DESAYUNÉ con la actriz Elvira Mínguez, que acababa de llegar a Santiago en tren. Habíamos quedado a muy temprana hora para hablar de La sombra de la tierra, la novela que acaba de publicar en Espasa, pero, en realidad, la conversación fue sobre las cosas de la vida. La banda sonora de la cafetería insistía en romper la fragilidad de la mañana, se empeñaba en lanzarnos a un día energético y vigorizante, así que tuvimos que conciliar la charla, la íntima conversación, con esa insistencia machacona de los ritmos sabrosones.

Elvira ha construido decenas de personajes para la pantalla y eso, al leerla, se nota. También al escucharla. Por más que haya trabajado a las órdenes de grandes como Malkovich o Soderbergh, por más que haya encarnado personajes como Flora en La trilogía del Baztán, junto a Marta Etura, Elvira se aparece ante uno con una rotundidad doméstica, con mucha verdad y cercanía. Tiene ideas muy claras, ha trabajado un papel sobre todos: el de la libertad.

“Yo me siento fundamentalmente libre, es lo que quise ser siempre, cuando me fui de casa muy joven para trabajar en Madrid. He pagado mis peajes, sin duda. Pero no es tanto cuestión de ser feminista, que claro, sino de ser libre. Todos venimos de una educación machista, no nos engañemos. Los hombres, las mujeres. Pero la gran tarea es la de la libertad, la de la equidad, la del respeto a la diferencia. Cuando hablo a adolescentes noto que se revuelven, están asentando sus pulsiones sexuales, celebran la diferencia. Por eso yo insisto más en la equidad, en el respeto de lo diferente, que creo que es el asunto clave”, me dice con un entusiasmo matutino a prueba de bomba.

Ni por un momento abandona Elvira Mínguez esa claridad en sus argumentos y esa cierta aversión a las etiquetas, tan de nuestro tiempo. Su novela es muy oscura, un drama rural. Le digo que están de moda, como si de nuevo los argumentos de la tragedia se hubieran desplazado de la ciudad al campo, justo en un momento en el que, tras el confinamiento, la gente parecía volver a los pueblos, buscando allí una nueva libertad. As bestas, por ejemplo, acaba de ser coronada como gran drama rural, y hay una especie de regreso a las historias bárbaras que nacen de odios fermentados, de la lucha por la tierra, del miedo a la quiebra de poderes antiguos, de los males mal curados. Pensé de inmediato en cómo cruza a veces ante nosotros la sombra errante de Caín, que dice Machado. O en cómo se acumula la tragedia en torno al poder que desprende la tierra en El prado, la gran obra del irlandés John B. Keane, llevada al cine por Jim Sheridan.

En La sombra de la tierra, dos mujeres pugnan por el poder en un territorio negro y mísero, Atilana y Garibalda, nombres que hablan por sí solos. Es una historia decimonónica, pero, me dice Elvira, podría ser de ahora mismo. Es el mal transversal de la lucha por el poder, en cualquier contexto. En cualquier época. El ansia infinita de poder es un mal del ser humano. Esta es una novela sobre esos odios, sobre los secretos, también sobre abusos, sobre el maltrato de toda una vida, sobre deslealtades, sobre cosas inconfesables, pero, Mínguez insiste, “también sobre cómo entendemos a los hijos y lo que hacemos de ellos con nuestras cosas, sobre la manipulación de otras vidas”.

La historia, que discurre en una zona de Zamora, está poblada por nombres que reconocemos bien los menos jóvenes: Saturio, Juventina, Raimunda, Crescencio. Nombres que ya no se ponen. “¡Quería esos nombres!”, me dice. Explica que llegó al cine por casualidad, y que a la literatura ha llegado también así: “yo, más que nada, he leído mucho”. En casa tiene el poster de J. D. Salinger (y cita Levantad, carpinteros, la viga maestra), esa foto en la que el escritor se lanza a asestar un puñetazo al fotógrafo, al ser descubierto a la salida de un supermercado. Hay mucho en Elvira Mínguez de esa rebeldía, de esa lucha contra lo que el sistema da por supuesto que tenemos que hacer y decir.