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san francisco, 800 años después

Los franciscanos llegaron a Lugo entre 1276 y 1281

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JOSÉ MANUEL GARCÍA IGLESIAS  | 19.10.2014 
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LUGO. LA CATEDRAL
El escultor Francisco de Moure acometió la obra del coro de la Catedral entre 1621 y 1624. Es importante la presencia franciscana en el mismo y cabe relacionarla con el prestigio que tal orden tenía en la diócesis por las fundaciones aquí existentes,  a las que se iba a sumar, por entonces,  la puesta en marcha de una nueva, de Clarisas, en este caso, en Monforte de Lemos. Encontramos, pues, a San Francisco, San Buenaventura, San Antonio, San Diego de Alcalá y Santa Clara entre los aquí representados, los dos primeros, en los sitiales de la parte alta, de cuerpo entero, en tableros rectangulares; y los restantes, abajo, en otros tantos medallones.

Es particular el empeño que el escultor pone a la hora de representar a Francisco , el santo del que lleva el nombre, plasmando el momento de la estigmatización, ante la mirada, en los cielos, de dos ángeles y una forma demoníaca,  en tanto que, abajo, el hermano León contempla lo que acaece. Los pies de Francisco tienden a despegarse de una forma evocadora del globo terráqueo, señalándose, con ello,  su renuncia a lo mundano. El relieve de San Buenaventura nos lo muestra en una cocina lavando platos. A un lado se presenta a Gregorio X, que va a imponerle el capelo cardenalicio, haciendo cierta la historia que cuenta que era tal su menester cuando recibió noticia de tal nombramiento.

El medallón que representa a San Antonio lo presenta ante un escritorio,  haciendo mención a sus textos. El Niño Jesús, de pie sobre la mesa, va a abrazarlo en tanto que el santo mantiene en una mano, una palma, significativa de de victoria.  En el caso de San  Diego de Alcalá se contempla,  tras su figura, la cara del mendigo al que va a llevarle los mendrugos; entre sus manos, el paño cubierto de flores en que se ha convertido el pan; a su lado, el superior que contempla lo acaecido. La representación que se hace de Santa Clara le otorga  dos atributos,: el  copón, alusivo al culto eucarístico, principal en esta catedral;  y el otro, el báculo. La concentración de la mirada y la fuerza con la que mantiene en su mano el copón, caracterizan a una figura llena de vigor,

Un retablo dedicado a San Antonio de Padua, ya  desde formas neoclásicas, se dispone en el crucero, en el lado norte, incidiéndose, una vez más, desde aquí,  en subrayar la importancia del santoral franciscano; es obra de Manuel Luaces, de principios del siglo XIX . Años más tarde, por 1832, se le iban a encargar a Antonio Luaces seis retablos para esta catedral, uno de ellos dedicado a San Francisco.

Otros culto afín a la Orden, tiene en este mismo templo, una particular presencia: el Ecce Homo - con capilla propia, bajo el coro, a sus pies y con entrada desde las naves laterales- se presenta, en este caso sedente, fórmula muy común en el ámbito franciscano.  Y el Buen Jesús, que considera el mismo episodio de la Pasión en el Altar, en este caso de pie, en una magnífica imagen debida a Manuel de Prado y que sale en procesión, portada por la cofradía del Buen Jesús desde 1949 que,  también,  desde 1951, cuenta con un paso, el del Nazareno, obra, en este caso,  del escultor Francisco Sanz y que se guarda a los pies de la capilla de San Froilán,  en el mismo espacio que la cofradía del Perdón y Nuestra Señora de la Piedad tiene las imágenes del Santo Cristo del Perdón (1953)  y de Nuestra Señora, la Virgen de la Piedad (1954), ambas obras del escultor compostelano José Aldrey (1953).

EL ANTIGUO CONVENTO DE SAN FRANCISCO
Nace, en paralelo al convento de Santo Domingo, por los años 1280-1282, tras haber llegado a Lugo, tanto franciscanos como dominicos entre 1276 y 1281, constándose que, en 1298 se documenta la existencia de “casas reedificadas sitas delante de San Francisco”. También es sabido que, por 1326, cuentan ya con un templo, según se deduce de una concordia entre el obispo y cabildo de Lugo con los frailes.

La iglesia, en su configuración definitiva, es de planta de cruz latina, con tres ábsides en la cabecera; exagonal el del centro, y de planta poligonal,  los laterales, todos ellos rematados con bóvedas de crucería. En su construcción contará, como Santo Domingo y Santa María a Nova, con la protección tanto de prelados como de nobles – de las casas de los Saavedra, los Bolaños, los Trastámara, los Ulloa, los Goyo…-,  siendo la construcción realizada por talleres itinerantes, bien de filiación orensana o lucenses.

Lo que fue, en todo caso,  la primera iglesia franciscana  - es decir, la anterior a la actual- ha de ampliarse a partir de 1325 en la parte de la cabecera y del crucero; es sabido, en este sentido, que por 1335-1340 se está trabajando en la parte occidental del crucero. Una figura clave en la concreción de nuevos espacios va a ser el obispo, dominico,  fr. Pedro López de Aguiar, que rige la diócesis entre 1345 y 1349. No obstante, aún en 1365-1370, se está trabajando en la capilla mayor, para continuar, en 1375-1380, en el ábside de la epístola; en 1380-1385, en el del evangelio;   y ya en la portada principal, hacia 1390.

