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Con antológica nostalgia

¡Qué deleite escuchar música de mano de quiénes nos traen a la memoria viejos temas que son auténticas joyas! Lo hacen ‘viejas glorias’, como algunos los llamarán ahora, sin afecto alguno, pensando que forman parte de pretéritas historias. Lo cierto es que, por motivos variopintos, buenos, malos o, sin más, distintos, nunca pasan de moda. Antes -no sé si también en el presente- llamábamos “clásico” a lo que apenas cambiaba pero que, por eso mismo, seguía gustando y entraba por los ojos u oídos de una manera u otra.  

Me centro en mi mundo -el de Orfeo y su cítara- que es con el que más profundamente identificada me veo. Y lo hago con mayor razón tras haber podido intercambiar recuerdos, impresiones y opiniones con excelentes compañeros. Hace ya unas décadas salíamos a la palestra con heroico gesto; omito el número de años por lo de seguir la regla (no escrita) de no mentar comprometedoras cifras que no vienen a cuento. Reunidos de nuevo celebramos haber obtenido un título universitario y el inicio de enfrentarnos a la vida real, es decir, la de buscar cómo sobrevivir ganándonos el pan sin morir en el intento. ¿El lugar de entonces? La bella facultad de Xeografía e Historia, hoy tan desmejorada y caída en pena. ¿El logro? Concluir cinco años de estudios, que ya quisieran para sí muchos otros. 

Me ronda por la cabeza el dúo de Javier y Luisa Fernanda de la homónima zarzuela de Federico Moreno Torroba (1891-1982). Verán que viene como anillo al dedo, aunque al principio a mí misma me parecía broma. La grabación que tengo en mente es la de Teresa Berganza, con su voz de mezzosoprano bien diferenciada, junto al tenor Julián Molina, donde cada sílaba se matiza con notas de tan sublime sentimiento que casi una llora.

Les propongo que se detengan en el término de esa emblemática obra, a sabiendas de que de nuestra castiza diva se les ocurrirán otros eximios fragmentos musicales entre los muchos que ha protagonizado en óperas y recitales. Dice el joven e irreflexivo militar, más centrado en ascender en su carrera que en cuidar su relación con la que siempre quiso, según parece, ser su mujer: “¡Subir, subir /y luego caer, /la fortuna alcanzar/y volverla a perder!... A la par le responde la enamorada que, ya cansada y forzada por el entorno, sin tener alma ni mente clara, a punto está de dar el paso al margen de él: “¡Amar, amar, /sin dejar de creer, /y venir el amor, /cuando no puede ser! ...” Juntos, casi en el último momento, se hacen ver el uno al otro que en la vida todo tiene su tiempo. Este se les ha ido entre los dedos sin haberse expresado oportuna y debidamente el amor habido entre ellos. ¿Y el final? Un palo para el noble Vidal quien ha bebido los vientos por Luisa Fernanda siempre y que, pese a todo, es capaz de bendecirles desde su extremeña dehesa: “Vete con él. De la casa toma/ tu ajuar y tus prendas. /También va mi corazón contigo; mas no le temas, que un corazón que perdona/ no es una carga que pesa”. 

No es del todo casual que me haya fijado en esta pieza ya que estamos en vísperas de la fiesta de un santo todoterreno. En la madrileña ermita de la Florida donde se le venera, los romeros podrían volver a cantar y bailar la ‘Mazurca de las sombrillas’, lo más conocido de tal zarzuela: “A San Antonio, como es un santo casamentero, /pidiendo matrimonio le agobian tanto/ que yo no quiero, pedirle al santo, / más que un amor sincero”. Como lema o consejo, suscribo lo que dice la letra y creo que debieran tener esa máxima en cuenta ellas y ellos, jóvenes y viejos, con o sin estudios anejos. Es esta: “La dicha es cosa, que no se alcanza/ tan de repente// La dicha es caprichosa, más gira y danza, /junto al que siente que una esperanza, /le alumbra suavemente”.

Nostálgica me he puesto, a tono con la muestra ‘Teresa Berganza. El guardarropa de música’, que ojalá trajera a Compostela los atuendos de esa antológica zarzuela y su mazurquera danza.