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Opinión

José Antonio Pena Beiroa

Aumento de precios y crecimiento

EL 6 de octubre de 1973 los egipcios y los sirios iniciaron una guerra contra una Israel que celebraba el Yom Kippur. El 24 de octubre se firmaba el alto el fuego. Casi cincuenta años después Rusia invade Ucrania en una acción armada que ya excede la duración de la anterior. La historia se repite, como tragedia.

En los 70 los precios se desbocaron al alza. Tras la guerra hubo una severa crisis del petróleo, agravada en USA con el elevado gasto público para financiar su guerra con Vietnam. Pero a la Reserva Federal solo le preocupaba el pleno empleo y su inacción provocó que la inflación se desbocarse y, como consecuencia, que el empleo cayese. Finamente solo fuertes subidas de los tipos de interés y las restricciones en la política monetaria pudieron contenerla, pero a costa de penalizar el crecimiento y de aumentar el desempleo

Actualmente sufrimos unos niveles de inflación, básicamente por costes, de los que tenemos que remontarnos a 1984 para encontrar tasas similares. La tétrica combinación de guerra y crisis de la energía adivinan un futuro oscuro si se demora la adopción de medidas correctoras.

La lucha contra el aumento de precios implica dañar el empleo y el crecimiento, si se reacciona a destiempo. Estamos pagando las consecuencias del creciente proceso de concentración de sectores como la energía, banca, comunicaciones y construcción que han disminuido la competencia, perjudicando la fijación libre de precios.

Otro efecto indeseable del aumento de los precios deriva de la inadaptación de los tipos impositivos al entorno inflacionario, penalizando las rentas al pagar más impuestos, mientras que su poder adquisitivo real se mantiene o, lo más probable, se reduce. Debemos remontarnos a 2008 para encontrar la última deflactación de la tarifa del IRPF, pero desde esa fecha los precios crecieron el 21,9%. También que el aumento de los precios implica una mayor recaudación de IVA, el impuesto nada progresivo por excelencia.

Quizás ya se está tardando en exceso el deflactar la tarifa de todos los impuestos, básicamente el IRPF, para que los consumidores puedan disponer de mayor poder adquisitivo y, ¿porqué no?, reducir los impuestos al consumo corrigiendo el injusto IVA a la baja. El incremento de la recaudación por el efecto de la inflación lo permite.

Pero quizás no sea suficiente. No debería sorprendernos que el Banco Central Europeo inicie una subida de los tipos de interés y reduzca la compra de deuda, como la Reserva Federal en su momento. Y con la elevadísima deuda pública el efecto será penalizador para el crecimiento y el empleo durante años. Agarrémonos que vienen curvas.

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