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Avión de combate FCAS

Los socios del futuro caza europeo se dan más tiempo para tratar de llegar a un acuerdo que salve el proyecto

Las empresas implicadas en el plan del FCAS estudian citarse en una nueva reunión la próxima semana

De izquierda a derecha, Margarita Robles, Boris Pistorius y Catherine Vautrin, titulares de Defensa de España, Alemania y Francia, al comienzo de la reunión de este juevbes en Berlín

De izquierda a derecha, Margarita Robles, Boris Pistorius y Catherine Vautrin, titulares de Defensa de España, Alemania y Francia, al comienzo de la reunión de este juevbes en Berlín / M Defensa

Juan José Fernández

Juan José Fernández

Madrid

Hubo algo en lo que sí se han puesto de acuerdo este jueves las tres partes reunidas en Berlín para afrontar los desacuerdos del proyecto de caza europeo de sexta generación, o FCAS (Future Combat Air System): mantener silencio tras la cita para no mover el delicado equilibrio de las conversaciones. Y esas conversaciones van a continuar, según confirman fuentes implicadas en el proceso. Después de escuchar las impresiones de los ministros Boris Pistorius, Margarita Robles y Catherin Vautrin, las empresas implicadas, Airbus, Indra y Dassault, se reúnen ahora internamente para tomar decisiones.

No serán las finales. La mayoría de fuentes consultadas señalan a la próxima semana esperando una nueva reunión. Aún se ha de decidir si el encuentro político e industrial, como el del jueves, o solo empresarial. Los políticos, señala una de estas fuentes, sí estuvieron de acuerdo este jueves en que la Unión Europea no puede dar al mundo una impresión de debilidad tan acusada como la que terminaría transmitiendo si se derrumba por falta de acuerdo el principal proyecto para dotarse de un avión de combate propio y de última generación.

Así de relevante es la encrucijada en que se encuentra el FCAS. No son solo los 30.000 millones de euros que podría mover en sus primeras fases, hasta un total de 100.000 millones implicados en el plan. No es solo si el reparto de trabajo, costes y ganancias, se hace por igual, que es lo que rechaza la parte francesa. Es también que Europa no puede perder, ante los ojos de Xi Jinping, Donald Trump, Vladimir Putin y el resto del mundo, otro tren de la innovación en la industria de defensa.

"Vamos a seguir trabajando, y mantenemos nuestra postura de que el FCAS debe continuar adelante", comenta un ejecutivo del Ministerio de Defensa sin dar más detalles de la reunión. La opinión española es a favor de que el proyecto tenga un solo caza en el centro; no está a favor de que el plan se quede solo en la edificación de la nube de combate que integra a todas las plataformas, drones, satélites y demás aeronaves que intervienen en el sistema, y cada país tenga que fabricarse su propio avión.

Dos líderes frente a frente

En la pelea interna del FCAS hay una dimensión política, la que encarnan las ministras Robles y Vautrin y el ministro Pistorius. Y hay también una dimensión industrial, en la que el encono no es a tres bandas, sino a dos, y lo encarnan dos figuras, una mujer y un hombre.

Por un lado, la presidenta de IG Metall. Se llama Christiane Benner y gobierna el mayor y más poderoso sindicato de Europa. IG Metall reúne a los trabajadores de la inquieta industria metalúrgica y eléctrica de Alemania, que se asoma a un calendario de crisis por la competencia desleal que se practica fuera de la UE. Son 2,1 millones de afiliados, una masa con influencia en la izquierda alemana.

Eric Trappier, director general de Dassault Aviation, visita la nueva planta de la compañía en Clregy (Francia) en septiembre pasado.

Eric Trappier, director general de Dassault Aviation, visita la nueva planta de la compañía en Clregy (Francia) en septiembre pasado. / FOTO DASSAULT A

A lo largo de los distintos episodios de la crisis del proyecto FCAS, IG Metall ha dejado caer que empezaba a concebir el futuro del plan sin Francia, o lo que es lo mismo, que los trabajadores alemanes no iban a aceptar que Francia acumule la fabricación del avión, o un 80% de esta, pasando por encima de las peticiones alemanas de un reparto 60-40. En esa masa crítica alemana ha anidado ya la preferencia de que, si Francia se empeña, cada país -o sea, cada industria local y sus empleados- se fabriquen sus propios aviones, y luego los tres compartan una nube de combate versátil, esta sí desarrollada en consorcio.

Frente a la influyente sindicalista, un empresario; frente a la alemana, un francés. Se llama Eric Trappier. Como director general de Dassault, es uno de los ejecutivos más importantes de la industria de defensa europea. En junio pasado culminó una inversión de 100 millones de euros con la que Dassault Aviation ha inaugurado la primera nueva planta que construye en los últimos 50 años. Lo ha hecho en Cergy, al norte de París. El destino de la planta es aumentar la capacidad del grupo de fabricar más cazas Rafale made in France.

Trappier no tiene millones de afiliados, como los que forman la masa con que Benner puede influir en el canciller Merz, pero sí tiene millones de lectores con los que presionar al presidente Macron. Se sienta junto a Thyerry Dassault, de la familia propietaria, en el consejo de Dassault Médias, un conglomerado que posee el influyente diario Le Figaro, leído siempre con inquietud en el Elíseo.

Esta no es solo una discusión entre políticos, también lo es entre una adinerada famiia de magnates y un enorme sindicato. Un general español del aire sigue con flema la evolución del pulso cuando este diario le pregunta por el encono en el seno del FCAS: "Caza europeo de sexta generación habrá, eso seguro, simplemente porque Europa no puede permitirse no tenerlo".

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