EL EPISODIO HA TENIDO FINAL FELIZ. Puffin Books y la Royal Dahl Story Company, que gestiona desde su fallecimiento en 1990 los derechos de ese famoso escritor inglés de literatura juvenil pero también de macabros relatos para adultos, han acabado por acusar la generalizada reacción en contra de su expurgo políticamente correcto de los textos dejados por el autor. Lo grotesco de semejante censura, ejercida por quienes deberían velar por lo contrario, es que centró todos sus esfuerzos en suprimir adjetivos como “gordo” o “fea”, “loco” o “demente”, o en añadir cláusulas higiénicas después de referirse a una bruja calva para advertir que “hay muchos motivos por los que una mujer puede llevar peluca y no hay nada malo en ello”. Contaron en su intento con la supervisión del colectivo Inclusive Minds, consagrado a la inclusión y la accesibilidad en la literatura infantil. Salman Rushdie, que tanto sabe de cancelaciones (y no solo virtuales), sentenció: “Roald Dahl no era un ángel, pero esto es una censura absurda. Puffin Books y los herederos de Dahl deberían avergonzarse”.

James Finn Garner, un inspirado escritor satírico, ya había alcanzado a finales del pasado siglo gran éxito con sus dos libros traducidos al español bajo el título de Cuentos infantiles políticamente correctos.

Finn Garner comenzaba su primer prólogo, sutilmente irónico, con la afirmación de que, evidentemente, los cuentos infantiles cumplían una función determinada, consistente sobre todo en afianzar el patriarcado, pero que no sería justo criminalizar a los hermanos Grimm por su insensibilidad ante la situación de la mujer en su tiempo, los problemas de las culturas minoritarias y el deterioro del entorno natural. Aducía también que en la farisaica Copenhague de Andersen poca simpatía se podía esperar a favor de los derechos inalienables de las sirenas. Pero ahora son otros tiempos, que ofrecen la oportunidad e imponen la obligación de reescribir estos cuentos clásicos para adaptarlos a los nuevos aires. Él lo intentaría, pero solicitaba con sorna la ayuda de sus lectores para que lo avisasen de actitudes todavía presentes, incluso de forma residual, en sus nuevas redacciones que pudieran ser «inadvertidamente sexistas, racistas, culturalistas, nacionalistas, regionalistas, intelectualistas, socioeconomistas, etnocéntricas, falocéntricas, heteropatriarcales o discriminatorias por cuestiones de edad, aspecto, capacidad física, tamaño, especie u otras no mencionadas».

La ironía llega a ceder espacio al sarcasmo en el prólogo segundo donde se pide perdón por los árboles sacrificados a causa del éxito editorial de la edición anterior y la contribución que ello haya podido representar al calentamiento global. Pide Garner asimismo disculpas por su “falocéntrica ortografía” en palabras por él usadas como human y person, que incluyen agresivamente en su composición man (hombre) y son (hijo varón), y promete desde ya sustituirlas siempre por el neologismo políticamente correcto –“inclusivo y neutro”– persun. Y, por supuesto, en vez de woman está dispuesto a emplear wommon (no wimmin, como propone el Feminist Dictionary de Kramarae y Treicher).

El fingido propósito de este émulo del Winston Smith orwelliano es «despojar a los cuentos ‘infantiles’ más populares de la ‘cultura occidental’ de las arbitrariedades y prejuicios que campaban a sus anchas en las ‘versiones’ originales», criterio que se aplica a algunos de los relatos más arraigados en nuestra cultura e imaginario colectivo.

Así, en Caperucita roja, cuando el lobo advierte a la protagonista que es muy peligroso para una niña ir sola por el bosque, la respuesta que recibe es de antología: «Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social».

En el cuento El traje nuevo del emperador, una de las versiones de la popular fábula de origen oriental que llega hasta el entremé de Cervantes, el inexistente tejido mágico que se supone viste al gobernante «solo puede ser visto por ciertas personas políticamente correctas, moralmente nobles, intelectualmente agudas y culturalmente tolerantes». El enano saltarín es “un hombrecillo verticalmente limitado”, a diferencia de El flautista de Hamelín, un hombre “verticalmente privilegiado”. La protagonista de Cenicienta, por su parte, lleva una túnica de seda “arrebatada a inocentes gusanos”, se adorna con perlas “producto del saqueo de laboriosas ostras indefensas” y llega al palacio del príncipe en una carroza movida por “un tiro de esclavos equinos”. En Hansel y Gretel el padre leñador es “de profesión carnicero arbóreo”, y en La cigarra y la hormiga, aquella no es reprobada sino todo lo contrario por su “actitud alternativa” consistente en rechazar de plano el “codicioso concepto burgués de éxito”.

En algunos casos, la corrección política alcanza al propio título del cuento. La bella durmiente será desde ahora La persona durmiente de belleza superior a la media. Y en La sirenita, la heroína que salva a un náufrago rechaza enérgicamente tal denominación. Para ella el término aceptable es “persona marina”, aunque no la satisface del todo, pues “destaca en demasía nuestra parte humana en detrimento de nuestra piscitud”.

Pero la guerra sigue abierta. Al tiempo que nos llegaba la noticia de que los editores británicos de Dahl reconsideraban sus decisiones censoriales, el British Museum así como los Museos nacionales de Escocia anunciaban a bombo y platillo la aplicación de una medida gallarda: suprimir la palabra momia por sus palmarias connotaciones imperialistas y la monstruosidad implícita que aporta en perjuicio del equilibrio emocional de los visitantes –niños, pero también adultos– del museo, que debería ser a estos efectos “safe space”.

Cierto que en nuestros museos no hay tantas momias como en el británico, las cuales, en todo caso, no nos consta que hayan protestado hasta el momento por el nombre que se les daba mediante un préstamo del árabe y del persa, lenguas en las que significa betún o cera para embalsamar cadáveres (perdón: personas no vivas o metabólicamente diferentes).

Lo curioso del caso, moviéndonos ya en el ámbito del español, es que nuestra momia es un ejemplo magnífico de lenguaje inclusivo, pues siendo vocablo de género gramatical femenino sirve para designar personas no vivas de ambos sexos. Porque en castellano momio designa algo muy distinto: “Aquello que se da u obtiene sobre lo que corresponde legítimamente”. Coloquialmente, un chollo.