Opinión
José Antonio Pena Beiroa
Cobrar por el préstamo
EN la Biblia, Evangelio de San Mateo, leemos la Parábola de los talentos. El talento era la unidad monetaria de mayor valor en la época. Una de las lecciones de esta parábola es la de que no es inmoral obtener ganancias de nuestros recursos, astucia y trabajo. La alternativa a la ganancia es la pérdida, y la pérdida de riqueza, especialmente cuando se debe a una falta de iniciativa, no constituye un buen comportamiento. La lectura práctica nos dice que ya existían banqueros que abonaban intereses por los depósitos y que los capitalistas de la época acudían a ellos para optimizar sus excedentes de liquidez.
Fue necesario que transcurrieran dos milenios para que esa premisa se incumpliese, al contrario que otras teorías de vigencia más breve. Es el caso del modelo o curva de Phillips, que explicaba que los periodos de alta inflación se relacionaban con periodos de bajo desempleo y viceversa, y se incumplió al anotarse períodos de estanflación, donde concurren alta inflación y alto desempleo.
O alguna de las principales contribuciones teóricas de Milton Friedman, pues tras la crisis de 2008 el gasto gubernamental no creó inflación, pese a ser financiado con la creación de dinero. E incluso las de Robert Solow, que recomendaba retirar con rapidez el exceso de liquidez generado para evitar tensiones. Ninguno acertó.
Lo que nadie esperaba era que la banca pudiese pagar por prestar. Así es que la presidenta de Bankinter, Dolores Dancausa, viendo que el euríbor BOE de septiembre pasado cerraba al -0,415 %, lo que anulaba el diferencial pactado sobre ese índice en numerosos préstamos, dijo que no tiene pies ni cabeza que “una persona que pide una hipoteca a una entidad, además reciba un interés”. Sin embargo le contradice la EBA (Autoridad Bancaria Europea), que sí cree que la banca deba pagar a los clientes en los casos en los que su hipoteca tenga tipos de interés negativos.
Fue en 2003 cuando el Banco de España, respecto de los modelos de rentabilidad ajustada al riesgo aplicados por la banca, concluía que en el cálculo del capital necesario se debía tener en cuenta el riesgo de crédito, aunque su utilización para el cálculo de precios no fuese completamente vinculante. Se debía aplicar un mayor interés a aquellas operaciones con mayor riesgo.
Lo que la guerra de las hipotecas provocó fue la reducción de los diferenciales sobre el euríbor a niveles tales que no solo no ajustaban la rentabilidad al riesgo, sino que no impedían que pudiera darse el absurdo de que un préstamo liquidase contra el banco.
Pero, en una evidente asimetría del tipo de las investigadas por George A. Akerlof, el mismo sector financiero que considera descabellado pagar por el préstamo, ya está cobrando a algunos depositantes por sus ahorros. Sean coherentes y que no se liquiden ni intereses contra los depositantes, ni a favor de los prestatarios.
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