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EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

Un gallego en una Groenlandia en plena tensión con EEUU: «Está en juego el futuro»

Rutas marítimas, deshielo y peso geopolítico hacen de Groenlandia pieza clave frente a Rusia

El investigador Efrén López Blanco

El investigador Efrén López Blanco / Cedida

Elena ocampo

Vigo

Groenlandia no es una idea: es un lugar que se pisa, que se mide y que te cambia el cuerpo. Justo cuando la isla vuelve a aparecer en las conversaciones de Washington como si fuese una ficha de tablero, después de la intervención de Trump en Venezuela, el investigador Efrén López Blanco (Vigo), habla desde el Centro de Investigación Ártica de la Universidad de Aarhus y vinculado al Greenland Institute of Natural Resources. «Es un lugar distinto que deja marca; llevo visitándolo más de 10 años y aún me sorprende», asegura sobre la gran isla helada. El gallego trabaja en un laboratorio natural que obliga a reajustar, temporada a temporada, lo que creíamos saber del Ártico. Su especialidad suena técnica, pero va al centro del debate climático: cuantifica el intercambio de carbono terrestre —cuánto retiene y cuánto emite el paisaje— en una región que se recalienta más rápido que la media global.

Ahora, su mirada mezcla deslumbramiento y alarma. Habla de «naturaleza bruta» y de sentirse allí «en casa», no como postal, sino como una forma de vivir a merced de la luz, el hielo y la logística. «Es un entorno muy poco antropizado, y la luz y los colores son hipnóticos: amaneceres rosados, contrastes azul-blanco durante el día, atardeceres rojos intensos y, a veces, auroras verdes que parecen irreales». Y subraya lo que desde fuera se suele simplificar: «Eso no es solo ‘bonito’: te cambia el ritmo y la forma de estar allí».

Esa distancia entre el relato externo y el terreno se nota en el invierno. Algo en desacuerdo con el cliché del frío extremo del Ártico, destaca que no todo es dureza: «la gente es sencilla» y práctica. El ejemplo se resume en su amigo Aqqaluk que, entre risas, asegura: «siempre hace buen tiempo en Nuuk», mientras hace una barbacoa aunque sea febrero a –10 °C. Y con el cambio climático se vuelve rotundo: ya es presente medible, para López Blanco. «Aumento de temperaturas», más precipitación, veranos más largos, pérdida de hielo marino y degradación del permafrost.

En medio de ese escenario, la geopolítica añade una segunda capa de fragilidad. El regreso del debate sobre una eventual «adquisición» de Groenlandia por parte de Estados Unidos —y el rechazo explícito en Europa a cualquier presión o uso de la fuerza— devuelve a la isla al foco internacional. Para López Blanco, el riesgo de justificar una expansión por «seguridad» o «recursos» en una región tan sensible es doble. Primero, porque se minusvalora la vulnerabilidad del sistema y se aceleran impactos difíciles de revertir: «El Ártico amplifica cambios: alteraciones en hielo, permafrost y ciclos de carbono pueden desencadenar efectos en cascada a nivel global». Y segundo —menos visible, pero crítico— porque se rompe la cooperación internacional que permite observar, medir y entender lo que está ocurriendo.

Cita precedentes recientes: la guerra en Ucrania ya deterioró la ciencia transnacional en el dominio ártico, obligó a proyectos a «pivotar» y redujo el acceso a datos en zonas clave de Siberia, precisamente donde se acumulan grandes reservas de carbono en suelos y bosques.

"En un territorio relativamente pequeño concentra ventajas geoestratégicas y económicas que muchos desearían"

La encrucijada política

Desde ahí dispara su frase más cargada de sentido político y científico, y la que atraviesa toda su visión de la isla: «La actual presión geopolítica en Groenlandia no hace más que incrementar esta incertidumbre y deteriorar potencialmente aún más nuestro entendimiento de ecosistemas tan sensibles como es el Ártico, así como del multilateralismo internacional». No se trata solo de quién manda: se trata de si el mundo podrá seguir midiendo con rigor qué está pasando en uno de los reguladores del clima del planeta.

López Blanco describe, además, una Groenlandia «en una encrucijada» interna: una amplia mayoría favorable a la independencia que choca con una cuestión material —cómo sostener la economía sin el apoyo danés— y con un abanico de salidas que no es neutro: pesquerías, minería, turismo. Su diagnóstico final combina realismo y desasosiego: «Groenlandia es una tierra rica en un sentido literal y también intangible. No es difícil entender el interés que suscita: en un territorio relativamente pequeño concentra ventajas geoestratégicas y económicas que muchos desearían». En su última visita a Nuuk, una conversación vecinal en Qinngorput le dejó una imagen pegada a la memoria: vecinos imaginando una Groenlandia independiente dentro de la UE y, al mismo tiempo, una pancarta de protesta contra las pretensiones anexionistas estadounidenses: Make America Go Away, con la bandera groenlandesa de fondo.

Cierra donde empezó: la ciencia como termómetro de estabilidad. «Con la posible amenaza americana —y de otras superpotencias—, lo que está también en juego es el futuro de la investigación científica y sus implicaciones globales». Si se pierde la estabilidad para investigar y cooperar, advierte, perdemos la capacidad de entender cómo cambia «el sistema terrestre en su conjunto». Y en un Ártico que ya se mueve «por encima de las predicciones», esa ceguera no sería local: sería mundial.

El caso de los renos le sirve para explicar el efecto dominó de esos desajustes. «El inicio del crecimiento de las plantas se adelanta cada vez más. Cuando nacen las crías, el pico nutricional de la vegetación ya ha pasado». Resultado: se rompe la sincronía entre la máxima demanda energética y la disponibilidad de alimento de calidad, aumenta la mortalidad infantil y crece el riesgo de colapso poblacional. Eso, solo en lo respecta a los renos. Esa ruptura ecológica, recuerda, no se queda en la fauna: golpea a la población local. Aunque la caza ya no sea el único sostén, sigue siendo «un pilar insustituible»: cultura y nutrición.

