Opinión | Con sentido común

Las colas del hambre (II)

El nuevo sistema de las tarjetas monedero será gestionado por las comunidades autónomas, con un período transitorio hasta finales del presente año, durante el cual será el Ministerio de Derechos Sociales quien lo implemente. 

Con este fin, ha asignado una subvención de 100 millones de euros –95 millones para cargar las tarjetas monedero y 5 para gastos de gestión– a Cruz Roja Española, que es la institución elegida para la entrega de tarjetas, control, recarga y supervisión de su uso, durante este año.

Los dos objetivos perseguidos son: evitar las llamadas “colas del hambre” ante las organizaciones que habitualmente distribuyen alimentos y dar libertad de elección de productos a sus usuarios.

Los servicios sociales de las comunidades autónomas emitirán un informe de calificación del estado de necesidad de los solicitantes y Cruz Roja entregará la tarjeta monedero.

La tarjeta se carga con la cantidad asignada: 100 euros por titular adulto y 30 euros por cada hijo menor de edad a su cargo, hasta un máximo mensual de 220 euros. La operación de recarga se realizará, como máximo, cada tres meses; se supone que la calificación por parte de los servicios sociales se realizará con la misma frecuencia.

El titular podrá comprar alimentos y productos de primera necesidad, con excepción de bebidas alcohólicas y productos ultra procesados, en las siete cadenas de supermercados concertadas. 

Fuentes oficiales estiman que esta ayuda permitirá atender en toda España sólo a 70.000 familias bajo el umbral de pobreza. Dado el tamaño medio de la familia española, el número de personas auxiliadas no superará las 200.000.

Como dije en el artículo anterior, los 54 Bancos de Alimentos existentes dejaron de recibir ayudas procedentes de la UE el día 30 de abril. Naturalmente, la eficaz gestión de estas organizaciones, seguirá distribuyendo las ayudas privadas solidarias procedentes de empresas y particulares.

Algunos atribuían al sistema de reparto de alimentos hasta ahora vigente, el problema de que se prestaba a la picaresca de vender los productos obtenidos gratuitamente en las instituciones sociales. De ser cierta la conjetura, ahora se revenderían los adquiridos en los supermercados, con la facilidad de compras bajo encargo.

Las colas no se evitarán, dada la actualización periódica del estado de necesidad por parte de los servicios sociales y la recarga de las tarjetas en Cruz Roja. Sí desaparecerían las “colas del hambre”, en parte, si la UE se ocupara seriamente del control de sus fronteras y de la regulación de la inmigración. Resulta increíble que un inmigrante tenga que esperar dos años para legalizar su situación, aun cuando tenga una oferta laboral en firme.

Un problema adicional es que, en localidades pequeñas, las cadenas de supermercados habilitadas para el uso de las tarjetas, no disponen de establecimientos. 

Resulta llamativo que sólo puedan beneficiarse de esta pretenciosa y cicatera ayuda, quienes tengan un menor de edad a su cargo. Las personas solas o las parejas sin hijos, aunque se encuentren por debajo del umbral de pobreza, quedan excluidas.

Pero hay esperanza, porque los integrantes de la sociedad civil, resignados, sufridos y compasivos, seguirán estando presentes para acompañar en la necesidad y el sufrimiento y para sustituir la ineficacia de las instituciones públicas, a través del pacífico ejército de voluntarios, solidarios o buenos samaritanos, según sus respectivas convicciones personales.