El patronazgo, en concreto, de Pedro Enríquez de Castro (1370-1400), le llevó a acordar con los frailes tener aquí su enterramiento,  que debió ser en un sarcófago aislado, con yacente, en el interior de la capilla mayor; tal monumento funerario  se ha relacionado con el que hoy se conserva en  la capilla absidial del lado de la epístola, a datar en la primera mitad del XV.  Pocos años después, mediante un breve de Martín V, Sincerae devotionis, fechado en Roma en 1425, hay constancia de que don Fadrique Enríquez, duque de Arjona y conde de Trastámara señala que, en esta iglesia, se habían enterrado personas de su familia señalando que, también él,  tenía la pretensión de hacerlo,  siéndole reconocido, igualmente,  por los frailes el derecho y su papel de fundador. Tal patronazgo sería heredado por los condes de Lemos.

Todavía se guardan en la iglesia, por lo demás, de sus tiempos medievales,  importantes referencias sepulcrales: en la de parte del evangelio, los correspondientes a don Pedro Fernández Bolaño y al denominado escudero Saavedra (Rodrigo Alfonso de Saavedra), ambas de los primeros años del siglo XV; en la capilla del lado de la epístola,  dos arcosolios, uno con el supuesto bulto funerario de  Pedro Enríquez de Castro, como ya se ha dicho Y en la nave,  otros dos arcosolios más, en el lado de la epístola, concretamente en su tercer tramo; bajo uno de ellos puede verse una pintura -a relacionar con el enterramiento allí existente-  en la que, con formas propias del primer tercio del siglo XVI, se presentan tres motivos: en el centro, una Lamentación sobre Cristo muerto; a los lados, un San José con el Niño, y una Santa Catalina,  contando estas partes laterales con la presencia de un escudo  sobre cada santo. 

Entre 1550 y 1638  se levantará el coro, a los pies de la iglesia. Allí donde concluye el tercer tramo de la nave los pilares, en sus bases muestran una decoración de placas, propia de los años medios del siglo XVIII, a relacionar, posiblemente,  con una ampliación del coro que no se llevó, después, adelante. El campanario, en tanto, se contrata en 1702 y ha sido relacionado, en su construcción, con Fray Manuel de los Mártires.

Esta iglesia, tras la desamortización,  se cerró aún cuando, poco después, un fraile exclaustrado, José García,  la  “tomó a su cargo y cuidado….”. Posteriormente le  fue cedida a la Orden Tercera,  recobrando, de este modo, el culto en 1867.  Su antigua sacristía sería derribada en 1892. El párroco de San Pedro, ya en 1914, solicita al obispo que se le permita el traslado a esta iglesia, lo que sucederá en 1915. Será, a partir de entonces, cuando se volverá a levantar una nueva sacristía, que se concreta con formas neogóticas. También se abren ahora dos puertas, de carácter ojival, en el crucero, en su lado septentrional, una a cada lado,  en donde se hará, también un nuevo rosetón, en cemento armado, que es obra del P. Gil Taboada quien sigue criterios neogóticos. Este templo será considerado Monumento Nacional en 1931. En 1970 se acometerán, bajo la dirección de Francisco Pons-Sorolla, nuevas obras en las capillas; es ahora cuando se decide elevar el ábside central sobre un nuevo pavimento de granito que oculta una pequeña cripta exagonal. 

Es esta etapa parroquial la que otorga la línea cultual que este templo alberga, aún cuando ello no obsta para que se mantengan muchos testimonios evocadores de su pasado franciscano. Así en el programa de vidrieras de la capilla mayor, comparten el mismo vano Pedro y Francisco, lo que supone engarzar las dos advocaciones que le dieron nombre. Las otras dos del presbiterio presentan, una,  a Cristo Rey y la Inmaculada Concepción; y la otra, a San José y a Santa Teresa de Jesús. Un buen Crucificado y un San Pedro se constituyen como la única imaginería que alberga este espacio en el que también puede verse una sillería.

La capilla del lado del evangelio presenta dos vidrieras. En ambas está la Inmaculada; en una es Buenaventura con quien comparte espacio; en la otra lo hace con Duns Scoto, distinguido por la enseña que muestra, a modo de bandera, y en la que se dice: POTUIT/ DECUIT/ ERGO FECIT. Y también es una imagen de la Inmaculada la única que, en este caso, preside este espacio.

La capilla del lado de la epístola está dedicada a la Sagrada Familia quien la preside entre dos imágenes de ángeles. Las vidrieras  inciden, igualmente en este caso, en la misma línea devocional ya que una de ellas la comparten María y José. En la otra, en cambio, se presenta a San Antonio y a Santa Rosa de Viterbo, atendiendo a esa otra directriz que lleva a evocar el pasado franciscano de este templo.

Los retablos, de formas neogóticas que pueden verse en los frentes del crucero están presididos el del lado  sur por la Virgen de Fátima y el otro, por el Sagrado Corazón de Jesús. Se hacen una fecha posterior a 1917 y tan solo el mariano presenta sagrario sobre el altar.

El retablo de la Virgen de Fátima la muestra en la parte alta y media del mismo acompañada, a la derecha, por una Santa Lucía – quien da nombre a una de las pastorcitas videntes, la única que había recibido, entonces, la comunión- ; y, al otro lado, por una Virgen de la Eucaristía, a relacionar, precisamente con una de las apariciones, concretamente la tercera del ángel, que se mostró con un cáliz y le dio la comunión a los niños; aquí es el Niño Jesús quien porta el cáliz. Abajo, a los lados del sagrario, se presentan dos escenas a vincular con las apariciones marianas. El que se dispone a su derecha nos muestra a los pastorcitos en su contemplación de la Virgen de Fátima sobre una encina. El otro presenta a Pío XII, en Roma, con la iglesia de San Pedro al fondo, contemplado la visión de la Virgen de Fátima; las palomas, que se relacionan con estas apariciones se muestran, también, aquí; de este modo se alude a una visión sobrenatural que, también en 1917, tiene el papa en relación con estas apariciones, en concreto con la denominada como la visión del milagro del sol.

