Opinión
Beatriz Castro
Investigar en España es llorar
ESCRIBIR en Madrid es llorar, sentenció hace dos siglos Mariano José de Larra, que a buen seguro en la actualidad hubiese extendido su lamento a toda España. Y si el reconocido cronista hubiese sido científico, también afirmaría sin dudar que investigar en España no solo es llorar, sino que es un continuo sollozo con la maleta a cuestas, porque casi todos los profesionales que desean dedicarse a ese quehacer no tienen más remedio que buscarse los garbanzos fuera de su país. Aquí se han formado en universidades por lo general excelentes, pero su talento es aprovechado por naciones que no han tenido que invertir ni un solo euro en su aprendizaje y adiestramiento. ¿Conclusión? Que aquí no somos más tontos porque no ensayamos. Pese a todo, de vez en cuando los medios de comunicación podemos permitirnos el gustazo de informar no sobre investigadores y técnicos de primera línea que desarrollan su labor en el extranjero, como es habitual, porque en nuestro país solo podían aspirar a sueldos de miseria, sino sobre emprendedores que han conseguido triunfar en su tierra. Es el caso de quienes conforman la empresa Mestrelab, una biotecnológica fundada en Santiago hace quince años y cuyas fórmulas son ahora utilizadas por los principales laboratorios farmacéuticos de todo el mundo en labores tales como, por ejemplo, alcanzar la excelencia en el desarrollo de las vacunas contra el COVID. Mestrelab, por cierto, no nació a raíz de una inversión multimillonaria desembolsada por organismos públicos o privados. Lo hizo en un apartamento del barrio compostelano de Santa Marta en el que tres cerebritos ligados a la USC instalaron un par de ordenadores... y hoy da empleo a unos cincuenta investigadores que, por fortuna, no se han visto obligados a emigrar. Todo un hito que debemos celebrar.
BEATRIZ CASTRO/Periodista
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