonome y de Asorey.
En 1926, la Diputación Provincial de Pontevedra le concede una beca de 3.000 pesetas "conforme al dictamen del Tribunal para estudios de pintura en Madrid, porque sus ejercicios de color presentados demuestran excepcionales aptitudes de un verdadero temperamento de artista, de rudo aprendizaje, cuyo instinto pictórico abre fundadas esperanzas que se aprecia en sus impresiones de color".

Los periódicos de entonces subrayan que "con esta pensión, Villafínez ve lograda la única aspiración de su vida, sentida con la vehemencia ciega de un enamorado de su arte, que es el dedicarse por entero a la pintura".

El comisario de la Exposición del Año Santo de 1926 selecciona cinco de sus óleos.

A reconstruir la biografía del virtuoso del pincel, los críticos de la República hablan de las influencias positivas que recibe de Llorens y de Soroya. Los Baltar, Ángel y Ramón, le invitan al chalé de Rianxo. Son sus nuevos protectores. Villafínez completa un sorprendente Pórtico de la Gloria que dedica "a mi señor", don Ángel.

Un Pórtico de la Gloria de 1940 perteneciente a un coleccionista particular

Villafínez pinta Santiago desde la atalaya de A Almáciga, también desciende con sus bártulos al callejón de las Trompas. A Conxo y a Sar, donde obtiene una Colegiata explosiva de luz. En el cuadro titulado Bonaval incorpora al escenario por primera vez dos personajes, apenas esbozados, de carne y hueso, lo cual sucede en muy pocas ocasiones a lo largo de su obra. A estas alturas, años 30, el creador de Marín forma parte del movimiento Rexionalista de Pintores Gallegos, en el que destacan María del Carmen Corredoira, Fermín González Prieto o Amando Suárez Couto.

Villafínez abandona el empleo del Hospital Real que le garantiza techo y comida y se convierte en profesional.

Un genio conservado en alcohol que no llegó a pintor de cámara
Villafínez es un hombre extremadamente sensible. Ksado le retrata al lado de su caballete y del Pórtico de la Gloria, quizás una obsesión enfermiza.
 Durante la II República bullen en Compostela diversas manifestaciones artísticas. Camilo Díaz, Arturo Cuadrado, Cabanillas o Castelao representan “o movimento de galeguidade”.
  Hay ambiente cultural, “movida” que se diría hoy. Valle-Inclán le da marchamo de parnaso al Derby –donde arremete contra el camarero deslenguado al grito de “¡concejal! ¡Que es usted un concejal!”– y eso que no coincide con Hemingway, listo con cañas y cebos para pescar en el Tambre.
 Pero en 1935 ocurre lo inevitable: Villafínez queda viudo. La soledad empuja a un personaje, ya de por sí solitario, a una profunda melancolía, cuanto más acentuada por la aventura de su hijo Juan, en la Guerra Civil.
 Se juega con su fama y se ríen de su presunto intento de dormir en un ataud del Hospital Real. A partir de entonces, Villafínez será, en palabras menores, un bohemio. Quienes ignoran o desprecian su arte, le meterán en una cuba de vino, es decir, le incapacitarán de por vida. Y con la guerra llega el hambre embutida en su hopalanda negra: Pintar rápido para comer cuanto antes. Los resultados: creación y calidad dejan mucho que desear. El propio Villafínez, según el profesor López Vázquez, está disconforme con los resultados. “Sus cuadros se convertirán en suvenires”.
Nunca será un pintor de cámara. La Curia compostelana no le protege y, el franquismo, en plena penuria –pan y estampitas–, le ignora. Villafínez será un genio conservado en alcohol, puede que metílico, para disolver su pintura y pinceles.