Si a la devoción de la Virgen de Fátima se la vincula, expresamente, con la del Sagrado Corazón de María resulta congruente que, en el otro lado, se le dedique el retablo al Corazón de Jesús, que se presenta en la parte media y alta,  entre las figuras de  la Virgen del Carmen, a su derecha, y de San Benito Abad, al otro,  portando un bordón con cruz de triple travesaño (lo común es mostrar a los fundadores con cruz de doble travesaño) y el libro de su Regla abierto.  Preside la parte inferior la figura de Santa Teresa de Jesús,  presentada dirigiendo la mirada al cielo y con un libro abierto en sus manos en donde puede leerse: “Cuan triste / …ba/ … nio; / Dios mío; sin ti/ ansiosa de ver-/te deseo mori/ Teresa./ de Jesús”, con la que se evocan los primeros versos del poema de esta santa titulado Ayes del destierro:  “¡Cuán triste es, /Dios mío,/ la vida sin ti! /Ansiosa de verte, /deseo morir. Quienes la acompañan son una Santa Catalina – en una buena imagen que procede de un retablo barroco-  y un San Roque.

También pueden verse en la nave otras advocaciones marianas. En el lado del evangelio, la Virgen de la Saleta. En el otro,  la Virgen del Socorro y la Virgen de Covadonga. Un altar se incluye, por lo demás, bajo un arco apuntado amparando un altar sobre el que se presenta una figura de San Antonio de Padua; aparece firmado y datado del siguiente modo: Mallos 1999. Se inscribe todo ello en el marco de la puerta que comunicaba esta iglesia con la capilla de la Orden Tercera.

También en el lado del evangelio se conservan, realizados en los últimos tiempos, una buena escena del Calvario, en la que aparece también a los pies de la cruz a la Magdalena, acompañando, de este modo, a María y a Juan. Y, además, puede verse una escultura que otorga aquí culto a San José María de Suegos, o San José María Díaz Sanjurjo, nacido en Santa Eulalia de Suegos, estudiante en el Seminario de Lugo y, también, en la Universidad de Compostela y  que ingresa, en el año 1842, en el colegio misionero de Ocaña, de la Orden de Predicadores. Se ordena en 1844 y va como misionero a Manila y a Indochina siendo consagrado obispo, como vicario apostólico de Tonkín – concretamente en la ciudad de Nam Dinh-, y martirizado,  durante la persecución ordenada por el emperador Tu Duc, en 1857, Fue canonizado en 1988 por Juan Pablo II y se celebra su fiesta el día 20 de julio.  En la escultura que se nos muestra aparece con el hábito de su orden; descalzo, como suele representarse a los apóstoles; y con las manos en posición orante, renunciando, pues, con ello, a mostrarlo en su condición episcopal.

Este convento estaba integrado en la custodia franciscana de Ourense y, al menos desde el siglo XIV, hubo aquí labores docentes. Fue Colegio de Filosofía, de Teología y, también, de seglares. Se conserva, en este caso, el claustro en sus cuatro lados, al igual que sucede en Ourense. Se parte para su planta cuadrada de la tipología de claustro mendicante del siglo  XIV, con dobles fustes, capiteles y arcadas similares al orensano (1325-1359, aún cuando, en este caso, estamos ante una obra levantada en el pontificado de García Martínez de Vaamonde, que ocupó esta sede por dos veces (1440-1445 y 1447-1475). En este mismo tiempo ha de encuadrarse la realización de la sala capitular, de la que se conserva parte de su entrada, en el lienzo norte de este claustro.

Hay una siguiente etapa en las obras del claustro que se encuadra entre 1550 y 1638; es ahora cuando se construye la parte alta para disponer en tal lugar las celdas, al tiempo que se pasa la sala capitula , también, para ese nivel superior.  No obstante el incendio que asola el convento en 1638 aconseja nuevas obras y será, ya en el siglo XVIII, cuando  el claustro, en su segundo piso, adquiera el ser que lo caracteriza, con placas decorativas propias de una cronología básicamente del segundo tercio del siglo XVIII, al igual que lo son los ornamentados escudos franciscanos que lo señalan como tal.

Tanto el refectorio como la cocina, en el piso bajo, han de encuadrarse en el siglo XVIII. La decoración que se dispone sobre la puerta del refectorio así lo testimonia, llevándonos al segundo tercio de esa centuria; en cuanto a su tipología se sigue es la que desarrolló Peña de Toro, hacia 1663, en el monasterio de San Martiño Pinario, en Santiago de Compostela

En el año 1809 tanto las tropas inglesas, en un primero momento, como las francesas, después, causaron aquí sustanciales destrozos. Tras la exclaustración el convento cumplió los fines de ser Asilo de Beneficencia y Casa de Maternidad. Hoy es Museo Provincial; su transformación en tal supuso la concreción de un nuevo proyecto, debido a los arquitectos Manuel Gómez Román y Pérez Barja en unas obras que se desarrollan en los años cincuenta-sesenta del pasado siglo y que mantienen del tiempo anterior  el refectorio, la cocina y el claustro. La antigua fachada del convento, formando un ángulo recto con la de su iglesia, ha sido totalmente remozada.

LA CAPILLA DE LA SOLEDAD, DE LA ORDEN TERCERA
Ya por 1373 se constata la presencia de eremitorios de “Prove vida” en Lugo, en la que residen “freira y, ya en 1440, se ha institucionalizado su existencia que ha de discurrir incluida en la iglesia conventual  hasta que, en 1693, los franciscanos le otorgan a la Orden Tercera un espacio, inmediato a la nave de su templo, por el lado sur, para construir allí una capilla. Ésta tendrá planta rectangular  y se cubre con una falsa bóveda de barrotillo desde el siglo XIX y que, en la actualidad, precisa ser rehabilitada. Sus ventanas, en la pared de la nave, son resultado de las medidas de saneamiento acordadas por 1827.

