Opinión | AL SUR

La divisiónde poderes

ME HA TOCADO, después de muchos años, corregir los exámenes de Filosofía de la ABAU. Según me informó el coordinador de la materia, el número de estudiantes que han elegido la opción de Historia de la Filosofía duplicó a la de años anteriores y la previsión sobre el número de correctores se quedó corta.

Guardo alguna anécdota de aquella etapa, tan lejana en el tiempo, en la que fui corrector. Como la que aquel o aquella estudiante que escribe en su examen lo siguiente: “Señor profesor: le juro que me había estudiado todo el temario, menos Platón y Nietzsche, que fue lo que cayó. Usted puede ponerme un cero, pero piense antes de hacerlo que esa nota me bajará mucho la media. En espera de su generosidad, reciba un cordial saludo”. ¿Qué nota le puse? Pues la misma que le habría puesto usted, probablemente.

Esta vez no hubo anécdotas de este calibre, pero en cambio, me cansé de leer exámenes sobre la importancia de la división de poderes que defendió el filósofo John Locke, padre del liberalismo político. Me alegró mucho que nuestros futuros universitarios conozcan el origen de la democracia liberal en la que se basan nuestras democracias, más si cabe porque la división real de poderes está amenazada.

Dicen las malas lenguas, yo por supuesto no opino, que el presidente Sánchez necesita con urgencia controlar al Tribunal Supremo y detener a los jueces que investigan a su esposa y a su hermano o, con idéntica vehemencia, doblegar a los fiscales del procés para que apliquen la amnistía a los independentistas catalanes condenados por sedición y malversación de fondos públicos.

El Tribunal Constitucional ha caído y el Consejo General del Poder Judicial, que ejerce el gobierno del Poder Judicial, para garantizar su independencia, va por el mismo camino. Son malas noticias para la democracia pues la independencia de la Justicia, como saben muy bien nuestros estudiantes de bachillerato, es una de las piezas básicas del funcionamiento democrático. Locke lo advirtió severamente: la concentración de los poderes del Estado en manos del ejecutivo conduce a la tiranía. Hay algunos ejemplos.