Opinión | Políticas de Babel

Yolanda no suma, divide

ES DIFÍCIL PENSAR en un político o una política que, teniendo un objetivo tan claro, haya conseguido justo lo contrario de lo que se proponía. Nos estamos refiriendo a Yolanda Díaz, cuyo proyecto unificador se ha materializado en una desafección y desunión sin precedentes entre aquellos a los que pretendía aglutinar. Se dice que quien mal empieza, mal acaba; y si para muchos el dedazo de Pablo Iglesias no auguraba nada bueno, aquí en Galicia se apuntaban deslealtades anteriores de la lideresa gallega que proyectaban una semblanza bien distinta de la dulzura y el buenismo que insuflaban sus discursos desde la capital de España. Aun así, su tono conciliador, su supuesta voluntad de diálogo inicial, y su sonrisa perenne, llevaron a muchos rotativos a hablar de una figura presidenciable.

Poco a poco sus discursos se tornaron vacuos, irrealizables; y la población, incluso los más jóvenes e inexpertos, comenzaron a mofarse de sus cuidadísimos estilismos, de su disfrute de la plancha, y de sus esfuerzos para conseguir “la abolición del trabajo”. La gallega claramente menospreció a la ciudadanía, empezando por sus propios socios. Fue apartando sin disimulo a todo aquél que hiciera sombra a su figura o no le resultara útil. En Galicia muchos y muchas compañeras ya habían alertado de tales prácticas; pero los avisos no parecían haber llegado a Madrid. Recordemos que incluso ninguneó a quienes la habían aupado desde Podemos, hasta no dejar más alternativa que la ruptura o la insignificancia. Ahora se ve que hicieron bien Montero y Belarra en huir a tiempo. También se aprovechó del tirón de Más Madrid en la capital, y tuvo el arrojo de retar a un partido tan serio y señero como Izquierda Unida, beneficiándose de su arraigo territorial, pero desplazándolo en las listas electorales. Ciertamente, fue una osadía sin precedentes, o con antecedentes según sus antiguos compañeros y compañeras de filas en Galicia.

Puede que la culpa no sea sólo de Yolanda, sino de los intereses de los grupúsculos que intentó amalgamar. Pero el problema radica en que ella misma se erigió como la figura aglutinadora que podía e iba a hacer algo diferente, algo único y sin precedentes en la historia política de nuestro país; y eso es mucho decir. A la cuarta derrota fue la vencida; y parece que, por fin, Díaz asumió la dificultad que supone aunar voluntades, así como su incapacidad para hacer calar el mensaje entre los votantes. Entonces decidió echarse a un lado, pero sólo un poquito, a la espera de nuevos caladeros en los que pescar y fondear; pues ya hay quien la ve en las filas del PSOE en un futuro no tan lejano.

Entretanto, presumiendo de que ella hace “política de la buena”, renunció, al menos temporal y aparentemente, a liderar el ‘movimiento’ que ella misma había creado a su imagen y semejanza. Ahora una “coordinadora colegiada interina” discreta y sin figuras que le puedan hacer sombra, trabajará hasta otoño para reconducir la formación, o el movimiento, o lo que sea. Además, tendrá que lidiar con los partidos a los que intentó eclipsar. Largo nos lo fían, pues semeja un plazo excesivamente ‘largo’ si pensamos en la inestabilidad política reinante, que podría propiciar nuevos comicios en el momento menos pensado; a la vez que un período muy ‘breve’ para enmendar los errores cometidos durante tanto tiempo. Difícil lo tendrá la gallega para reconducir y reconstruir no sólo su proyecto, sino también su propia figura. Incluso debería replantearse ciertos delirios, como pensar que está en sus manos hacernos la vida más feliz (uno de sus mantras), cuando ni siquiera ha sido capaz de contentar al puñado de hombres y mujeres que creyeron en ella.