Cuenta con sacristía, tras el presbiterio, y tiene tres puertas. Una, tapiada en 1838, hacia la iglesia inmediata;  otra, la principal, a sus pies; y una tercera que se abre hacia el lado sur y que se corresponde con la sacristía, realizada en 1845. Sobre la puerta principal se presenta, ene este caso, una hornacina en la que es San Luis Rey de Francia, patrono de la Orden, quien la preside.  Contaba, en el frente, con un porche que enlazaba con la iglesia conventual, algo parecido  a lo todavía que puede verse en Mondoñedo, en donde la capilla de la Orden Tercera aparece, de tal forma, ensamblada, en este caso, con lo que la iglesia de los alcantarinos. En lo que concierne a la espadaña ha de tenerse en cuenta que, en 1838, se acuerda la compra de una campana “…de poco volumen y coste…”.  Y el 25 de marzo de 1840,  como no se contaba ni con campanario ni  con espadaña,   es cuando se acuerda que  “…se construya ésta con dos bocas campanas sobre el frontis principal”. De este modo, una vez más, se da el caso de que los terciarios, al disponer sus capillas en suelo cedido por los franciscanos, no contaban con el permiso de éstos para tener campanas propias; de ahí que será tras la exclaustración cuando sus templos adquieran, más de una vez,  sonido propio.

Se ha relacionado esta capilla, en cuanto al formato de su traza, con Domingo de Andrade, al menos ha de entenderse como inspirador de su forma. Lo cierto es que los espacios que la Orden Tercera va construyendo en Galicia suelen responder a una misma tipología que tiene en la realizada en  Santiago, por Domingo de Andrade en 1681, un punto de partida que bien puede ser tenido en cuenta.

La fundación de la capilla en cuestión se hace en 1695 y, ya en 1698, se trasladará hasta aquí la virgen de la Soledad, su titular, en una solemne procesión que llevará primero la imagen hasta la próxima capilla del convento de las Agustinas Recoletas para, desde allí, traerla hasta su capilla

También, en el modo de configurar retablo mayor, se atiende a una forma que, en cierto modo, guarda similitudes con el que, en 1711, se hace en Santiago para la Orden Tercera siendo, también para aquel, Andrade el tracista. Se parte de una disposición de dos puertas a los laterales – el acceso a la sacristía-;  del desarrollo de una calle principal más ancha, con una hornacina como motivo protagonista para entronizar en su interior a la titular de la capilla; y de la división en dos niveles de la altura de las calles laterales, sobre las mencionadas puertas. Además, en ambos casos,  se trata de una formulación que cubre, en su totalidad, la pared del testero y que cuenta con las columnas salomónicas como soporte principal a la hora de estructurar el conjunto.

Le dan a este retablo, en su concepción originaria, diferencias a considerar el modo de ser tratada, en la parte superior, tanto la calle central – en donde se integra una pequeña pintura que nos muestra a un Ecce Homo- como en la disposición, a los lados, de dos relieves alusivos al culto a la Virgen de  la Soledad. En uno figura una mujer, ricamente ataviada, está orando ante su imagen ¿Se hará, así, alusión a Mariana de Austria, impulsora de su culto y muerta, poco tiempo antes, en olor de santidad? En la otra se contempla una procesión en que esta devoción es portada, en las correspondientes andas, presidiendo, detrás, el obispo, algo que se ha interpretado en relación con la supuesta intervención de la Virgen en la curación de la peste que asoló a esta ciudad en 1698; de ser así el prelado en cuestión sería el cisterciense Miguel de Fuentes, que muere en 1699.

¿A quienes se dedicaron los espacios laterales del retablo? Hoy está un Santiago peregrino, en un lateral y se sabe que, en el otro, hubo una imagen de San Juan Bautista; ambos del segundo tercio del XVIII. Es, sin embargo posible que, anteriormente, fuesen otros los cultos aquí presentes. Bien pudieron serlo, originariamente, los patronos de la orden – San Luis rey de Francia, del que hay una imagen retirada en el coro alto; y santa Isabel de Hungría-. En lo relativo a la parte alta, también en las calles laterales, los encuadres existentes hacen dudar, por su escasa profundidad, en que estuviesen, en un primer momento, ocupados por esculturas de bulto. En definitiva, esos cuatro espacios laterales, dos en cada parte, terminaron por ser cubiertos por pinturas en las que se nos muestran, arriba, una Flagelación y un Camino del Calvario; y abajo, un Descendimiento y una Lamentación sobre Cristo muerto. También esta pintado el camarín central -obra posterior realizada a partir de 1850- en el intradós del arco que ampara a la Virgen de lo Dolores; se muestran ahí diferentes referencias a la Pasión: la mano con la bolsa, el cáliz…

Y es que es por 1850 cuando, con planos presentados por el maestro de obras José Sánchez, se incorpora, también a esa parte central, en una urna de cristal, el Cristo Yacente donado en 1840 que, según parece, procedía del extinguido convento de Santo Domingo.  Se trata, en realidad,  de una figura del Crucificado,  articulado, por lo cual debía de utilizarse, en un principio, para las ceremonias de desenclavo propias de la Semana Santa.

El retablo del Ecce Homo, en la nave, en el lado del evangelio, se contrata con Agustín Baamonde en 1769 y lo pinta José Benito García al año siguiente. Concretamente es Baamonde, en su condición de arquitecto y escultor,  quien recibe de la Orden Franciscana Seglar, representada por Juan Bautista Franco, el correspondiente  “Papel de Plan y Planta”. Contará con el trabajo de los escultores Juan González de Rioboo y Joaquín Losada. Consta de una sola hornacina entre estípites en la que aparece el Ecce Homo. En la parte superior de este nicho puede verse una representación de la Santa Faz. Lo rodean ángeles con instrumentos de la Pasión. Sobre el retablo, significando un espacio celeste, está San Miguel Arcángel, patrono y protector de la Iglesia Universal, cubierto por un dosel, remate de un cortinaje que despliegan los ángeles alrededor de todo el conjunto; lo completa en el frontal del altar, la pintura que nos muestra, en su parte media, una columna con otros instrumentos de la Pasión.

