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Opinión

José Antonio Pena Beiroa

Sectores productivos

HUBO una época donde Galicia contaba con una potente industria naval con empresas como Astano, Ascón, Bazán, Barreras o Vulcano. En la que contábamos con una eléctrica propia, Fenosa. Con varias industrias lácteas como Larsa, Celta, Leyma, Feiraco o Lence. Con un potente sector financiero conformado por bancos, como el Pastor, Simeón, Gallego o Galicia y cajas como Caixa Galicia, Caixanova, Caixa Ourense o Caixa Pontevedra. Había empresas pesqueras que hasta cotizaban en bolsa, como Pescanova, Sapyg o Pebsa. También un sector primario con aserraderos por todo el país en el que los eucaliptos casi eran una especie exótica; pesqueros que capturaban en los cinco continentes y, si bien de pequeño tamaño, decenas de miles de granjas repartidas por casi toda la geografía gallega.

Superábamos los 2,8 millones de habitantes. En el rural los colegios estaban llenos. Solo había autopista de A Coruña a Santiago y de Pontevedra a Marín. Una sola universidad. Celta y Deportivo en segunda división. Casi ningún paseo marítimo. Bertamiráns era de población similar a Roxos y en Cacheiras o Barreiros los edificios más altos era sus iglesias.

Algo se torció en la década de los 80. Primero la reconversión industrial impulsada por Solchaga casi elimina los astilleros. Más tarde una cuestionable negociación de la entrada en la CEE reduce drásticamente las posibilidades de la flota pesquera e implica la desaparición de alguna de sus principales empresas, por no decir de sus nocivos efectos sobre el sector lácteo. Nuevamente Solchaga, cuando pervierte el tradicional modelo de negocio de las cajas de ahorros, vuelve a perjudicar, con efectos diferidos, nuestro sector financiero.

Próximos a cumplirse los cuarenta años de nuestro primer Gobierno autónomo, habría que preguntarse porqué no ha servido no solo para el impulso de nuestros principales sectores productivos, sino tampoco para al menos mantenerlos. Así es que una crisis financiera iniciada en Estados Unidos tuvo un efecto devastador sobre nuestro sistema financiero, volcado en un crecimiento centrado en el sector inmobiliario. O que un virus de origen chino, no solo haya paralizado, sino casi hundido, el sector turístico.

En los últimos cuarenta años no se supieron aprovechar las ventajas que ofrecía la autonomía y el resultado es una economía con gran dependencia de los sectores de los servicios, la construcción y el turismo, precisamente los protagonistas de las dos grandes recesiones. Las causas son varias, pero la fundamental es la falta de una política económica propia y el uso insuficiente de las competencias, que parecen quemar a algunos. Menos mal que el éxito de Amancio Ortega palió la situación.

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