Opinión | Buenos días y buena suerte

Los días salvajes no se han ido

HABLO largamente con el periodista David Jiménez. La conversación se produce en las horas previas a las elecciones europeas, y, como no podría ser menos, no sólo tiene que ver con su última novela, ‘Días salvajes’ (Planeta), sino con múltiples aspectos de la actualidad. David Jiménez acumula una larga experiencia en el mundo del periodismo. Veinte años como corresponsal en Asia, varios libros publicados, junto a sus colaboraciones en diarios como ‘The New York Times’, o desde luego, su pasado al frente, durante un año, del diario ‘El Mundo’, que dio lugar a su libro más conocido, ‘El director’, del que, me asegura con rotundidad en esta charla, “no cambiaría ni una sola coma”. Hablas con Jiménez y quieres hablar de todo. 

‘Días salvajes’ es quizás su primer libro ajeno al periodismo, al menos de manera directa. Aquí, Jiménez nos lleva a la euforia de principios de siglo, cuando todo era una fiesta. Los locos años de los créditos sin fin, de la celebración bancaria, y, sí, de pronto, esa sensación de cierta impunidad que se apoderó de todos nosotros. Hasta que, adormecidos por la inconsciencia, todo estalló en 2008. Y con consecuencias feroces. 

Pero la novela se detiene antes: cuando el protagonista, el hijo de los Zabala, Bosco, el príncipe heredero de una de esas dinastías adineradas que “lo tenían todo para triunfar”, provoca en una noche loca un accidente kamikaze en las circunvalaciones de Madrid. No sólo asistimos a una fatídica colisión automovilística (Bosco provocará la muerte de su mejor amigo y de una chica muy joven, Marta, de cuya vida depende prácticamente la de su padre, que sólo la tiene a ella), sino a una colisión de dos mundos, de dos planetas. En la noche trágica de Madrid se tocan, para escribir el drama, el universo de La Moraleja y el de Villaverde. Esa es, en esta novela, la distancia de la desigualdad. La distancia que inexorablemente nos separa, mucho mayor que la que puede marcar el mapa de Madrid.

Para escribir ‘Días salvajes’, David Jiménez participó en algunos grupos de terapia de personas que habían perdido a sus hijos de manera traumática. “Aprendí mucho, a pesar de la gran dureza de esta experiencia. Pero bueno, esta es una novela dura. Me encontré allí con gente admirable. Aprendí que el duelo es infinito…, que en esa situación todo se diluye, todo deja de importar salvo la ausencia. Y descubrí cómo había padres muy capaces de reengancharse a la vida, después de todo aquel gran sufrimiento”, me dice. 

Sin embargo, ‘Días salvajes’ va más allá. La novela quiere ser el retrato de una época, de aquel vértigo extraño y feroz. También, dice Jiménez, de cómo las élites conservan “una capacidad para evitar las consecuencias de sus actos”. Jiménez cree que las cosas no se están haciendo de manera muy diferente ahora, y deberíamos preocuparnos. “Esa idea de la fiesta constante que vivimos aquellos años se parece a lo que vemos hoy. La burbuja inmobiliaria ha vuelto. Es como si no tuviéramos memoria. Y tengo la sensación de que esta fiesta va a terminar tan mal como aquella…”, avisa.

“Además”, me dice David Jiménez. “se han añadido elementos de preocupación: por entonces no había el resentimiento que hay ahora… Ni la polarización… Pero la desigualdad, que viene de entonces, sigue ahí. La cohesión social está envenenada. La tregua de la Transición ha saltado por los aires. La capacidad de diálogo es ahora mucho menor. Quizás los medios prestamos demasiada atención a los políticos cuando hablan de cosas [que no tienen que ver con la vida de los ciudadanos]. Somos un país ideológicamente enfermo, en cierto modo, que ha vuelto a arrojarse a las trincheras. Y eso es algo que los políticos aprovechan cada día. Si seguimos así, y más en un país con nuestra historia, nada bueno puede salir de ahí”.