Los estigmas de San Francisco de Asís,  que había recibido en el monte Alvernia con fray León como único testigo, es objeto de una escena planteada en  altorrelieve, con alguna parte prácticamente en bulto redondo. Aparece el santo aquí recibiendo la bendición del Padre, en los cielos, con un fondo paisajístico en el que se ve, por una parte, el citado monte Alvernia, con su capilla, y, hacia el fondo, una basílica que  bien puede remitir a Asís, aún cuando ésta se levanta tras la muerte de Francisco. Un franciscano, leyendo bajo un árbol, completa la escena a la que se incorpora una inscripción que dice: “EL YILMO./  SR. DN. FR. SEBASTIAN MAL/BAR OBPO DE BUENOS AIRES/ CONZEDIÓ 4 DIAS DE INDULGA A TO/DOS LOS FIELES QUE DELTE DE ESTA YMAGN RE/ZASEN UN PADRENO Y AVEMA IAL SR / Q TIENE EN SUS MOS UN CREDO/ANO… 1778”  El citado Malvar pertenecía a la orden franciscana  y será arzobispo de Santiago en data posterior (1783-1795) a la que se corresponde con esta obra que, muy probablemente, provenga del convento contiguo.

Es el entallador y escultor Antonio Luaces quien se encarga de realizar, atendiendo a una traza propia, el retablo  hoy presidido por San Francisco, en la nave, en el lado de la epístola, enfrente  del que muestra al Ecce Homo. Cuando se le encarga, en 1825, es con la intención de que sea ocupado por la Virgen de los Dolores – la que estaba en el altar mayor-,  habiéndose de colocar, a su derecha, a San José,  y a San Francisco en la otra parte. La obra se concluirá en 1827, data que se indica en un costado del retablo en cuestión, en el que el espacio dedicado a la devoción principal se encuadra, en la parte central, entre pares de columnas con capiteles compuestos,  en tanto que las otras dos figuras se disponen sobre peanas, en los laterales. Rematándolo todo, se dispuso una pintura en la que se nos muestra a la Sagrada Familia con San Juanito, tema acorde con el fin primero de este conjunto  ( en el que iban a estar la Virgen de los Do0lores y San José) que terminaría por ser presidido, al menos ya en agosto de 1835, por una figura de San Francisco en la que su autor, Antonio Sanjurjo, escultor con grandes influencias de José Ferreiro,  firma en la peana – Antº Sanjurjo lo esculpió-,  algo que también hace, en parecida forma, al señalar su autoría en un crucifijo compostelano – Antº Jnjurjo lo esculpió-. Su tamaño, muy adecuado al marco en que se integra, parece indicar que fue hecho, expresamente para este lugar; el hecho de que el escultor muera en Santiago en 1830 sugiere que la Virgen de los Dolores no llegó a estar nunca en este lugar y que, desde un primer momento, se dispuso aquí al fundador de los franciscanos.

Los dos retablos  que, a cada lado de la nave, se encuentran más próximos a la puerta principal tienen, como devociones principales, a la Inmaculada, el del lado del evangelio, y a San Antonio, el otro. Ambos pertenecían a la hermandad de San Antonio y de la Purísima Concepción que, hasta la exclaustración, tuvo su lugar en la iglesia conventual, trasladando su culto aquí posteriormente. Será en enero de 1838, según recoge el Libro de Actas,  cuando la Orden Tercera autoriza, a la “Hermandad de Gremios”, que se dispongan aquí dichos altares,  “…sin derecho alguno debiendo pagar dichos Gremios un canon por las funciones que celebren…”.

Hay constancia de un retablo de San Antonio, encargado por la cofradía  a Agustín Baamonde en 1750 y que se ubicaba en la iglesia conventual, en el colateral del lado del evangelio – en el frente del crucero de esa parte-, antes dedicado a San Bernardino. Será sustituido por otro que se realizará unos años antes de 1835 y que es el traslado hasta aquí, en 1838, ya que los cofrades desean “conservar su retablo, altar y Santo Tutelar que reedificaron de nuevo pocos años de nuevo pocos años a esta parte”. El lugar elegido para su ubicación iba a conllevar tapiar la puerta que enlazaba esta capilla con la iglesia conventual (hoy, como se ha dicho, también con un altar de San Antonio, en la otra parte). En este caso el retablo se estructura en tres calles. Se distingue la central al ser encuadrada por pares de columnas de orden jónico que enlazan sus volutas con la característica guirnalda. El espacio central se ocupa con el titular cuya talla se sustituye por la actual en 1907; se dispone en una hornacina relativamente profunda en la que, a un lado, cuelga un escrito  que testimonia las indulgencias otorgadas,

Desconocemos las devociones que se dispusieron originariamente en las calles laterales aunque es mas que probable que hayan sido  elegidas entre las devociones de San José, San Roque y Santa Catalina, que eran especialmente invocadas desde esta hermandad. Rematan el conjunto tres pinturas relativas a otros tantos milagros de Antonio de Padua: el del “corazón del avaro”, el de la mula arrodillada –en el centro-, y el alusivo a la testificación del muerto que exculpa al padre de San Antonio de su asesinato.

Es probable que la data de este retablo se aproxime al año 1823, citado en el Crucificado que se dispone al lado del mismo y que, procede, igualmente,  de la iglesia conventual siendo parte de los bienes de la misma cofradía. Se dispone bajo un dosel de madera, con las figuras de la Inmaculada y de San Antonio en los extremos de de los brazos de la  cruz en tanto que, en su pie,  puede leerse SOI/DE /S. ANTO. Más abajo, a modo de inscripción conmemorativa, se nos dice: SE COLOCO PR LA HERMANDAD/ EL DÍA 9 DE 8RE DEL AÑO DE 1823/ SOY DE SN ANTONIO.

