CUANDO la política está muy enconada siempre hay alguien, político o tertuliano, que aparece diciendo: “¡hagamos pedagogía!”. Es una frase de Hogwarts, algo que nunca falla, aunque tal vez nadie sepa lo que significa exactamente. ¿Hemos de aprender, oh ciudadanos de esta sociedad infantilizada, a discernir lo que nos conviene y lo que no, a aceptar lo que nos dicen, todo eso que quizás nunca ha sido muy bien explicado?

A Sánchez se le dijo muchas veces, durante la compleja coalición: las cosas, además de hacerlas, hay que explicarlas. Como si, en realidad, el verdadero problema estuviera en la comunicación y no tanto en lo que se hace. Por eso Feijóo, seguramente, estaba tan interesado en su investidura. Para explicar lo que no iba a poder hacer, lo que no iba a hacer, en cualquier caso (reunirse con Bildu o pactar con Junts). Y para explicar lo que, en cambio, harían los de enfrente. Ese Feijóo que se interesó menos por los debates electorales, recobró el entusiasmo por la tribuna la pasada semana. Y eso tenía que ver, a buen seguro, con la naturaleza de la investidura: un rito, una liturgia, una dramaturgia, con todos sus elementos, pero sin mayores consecuencias.

Explicar está bien, pero quizás no tanto en el tránsito, en el viaje. Eso debió de pensar Sánchez, que estaba gozoso del andamiaje de palabras construido por Feijóo, mientras él se parapetaba en el dulce silencio de la espera. Las palabras construyen la realidad y el mundo, pero el discurso de Feijóo construía una realidad que no podía fraguar: así que, adelante con los faroles. Ser dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras, ya saben el dicho. Ahí estaba la cuestión, yo creo, de esas jornadas de investidura. Mientras Feijóo encontró que era fascinante tener el protagonismo al fin en el fragor de los Madriles, mientras construyó su realidad imaginada e hizo, previsiblemente, mucha pedagogía, partido a partido, Sánchez prefirió el silencio, más allá de las andanadas de Puente, que no iban, finalmente, al meollo de la gran cuestión. Muchos lo vieron como un entremés, como un monólogo, para entretener la verdadera cosa, que en algún momento tendrá que llegar.

Por eso no son pocos los que juzgan que el tiempo de Sánchez, que empieza ahora, es verdaderamente difícil. Porque ya importan las palabras, mucho más que los silencios. Hay silencios incómodos, pero se van llevando. La negociación ha circulado, si hacemos caso a Junqueras y a otros, por un cierto subsuelo, sin revelarse con nitidez en la superficie, salvo por las exigencias que, de vez en cuando, como quien se acuerda de apretar (quizás una versión del famoso “apreteu, apreteu”), llegaban de Cataluña o de Waterloo. Fue Illa, con un PSC al alza, el que se encargó de desaconsejar cualquier presión en favor del referéndum por parte de Junts, salvo que se pretendiera que la investidura ‘verdadera’, o la investidura posible, también descarrilase.

Illa, fuerte en Cataluña y en el socialismo, con más votos que todo el secesionismo junto, parece decir a Puigdemont, como quien hace pedagogía de urgencia: ¿os interesa de verdad que el gobierno no salga adelante? ¿Os interesa una repetición electoral? Illa se permite lo que Sánchez no puede permitirse, al menos de momento: ser un poco escéptico, mostrarse preocupado, hablar, en suma, de las dificultades innegables. Pero eso le permite, también, ir tejiendo el relato que, más pronto que tarde, tendrá que insinuarse. Explicar, o sea, a los posibles pactantes, lo que está en juego.

Sánchez llegará a su investidura con eso que llaman el elefante en la habitación. Claro que llevamos ya demasiados elefantes, a uno y otro lado del espectro político. No será tanto cosa de domarlo, sino de hacerlo invisible como si fuera una tarea para David Copperfield. La magia está en que todo se explique por sí solo, en que nadie pregunte por el truco, porque esas cosas no se preguntan... Ahora vendrán las palabras, sí, pero Sánchez preferirá seguramente no usar muchas en el escenario. Sólo, quizás, “¡voilá!”.