Nuuk, capital de Groenlandia.

Nuuk, capital de Groenlandia. / Europa Press

Un cronista en Dinamarca: «EEUU busca control del Ártico»

«Evidentemente aquí no se habla de otra cosa». Con esa frase, Anxo Lamela —periodista gallego que trabaja para la Agencia EFE en Copenhague desde 2003— resume cómo la tensión sobre Groenlandia ha colonizado la agenda danesa. «Está en los medios todo el tiempo: informativos, blogs en directo», insiste. Lo llamativo, cuenta, es que el asunto ya no se queda en los círculos políticos: se ha colado en la conversación cotidiana. «Al llevar a entrenar a mi hijo mayor, está todo el mundo hablando de eso», reconoce.

Lamela no describe un clima de miedo, pero sí de desconcierto. Dinamarca, poco habituada a vivir bajo los focos, se enfrenta a una paradoja: la presión llega desde el país al que considera su aliado. «Asustada, no. Yo diría más bien desconcertada». Ese desconcierto convive con una idea que empieza a oírse con más frecuencia: «hay comentaristas que ven como posible algo que antes era completamente impensable», en relación a una agresión de EE. UU.

En su lectura, Washington busca un efecto inmediato: «meter cizaña» entre Copenhague y Nuuk, agrandar diferencias y abrir una fisura política. El objetivo de fondo sería estratégico: Estados Unidos quiere reforzar el «control estratégico del Ártico», por la ruta marítima que abre el deshielo ligado al cambio climático y por el peso geopolítico creciente de una región donde Rusia mantiene una presencia territorial enorme.

El episodio, recuerda Lamela, tiene aire de déjà vu. «Cuando surgió todo esto ya fue en la primera presidencia, que habló por primera vez de Groenlandia», dice sobre Donald Trump. Aquella crisis diplomática quedó simbolizada por la cancelación de una visita tras la negativa danesa a «vender la isla». Y había —y hay— un límite básico: legalmente es imposible. Dinamarca no puede vender un territorio autónomo. Solo podría plantearse algo así si Groenlandia fuese un Estado independiente. Y, para llegar ahí, harían falta una negociación entre Copenhague y Nuuk y un referendum.

La diferencia, sostiene, es la atmósfera. No cree que una escalada sea inevitable, pero sí que el debate se ha desplazado: lo que antes se descartaba como imposible ahora se menciona como escenario, aunque remoto, aunque sea a media voz. El pulso se juega en la señal política y la presión pública. La diplomacia sigue siendo la primera opción, pero el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, dialogaron ya el viernes sobre la seguridad en el Ártico y su relevancia para la Alianza. La interpretación de Lamela es directa: los EE. UU. buscan provocar una fisura y «meter cizaña».

La clave es que Groenlandia ya venía hablando de independencia desde hace años, con o sin Trump. «Los groenlandeses quieren ser independientes, eso está claro», afirma. «Se habla de un 70%–75% de la población, pero la diferencia es el “cómo” y el “cuándo”». Ahí aparece el margen para la maniobra: fuerzas políticas que quieren acelerar el proceso y reducir la intermediación danesa. Washington, cree, y que podrían intentar «traer para su lado» a quienes proclaman «independencia ahora» y buscan una relación directa con Estados Unidos.

Pero incluso con voluntad política, la independencia choca con límites estructurales. «Cualquiera que vaya a Groenlandia se da cuenta de que es prácticamente imposible que ese país sea independiente», sostiene. El argumento central es la capacidad: «no tiene gente». Son 57.000 personas en un territorio inmenso y dependen de Dinamarca para servicios básicos; «tienen que traer personal sanitario» del país...

Durante años, el sueño independentista se apoyó en dos promesas: hidrocarburos y minerales. Lamela lo aterriza con la experiencia sobre el terreno: «la realidad fue otra». Muchas compañías devolvieron las licencias: o no encontraron lo que esperaban o era demasiado caro. Y el clima no da tregua: «el Ártico es durísimo». También para la extracción.

Con las tierras raras, rebaja el mito: «primero, no son tan raras y, segundo, Groenlandia no tiene infraestructuras». Con un 80% del territorio siempre cubierto de hielo, la explotación se convierte en un desafío logístico, técnico y financiero. «Sí, hay minerales, pero hay que extraerlos y procesarlos… sin cadena industrial, es inviable pensar que Groenlandia se sostenga con eso».

El gallego recuerda, además, una comisión de expertos creada por Groenlandia y Dinamarca para evaluar si una hipotética independencia podría sostenerse en esos recursos. La conclusión, resume, fue: «Ni de broma».

Entonces, ¿qué busca Estados Unidos? «Control estratégico del Ártico», responde Lamela, con el deshielo como acelerador y el tablero geopolítico como telón de fondo. No se trata exactamente de «control militar» —Washington ya tiene acuerdos con Dinamarca—, sino de tener la palanca geopolítica «más en la mano».

En ese cruce de gestos y presión estratégica aflora una verdad incómoda: la independencia es un deseo extendido, pero el camino —por economía, demografía e infraestructuras— sigue cuesta arriba. El primer Estatuto de autonomía de 1979 reconoció la condición especial de Groenlandia dentro del reino e inició la transferencia de competencias. El Estatuto aprobado en 2009 resalta en su articulado que «el pueblo groenlandés» tiene derecho de autodeterminación según el derecho internacional, el artículo 21 fija el procedimiento hacia la independencia.

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