Ha de ser por 1838, también, cuando se concreta la forma del actual retablo de la Inmaculada Concepción, en cuya traza se busca una similitud con el de San Francisco, que es el inmediato en ese mismo lado y, como en aquel, cuenta la titular con un espacio mas desarrollado entre pares de columnas con capiteles de orden compuesto, en tanto que a los laterales se disponen, igualmente, santos sobre pedestales; en este caso, San Benito de Palermo y San Buenaventura. También ha de relacionase su autoría con Antonio Luaces. Arriba, en la parte media, se remata, igualmente, con una pintura, que nos muestra la escena de la Anunciación, amparada por un tímpano triangular timbrado con un escudo franciscano. La Inmaculada que preside actualmente el retablo se adquiere en 1905, sustituyendo a otra, de 1848, que se rifa entre los cofrades.

Tal era el grado de ocupación, con retablos e imágenes, de esta capilla que sus responsables va a verse obligados a rechazar la donación que el 4 de junio de 1838 les hace Hipólito Sánchez Rangel, obispo de Lugo, del altar que tenía en la iglesia conventual. Pero, aún siendo así, se seguiría agrandado su patrimonio. Será a raíz de la visita que la reina Isabel II haga a la ciudad de Lugo, en el mes de septiembre de 1858, cuando ésta les done la urna procesional del Santo Entierro. Además conseguirán que se les cedan determinadas imágenes del convento franciscano- “… una de la Purísima Concepción con sus alhajas correspondientes y otra de Nuestro Padre San Francisco de talla”- que hoy no se conservan en esta capilla.

Es en 1893 cuando llega hasta aquí, procedente de la capilla del Asilo de
las Mercedes,  el relieve de la Lamentación sobre Cristo muerto,  que puede verse en el presbiterio, en el lado del evangelio, obra que ha sido relacionada con Antonio Sanjurjo y que se corresponde con los primeros años del XIX; se ha subrayado, en este sentido, los parecidos que tiene con la que José Adán, maestro de Sanjurjo, hizo para la catedral nueva de Lérida.

Con el paso del tiempo tuvieron su sede en la capilla de la Soledad, también, diferentes asociaciones religiosas: la hermandad de San José, a partir de 1835, dado que hacen su traslado a este lugar al cerrarse el convento de Santo Domingo; la Asociación de la Escuela del Sagrado Corazón de Jesús, autorizada  a celebrar aquí su culto en 1862;  la escuela de Mujeres de María Santísima; la cofradía de San Antonio Abad, también conocida por San Antón Lacoeiro, disponiéndose su imagen en el retablo de San Antonio, tras ser adquirida, en 1904, ya que, según los cofrades, “es de urgente necesidad para poder celebrar la festividad del 17 de enero, que de tiempo inmemorial se venía celebrando sin aquella”; la cofradía de los Niños Terciarios, los Tarsicios, jóvenes que velan el Santísimo, continuamente expuesto en la catedral lucense, y que depositan su imagen, en este lugar, en 1917; es obra realizada en Olot y ubicada, también, en el retablo de San Antonio. Y también provienen de Olot las imágenes de San Luis rey de Francia y de Santa Isabel de Hungría que acompañan a San Francisco en su retablo.

Si las devociones de la  Virgen de los Dolores y del Santo Entierro se constituyen en pasos procesionales que salen en la Semana Santa lucense, también tiene aquí su sitio el que nos presenta el Desenclavo, con cofradía propia, impulsada, en principio, desde Orden Tercera. En lo que respecta a la Virgen de los Dolores ha de tenerse en cuenta que la imagen que sale en procesión no es la del retablo sino otra que está guardada y desmontada.                  

La cofradía del Desenclavo del Señor inicia su andadura en 1945 pero se concreta con uso estatutos y es definitivamente puesta en marcha por el franciscano P. Miguel Quecedo Ortega erigiéndose, en la nueva iglesia de los franciscanos, por 1947. Es la Venerable Orden Tercera, sin embargo,  la que promoverá la construcción del paso del Desenclavo. Fueron varios los talleres de Santiago de Compostela a los que se le solicitó un boceto para hacer el Desenclavo, o Descendimiento de la Cruz. Al final el encargo recaería en el escultor Ángel Rodríguez quien sigue como modelo el paso que  Ramón Álvarez había hecho para la Cofradía del Santo Entierro de Zamora (1857-1859); su precio fue de 26.000 pesetas en los años 1947-1948, en que fue realizado. A partir de  1955 se denomina Cofradía del Desenclavo y de la Virgen en sus mayores Dolores al lado de la cruz.

Santo Domingo de Guzmán y Santa Rosa de Rima, ambas orantes y provenientes de un mismo conjunto, han llegado hasta aquí desde la iglesia parroquial de Santiago de Saa, del ayuntamiento de Lugo. Es muy probable que su origen se encuentre, sin embargo, en la iglesia de los dominicos lucense, o de otro centro de esta orden; se relacionan con Benito Antonio González Rioboo quien, con el mecenazgo del obispo de Lugo, el dominico, fray Francisco Izquierdo (1748-1762), llevó adelante, también,  a partir de 1761, el retablo mayor del convento de San Jacinto de Monforte, que pertenecía a su Orden. Puede ser este mismo prelado quien haya encargado el conjunto al que pertenecen estas dos esculturas.

