Opinión
José Miguel Giráldez
¡A por Cervantes!
NO puede ser cosa de la estupidez. Tiene que ser cosa de la incultura. Porque si es cosa de la estupidez... mejor no pensarlo. La ola revisionista está en marcha, en este tiempo líquido, o quizás gaseoso, que nos está tocando vivir. Es verdad que se nos va entre los dedos todo lo que era sólido, y es verdad también que quizás algunas cosas que parecían sólidas nunca debieron serlo tanto, aunque lo parecieran. Pero vivimos tiempos exagerados, o descomunales, como diría don Quijote. Descomunales sí, por la puerilidad y la presumible indigencia cultural. Después de haber luchado tanto por el conocimiento, nos encontramos de pronto con la gran batalla de las estatuas. Esta atmósfera proclive a la simplicidad y al maniqueísmo produce, por supuesto, soluciones simples y maniqueas, como el intento de retirada de algunas obras artísticas. Los matices no existen. La perspectiva no existe. El contexto no existe.
El comienzo del siglo XXI quizás pase a la historia como el de las estatuas descabalgadas. Dicen que su origen está en las revueltas contra el racismo, particularmente en Estados Unidos. Pero no lo creo. Porque luchar contra el racismo es algo muy digno, algo que no puede discutirse ni por un segundo. Se trata de una lucha absolutamente necesaria en una sociedad democrática y libre. Evidentemente. Esto que vemos en los informativos es algo muy distinto. Sin duda, es algo que se identifica con esta forma de mirar el mundo con muy escasa reflexión, con muy poco sentido de la complejidad. Es uno de los grandes males del momento que nos está llevando a una sociedad dogmática. Todo se lleva a cabo a velocidad de vértigo, el pensamiento profundo ya no existe, la contextualización de la historia no parece importar. Este tipo de revisionismo es en verdad pueril, estoy de acuerdo con el Ministro de Cultura, y sobre todo es enormemente peligroso. La ausencia de matices explica muchas de las cosas que estamos viendo cada día. La simplificación nos destruirá. Porque la simplificación es uno de los ingredientes fundamentales de la incultura y suele dar la razón a la barbarie.
Dicho esto, no tengo especial interés en estatuas ni en pedestales. Pero muchas son merecidas: ¿acaso no merece Cervantes una estatua? ¿No la merece Sancho e incluso Rocinante? ¿Qué clase de civilización es esta que todo lo confunde y todo lo mezcla, que todo lo reduce a una simplificación torpe y estúpida? Ayer, la estatua del autor del Quijote fue mancillada en San Francisco con la palabra ‘bastardo’. Y también fue derribado Junípero Serra, el franciscano mallorquín.
Como ya dijimos aquí, con motivo de esa revisión reciente de ‘Lo que el viento se llevó’, es claro que el presente no acepta cosas del pasado. Faltaría más: por supuesto que no. Pero eso no quiere decir que esas cosas deban borrarse o censurarse. Tampoco se debe insultar a Cervantes: ¿en nombre de qué? ¿En nombre de qué descomunal desconocimiento? ¿En nombre de qué descomunal ignorancia se reescribe la cultura y se reescribe la historia? Un día contemplaremos esto con incredulidad. No creeremos que fue posible. Pero ahí está. En nuestras pantallas. Triste siglo este, que se aplica con gesto feroz al escrutinio de los libros y que propicia la vuelta a las hogueras. Nada como la ignorancia para autodestruirnos.
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