Opinión | Buenos días y buena suerte

¡No tan rápido, queridos!

ACOSTUMBRADOS quizás ya a Meloni y su aura, a la que algunos toman por una chica moderada, y porque Italia, finalmente, es Italia, con su fuerte personalidad y su arte a rabiar, la preocupación se ha instalado más bien en Francia y Alemania. Aquí se toca el corazón de Europa, o la columna vertebral, y hay que tener mucho cuidado con ciertas cirugías mayores. 

Macron, espléndido a la hora de poner cara de póquer, ese gesto neutro y algo elitista, pelín faraónico, y espléndido también a la hora de ejercer ese papel único de presidente francés, sólo contra el mundo en las escaleras del Elíseo, y en los espejos de Versalles, donde la imagen del poder se repite con placer hasta el infinito y más allá, ve ahora que Le Pen crece, como, por otra parte, se sabía que iba a crecer. ¿Estamos a tiempo? ¿Un frente popular? ¿Una unión improbable de las izquierdas, pero desmélenchonizadas? 

Algo habrá que hacer. Pero, sobre todo, reconocer errores y obrar en consecuencia. ¿Estamos finalmente ante la gran zanja entre las élites y las clases obreras? Si es así, y estas últimas confían más en la extrema derecha, entonces es que hemos hecho un pan como unas tortas. Sí, lo sé, con toda la distorsión que implica este mundo de bulos bienvenidos, como quien aplaude una gamberrada y se esconde en el cuarto de baño matándose de risa. 

Aquí, a pesar de los resultados de las elecciones, hemos resistido. Aunque Feijóo crea que Sánchez se la ha pegado, es bueno que no haya sido así. Incluso para él. Habrá manos que quemarán pronto en Europa: el presidente de Los Republicanos en Francia anduvo demasiado listo a la hora de buscar a Le Pen, y le han dicho que nones. Él cerró la sede del partido, creyendo que el poder habita en lugares físicos. No, corazón. Hoy todo fluye y vuela. Le Pen está en clave ganadora, pero aún hay quien quiere mantener la distancia (sea cordón sanitario o simple precaución). El poder es goloso, algunos se apresuran a buscar manos que estrechar, pero hay ciertos partidos europeos, los que defienden eso que algunos llaman, cínicamente, un viejo orden (¡no me digan que el de Le Pen y Meloni es el nuevo!) que deberían guardar la memoria democrática, e incluso las formas. ¡No tan rápido, queridos! ¡No hagan cola ante los nuevos santuarios de la demagogia!

Comprendo que, en Francia, y no digamos en Alemania, muchos se habrán resignado. Con estos bueyes tendremos que arar, habrán pensado. Pero esa renuncia a recuperar el favor de los votantes me parece grave. Es tanto como decir: surfeemos la ola, ya que no podremos detenerla. Por otro lado, me resulta difícil de comprender que una Europa ilustrada se deje convencer tan fácilmente con argumentos pueriles (o con el cacareo de las redes sociales). 

Una modesta proposición: Europa debería enseñar lo que ha hecho en todas estas décadas por sus ciudadanos, y debería explicar lo que es y lo que quiere ser. ¿Por qué no crear, de manera generalizada (ya existe en algunos lugares), una asignatura sobre Europa en los planes de enseñanza de los países de la Unión? Una asignatura relevante, obligatoria, en la enseñanza obligatoria. 

Me parece bien lo de llevar a alumnos y profesores a Bruselas o a Estrasburgo, que vean las lindas instalaciones, sí, pero vayamos a lo que hay que ir. Hay que competir con la desinformación, con la propaganda dañina, con el ataque a la democracia abierta. Y eso se hace desde la educación. Digamos a los jóvenes lo que algunos no quieren que se les diga. Lo que sufrió este continente con la lacra del fascismo, por ejemplo. Hablemos de la alegría de la cultura diversa. De los intercambios que Europa promueve con sus fronteras abiertas. Tomen la palabra. Expliquen lo que se puede perder.