Se guardan, además, en la sacristía tres buenas pinturas que bien pueden proceder del convento franciscano, a datar como obras del siglo XVIII. Representan un Calvario, a San Francisco y, el tercero, a San Antonio. También en el coro están depositadas diferentes imágenes. Además del ya citado San Luis rey de Francia hay otras trallas que pueden relacionarse con San José, San Pablo, San Francisco… Y, también, un Crucificado y una Virgen de la Soledad, en relieve, así como los cuadros, con láminas, de los diferentes pasos del Vía Crucis.

EL CONVENTO DE LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN, DE LOS PADRES FRANCISCANOS.

Será un obispo de Lugo, perteneciente a la orden franciscana, fr. Gregorio María Aguirre y García (1885-1894),  quien, al hacerse un nuevo seminario para su diócesis,  facilite el ya existente a los franciscanos para que, de este modo, vuelvan a Lugo. Será en 1893 cuando el prelado escriba al provincial diciéndole que “…ha llegado la autorización para enajenar el viejo Seminario...”.

El antiguo Seminario de San Lorenzo, ubicado en la que fue plaza de la Constitución, tenía sus orígenes en un edificio que había sido fundado en 1594 y construido entre 1595 y 1600, cuyo  arquitecto, Andrés Ruiz,  pertenecía a la Compañía de Jesús. Tuvo, a lo largo del tiempo, diversas reformas, entre otras las realizadas siendo obispo D. José de los Ríos y Lamadrid (1857-1884), concretándose ente 1857 y 1863 lo referente  a su fachada. Al ser comprado por los franciscanos éstos sentirán la necesidad de ampliar su capilla, a partir de 1896. Ahora el patronazgo al que se dedica este nuevo convento es el de la Purísima Concepción.

Es Nemesio Cobreros quien hará la nueva iglesia respetando la fachada existente para el conjunto del antiguo seminario. Ello conlleva deshacer la nueva capilla. Hacia el exterior, ya en 1914 se dotará de una torre, ligeramente retrasada en el conjunto, con un remate de hierro, también diseñado por Cobreros. Este templo se consagra en 1924. Es de planta rectangular, amplia, reformada a partir de 1957, en la parte del presbiterio, al añadirle un tramo cubierto con cuarto de naranja en esta nueva cabecera.  Se parte del estilo neogótico a la hora de plantear el templo, evocándose, de este modo, a la iglesia franciscana medieval de Lugo.

El santoral que se nos muestra en el presbiterio reúne las imágenes de la Inmaculada, titular, que procede de la antigua iglesia conventual franciscana y que había sido guardada por la Congregación de las Hijas de María; San Francisco, que según parece procede de la Orden Tercera - ¿puede ser el que se les cedió, de los franciscanos,  en el siglo XIX?- ; San Antonio y Santo Domingo de Guzmán, ambas reconocidas como obras hechas a finales del XIX.

Son, en este caso, particularmente reseñables las pinturas que, en lo alto,
nos introducen en la capilla mayor, en lo que fue su abovedamiento primero, antes de la citada  prolongación. Se trata de  cinco lienzos debidos al escenógrafo Arturo d´Almente -“tal vez el mejor de España como decorador”, según el cronista - , realizados hacia 1900,  que se adaptan a los compartimentos, por nervaduras,  de la bóveda. En ellos se nos muestran: el triunfo de Escoto o Apoteosis de la Inmaculada; la impresión de las llagas a San Francisco en el monte Alvernia; la escuela franciscana y la proclamación de la Inmaculada, realizada para conmemorar el cincuenta aniversario de su proclamación;   la visión de San Francisco en la Porciúncula; e  Inocencio III aprueba la Primera Orden de San Francisco.

La escuela franciscana y la proclamación de la Inmaculada, realizada para conmemorar el cincuenta aniversario de su proclamación es  el motivo que se concreta en la parte central del ciclo, entendiéndose como el principal. La figura de la Inmaculada se incluye en un nimbo luminoso circundado por cabezas angelicales,  al tiempo que, bajo su representación,  puede leerse TOTA PULCHRA ES ET MACULA NON EST IN TE, oración que se supone escrita en el siglo IV y que forma parte de las antífonas de las segundas vísperas de la festividad de la Inmaculada.

A sus pies están cuatro franciscanos. A su derecha Francisco, en pie y con la cruz en una mano y una cartela en la otra, en la que se dice: MISSA/in/ SABBATIS;  y San Buenaventura – sentado, con su indumentaria cardenalicia y un libro abierto en que se escribe ANGELU(S) / DOMINI, evocando el principio del primer versículo del rezo del Ángelus.

San Antonio de Padua está a la izquierda, en pie, con una azucena, como atributo alusivo a su castidad  y llevando, en la otra mano un libro abierto en el que puede leerse: PORTA/ CLAUSA/  B(EATA). V(IRGO). M (ARÍA), haciéndose mención a uno de los modos de denominarla, en relación con el culto a la Inmaculada. También en ese lado, sentado, se representa a Duns Scoto, en este caso escribiendo: POTUIT/ DECUIT/ ERG… De este modo, a través de tan significativas referencias franciscanas se otorga no solo honor a la Inmaculada sino también a una orden que tanto hizo por incentivar su culto,  considerándola su patrona.

A la derecha de la escena anterior se recoge  la impresión de las llagas a San Francisco en el monte Alvernia. Aquí el pintor genera una cierta inmediatez física entre el Crucificado y quien recibe los estigmas. Se minora, en este caso, la presencia del hermano León, que aparece de espaldas, con su cabeza baja, como si marchase meditabundo en tanto que, en los cielos , hay ángeles portando instrumentos de la Pasión.

Y completando el ciclo, en esta misma parte derecha, se nos muestra el triunfo de Escoto o Apoteosis de la Inmaculada, en donde  se contempla al fraile, como es habitual, en un carro llevado por leones que, a modo de alegoría, habla la Inmaculada Concepción, al portar el franciscano, en una de sus manos, una vez más, una  cartela con el POTUIT/ DECUIT/ ERGO/ FECIT, alusivo precisamente a la defensa que él  hace a tal reconocimiento en la persona de María.

