Opinión | TRIBUNA

‘Lost in Campo del Moro’

POR UNAS HORAS me sentí desorientado. Busqué en todos los rincones del piso. Encima de las mesas, debajo de las mesillas. Levanté todo objeto que podía ocultarlas. Revolví en los armarios. Indagué en sus más ignotos recovecos. Volví a mirar en los sitios habituales donde las dejaba. Me palpé la ropa, le di la vuelta a los bolsillos y creí que reaparecerían milagrosamente.

Convencido de la pérdida, acudí desesperado hasta la óptica. Faltaban diez minutos para que echara el cierre. La vendedora, muy amable, comprobó en el ordenador que la montura seguía existiendo en otra tienda de la cadena. Le comenté que me habían operado recientemente el ojo derecho de cataratas por lo que, según me indicó, tendrían que graduarme de nuevo la vista… pero debería esperar a que pasase el fin de semana. Después, si quería las gafas express tendrían que duplicarme el precio.

Igual que Bill Murray en Lost in Translation se me quedó la cara de piedra. Bueno, es poco decir. Tenía otras gafas para ver de cerca, pero les faltaba una patilla. Así que se torcían cada vez que deseaba leer algo, como a un pirata letrado. Por la noche soñé y tuve pesadillas. Debía proseguir la búsqueda de manera contumaz. Siempre me daba resultado. Un resabio de los padrenuestros a San Antonio que recomendaba mi madre para estos casos.

Recorrí el itinerario que había seguido la víspera. Bajé por las mismas escaleras que llevan a la calle Segovia, en las que solo encontré un mechero. Subí la rampa que conduce hacia la Galería de Colecciones Reales, escudriñando cada centímetro del adoquinado. Volví a rebuscar en el chaleco, en la camisa, en el pantalón… ya me daba por vencido.

En la garita de acceso a los jardines del Campo del Moro tuve una inspiración. Le pregunté a la vigilante de seguridad si habían encontrado algunas gafas. Me dijo que esperara. Se puso a hablar por el walkie talkie y me aparté discretamente para no importunarla, mientras hacía el trámite. Pasados unos minutos me aclaró que tenían que consultar en los dos centros de control. Al cabo de un tiempo vi que aparecía un compañero de servicio con un sobre blanco. Me preguntó de qué color eran las gafas? Grises, le dije. Y la funda? No llevaban funda, le espeté.

Abrió el sobre y para mi sorpresa extrajo del interior una funda deteriorada, que reconocí de inmediato. Dentro estaban las gafas con las que escribo estas líneas. Después me pidió el DNI, preguntándome si era gallego cuando leyó mi segundo apellido. Lo mismo que Nicolás Salmerón afirmó que “antes que republicano, soy español” o Felipe González quien dijo “soy socialista antes que marxista” estuve por agradecerles su diligencia proclamándome “antes que gallego, protector de Patrimonio Nacional” por el gasto que me habían ahorrado.

Proseguí feliz mi camino por la vereda abierta al público, cerca del escenario de los posados reales. La prensa generalista acababa de publicar las fotos difundidas por la Casa Real, con los monarcas junto a sus hijas en el vigésimo aniversario de su enlace. Yo preferí perderme por los bosquetes, entre tejos, cedros y secuoias. Siempre partidario del jardín mixto inglés, conservador de la vegetación, vi con aprensión sin necesidad de gafas a los robots desbrozadores que trabajaban el césped, agostado ya prematuramente en este mes de mayo. Y me pregunté si Ben Yusuf lo habría permitido cuando acampó por allí.