Opinión | POLÍTICAS DE BABEL

La gran decisión de Francia

NUESTRA QUERIDA Y VECINA Francia siempre quiso y supo ir por delante también en materia política. Las divisiones, polarizaciones y rupturas políticas que hoy definen el panorama parlamentario de muchos de los veintisiete socios de la UE, en el país galo se han ido asumiendo paulatinamente, desde hace tiempo, con naturalidad, como si su Asamblea Nacional no hiciese sino reflejar lo que su sociedad iba experimentando con el paso de los años. Su pionero proyecto multiculturalista primero (basado en la protección de las diferencias culturales), e interculturalista después (apostando por una supuesta integración cultural), resultaron fallidos. Y ahora semeja que los postulados transculturalistas, edificados sobre el respeto y la asunción sincera y responsable de los problemas derivados de la convivencia en sociedades complejas, no logran echar raíces en un contexto geográfico que pretendió imponer soluciones fáciles a problemas difíciles de convivencia y cohabitación. De ahí que la gran potencia europea que deseaba resultar ejemplarizante para el resto de Europa también en la batalla cultural, hoy se muestre más desorientada que nunca. Los atípicos, pero no por ello inesperados, resultados de las elecciones al Parlamento Europeo celebrados el pasado día 9 lo confirman; y las últimas declaraciones de Emmanuel Macron, lo certifican.

El presidente francés se muestra desorientado, hasta el punto de tener que lanzar sus dardos a derecha e izquierda indistintamente. Se afana por atraer hacia ese centro que ahora pretende abanderar a moderados socialdemócratas y a conservadores reflexivos. Pero su tarea semeja titánica, pues las legislativas anticipadas previstas para el 30 de junio y el 7 de julio apenas dejan margen de maniobra. Consciente de su mayoría sólo relativa en la Asamblea, y sabiendo que el 50% de sus compatriotas votaron a los extremos del abanico ideológico francés, el presidente de la República apela a lo que denomina “una federación de personas de buena voluntad”, al tiempo que critica (y aquí lleva razón) las nuevas alianzas a izquierda y derecha que ya luchan por obtener el beneplácito del pueblo en las precipitadas urnas.

Pero ese centro liberal semejante a lo que en España fue Ciudadanos, no parece convencer a quienes, hastiados por el devenir de los problemas que afronta hoy día la República Francesa, han decidido arriesgar y remover el tablero político que define un statu quo con el que no se sienten ni protegidos ni representados. Tampoco está claro si ese 50% de los franceses que apostaron por la propuesta más radical en las europeas harán lo mismo a la hora de repartir los 577 diputados de la Asamblea Nacional. Esto es así porque los nuevos pactos que se pretenden forjar a derecha e izquierda se caracterizan por su falta de homogeneidad. El Partido Socialista, La Francia Insumisa, verdes y comunistas discrepan incluso en la interpretación de la guerra en Ucrania, al igual que sobre la actitud del Gobierno francés frente a Hamás e Israel. En el lado contrario, el de las derechas, también se observan grandes contradicciones, por ejemplo, en materia económica, con propuestas que abarcan desde una óptica más liberal del lado de Los Republicanos, hasta una perspectiva más estatista como la que propone Le Pen. Sea como fuere, la suerte está echada, y ahora son los franceses los que tienen la última palabra. Habrá que ver si finalmente acertó Emmanuel Macron con su arriesgada apuesta. De momento, toca esperar para ver si es capaz de aglutinar a descontentos de derecha e izquierda, sin excluir ni a socialistas ni a ecologistas ni a democristianos ni a conservadores. Ardua tarea la que tiene por delante.