Ya a la izquierda de la apoteósica escena central se dispone la visión de San Francisco en la Porciúncula, que  se relaciona con el denominado “Perdón de Asís”, indulgencia que Cristo y la Virgen conceden  al santo y que  reconoce el papa Honorio III. El pintor sigue, en este caso,  la forma del fresco  de un artista a vincular con el movimiento nazareno,  Johann Friedrich Overbeck (1789-1869), realizado en 1829, precisamente en el frente de la pequeña capilla de la Porciúncula.

Cierra este repertorio iconográfico, por esta parte izquierda,  el tema que muestra a Inocencio III aprobando  la Primera  Orden de San Francisco. 
Como es habitual el santo está arrodillado ante el papa. Unos ángeles otorgan un sentido sobrenatural a lo que está pasando; uno de ellos mantiene en lo alto una cartela, a modo de bandera,  en la que se dice OBEDIENTIA/ PAUPERTAS/ CASTITAS – obediencia, pobreza, castidad-, significando, de este modo, los votos asumidos. Las imágenes femeninas que lo rodean han de entenderse como figuras de santidad que testimonian los valores enumerados. A un lado puede ser Santa Margarita la representada, con una antorcha en la mano y un dragón a su lado. En la otra parte son tres las que pueden verse; quizás, Santa Clara, Santa Rosa de Viterbo y Santa Beatriz da Silva.

Hay dos altares laterales, dispuestos en la nave que tienen, con respecto a otros, una mayor presencia. Son obra realizada por 1902 siguiendo trazas de Fr. Espinosa; trabajando en ellos varios ebanistas de Lugo: Varela Lamela, Lugilde, Iglesias Gómez y López Romay . También participa aquí Fray Manuel Fernández, reconocido como   escultor autodidacta y  uno de los primeros franciscanos venidos, en esta nueva etapa,  a Lugo; había estado en Santiago,  en donde quedó, de él, importante obra en el convento franciscano.

El retablo  del lado del evangelio se dedica al Santo Cristo de la Salud,
que centra un Calvario,  con un fondo pintado ciertamente reseñable,  en tanto que a los lados se disponen San José y San Pascual Bailón. Bajo el altar puede verse, en tanto, un Cristo Yacente. Enfrente, en el lado de la epístola es donde se ubica otro retablo, similar al anterior, también con formas neogóticas, que preside el Sagrado Corazón de Jesús, teniendo a sus lados, en este caso, a la Virgen del Carmen y a Santa Lucía. Aquí,  bajo el altar, se nos muestra al Niño Jesús en la cuna, obra que debe ser la  que  vino de Tierra Santa como regalo del P. José Novoa.  

Ya hacia los pies del templo pueden verse otros tres  retablos neogóticos, con espacio para  una sola devoción.  El lado del evangelio, se dedica a la Virgen de los Dolores: Y en el de la epístola hay  uno, con culto a  San Antonio;  y otro,  a San Nicolás de Barí.  También cuenta el coro alto con un buen órgano (1903-1908)  ante el que puede verse una figura de David tañendo el arpa, debida a Fr. Manuel Fernández… y, asimismo, son reseñables las vidrieras; una de ellas, la del lado de la epístola, hacia la cabecera, con una bella representación de San Francisco

En este contexto franciscano iban a tener a espacio diferentes asociaciones religiosas: la Pía Unión, fundada en 1894; la Juventud Antoniana, fundada en 1909; la ya citada cofradía del Desenclavo y de la Virgen en sus mayores Dolores al lado de la cruz…  Este convento es también un espacio de estudio, con una importante historia colegial ya.

EL MUSEO PROVINCIAL DE LUGO
Llama la atención los importantes fondos que se muestran aquí,  a relacionar con el franciscanismo. Recorriendo sus salas nos encontramos con representaciones  a datar en el siglo XVII; es el caso de un San Diego de Alcalá; otras, en el XVIII: San Francisco de Asís, en dos variables, en una de ellas portando la cesta con peces; San Buenaventura, San Antonio de Padua: También puede verse otro San Antonio del siglo XIX, en piedra;  y, ya en pintura,  a San Bernardino de Siena,  interpretado por  Jesús Rodríguez Corredoira (1887-1939), manifestando su admiración por el Greco. También se guarda aquí el San Francisco de Asorey, pieza antológica de las primeras décadas del siglo XX.

Es posible que otras obras que se pueden ver aquí provengan de contextos franciscanos; es el caso de una Inmaculada, del siglo XVII; y de un Ecce Homo y una Virgen del Carmen, del XVIII.

BIBLIOGRAFÍA

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http://www.colexioppfranciscanoslugo.org/

 

http://www.museolugo.org/mp_presentacion.asp?mat=6

 

Catedral

Horario de misas: 8.00, 8.30, 9.00, 9.30, 10.15, 11.00, 11.30, 12.00, 12.30, 13.00 y 20.00. Domingos y festivos: 8.00, 9.00; 10.00; 11.00; 12.00, 13.00; 19.00 y 20.00.

 

Parroquia de San Pedro (antigua iglesia de San Francisco)

Horario de misas: 9.00, 10.00, 19.00 y 20.00 horas. Domingos y festivos: 9.30, 10.30, 11.30, 12.30, 18.00 y 20.00 (solo en invierno)

 

Iglesia del convento de la Purísima Concepción, de los Padres Franciscanos

Horario de misas: 9.00 y 19.30 horas. Domingos y festivos: 11.30, 12.30 y 19.30 horas

 

Museo Provincial de Lugo

Horario: De lunes a viernes: de 9.00 a 21.00 horas. Sábados: de 10.30 a 14.00 horas y de 16.30 a 20 horas. Domingos y festivos: de 11 a 14.00 horas.