Opinión
José Miguel Giráldez
Con José Ovejero: aquellos días
DE vez en cuando me encuentro con Ovejero. No muchas veces, algunas. Es un autor muy prolífico, en muchos campos, está en el debate, en la cosa. Sale en los papeles hablando del mundo y luego sí, está la ficción, o la autoficción. Ovejero es bastante inclasificable, literariamente, digo, porque su ficción se mezcla de pronto con líneas que podrían pertenecer a un ensayo, igual que su realidad puede ser muy real, crudamente real, y de pronto puede ser muy imaginativa y fantasiosa. Toda la prosa de Ovejero, yo diría, va dejando mensajes, frases, avisos, pensamientos, algunos como hachazos. Y también esa ternura que rezuma incluso lo más cruel y lo más duro de la memoria.
Esta vez hablamos telefónicamente. Vino a lo de Javier Pintor, ya saben, con su último libro, Mientras estamos muertos. Es una de esas joyas de Páginas de Espuma. En la portada hay un niño serio, un niño indescifrable, que lleva un pájaro muerto en la mano. El narrador, Ovejero, por ejemplo, narra aquellos días lejanos en los que nos enseñaron a disparar a los pájaros. Y no sólo. Aquellos días polvorientos. Hay una salvaje animalidad en este relato, no sé bien si es una novela o un conjunto de historias. Todas entrelazadas, todas atadas con un hilo imposible de romper, el hilo de historia, la nuestra, la del país, la historia social. Le digo: ¿son relatos? No lo sabe del todo Ovejero: “una novela, puede ser también”.
José Ovejero tiene una prosa directa, casi a flor de piel, a veces con flor de cuchillo, tiene un perfume ético, pero al indagar en los pabellones de la memoria puede aparecer aquella brutalidad. Disparábamos a latas, por probar la puntería. Puede que, algunos, a perros indefensos. La muerte es la muerte que te ronda en brazos de la dictadura, ese olor acre de las cosas, algo sucio que flota en el ambiente. Es la muerte que supura la infelicidad, la pobreza también. Aquí vemos una familia de clase obrera en el tardofranquismo. Podría ser la mía, le digo. La de tantos. Toda esa realidad polvorienta, esa forma de subsistir, entre los alambres oxidados del tiempo.
Las historias nos sustentan. Hablan de nosotros, aunque estemos muertos. Leo: “la infelicidad es la causante del progreso, las civilizaciones se construyen gracias a personas infelices. ¿Me seguís? Y nosotros a lo mejor estamos muertos y no nos hemos enterado. Por eso pasamos los días contándonos las mismas historias. Por eso no queremos ir a ningún sitio. Estamos juntos y eso es todo. Sin movernos. Sin avanzar”.
Ese tiempo congelado. Gélido. Aquel barro, aquella pobreza. Y los días frágiles. Pero el deseo de escapar siempre estaba allí. Ovejero cuenta la vida difícil, la textura familiar, lo triste y lo salvaje, porque “todo lo que sucede a nuestro alrededor, nos sucede a nosotros”. Dice. La Historia se pega a ti, te deja su olor en la piel. “Ya sé que seguir cultivando mi rencor es absurdo, porque el joven que fui miraría con desprecio al adulto acomodado que soy, he recorrido una larga distancia, (...) pero ya está, estoy poniendo punto final a mi ascensión social, no seguiré subiendo, he llegado adonde he llegado. (...) Ya no subo. Ya no gano altura. (...) Ahora floto, cabrones”. Dice Ovejero.
Este es un hermosísimo libro sobre los silencios. Sobre la familia. Sobre la muerte del padre. Sobre la violencia. Sobre la injusticia infinita. Sobre el amor. Todo lo que sucede nos hace mejores y peores. Todo lo que sucede nos hace.
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