Opinión | Buenos días y buena suerte

¿Dónde se informan los jóvenes?

DE PRONTO se ha establecido una relación directa entre el consumo de información, sobre todo por parte de los jóvenes, y su decisión de voto. Todo ha tenido que ver con algunos resultados en las elecciones europeas, pero, en realidad, la tendencia parece que viene de más lejos: sobre todo desde la generalización de las redes sociales. Esa tendencia nos revela, con datos en la mano, que la manera de informarse sobre las cosas del mundo ha cambiado muy rápidamente, y, en general, ha pasado del texto largo al texto corto, empujados como estamos por esta aceleración que impregna todos los momentos de nuestra vida. Las frases aparecen como los espermatozoides en la carrera hacia el óvulo: sólo la más rápida y tenaz logra alcanzar el objetivo. 

Los datos vienen del Digital News Report, el último presentado, una investigación muy amplia que lleva a cabo el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, de la Universidad de Oxford. Es decir, tenemos aquí información científica, datos evaluables de una muestra cercana a los cien mil encuestados. El estudio señala algo que cualquiera de nosotros podría afirmar, sólo con observar un poco: los medios tradicionales se encuentran en un momento complejo, porque no logran fijar a los lectores jóvenes. 

Ya no es una cuestión de elegir prensa tradicional (o sea, en papel) o medios digitales, muchos de los cuales no se apartan tanto de la versión impresa, y, en muchos casos, la amplían. No. Simplemente es un abandono progresivo de los medios clásicos, quizás porque se perciben como algo más propio de otros segmentos de edades, o porque se descree de la marca (¡en este mundo de adoración por la etiqueta comercial), o porque se busca acceso gratuito (no así en otros ámbitos), o porque los más jóvenes no están interesados en esa fidelidad histórica a una cabecera, sino en el fluido de las redes sociales (donde tienen sus gurús, o ‘influencers’, después de todo). ¿En qué momento las redes se convirtieron en interpretadoras y opinadoras de la realidad, en sustitución del trabajo de los especialistas? ¿Y en qué momento muchos decidieron confiar más en ellas (en la frase más repetida, en la entrada más visitada o retuiteada, en Tik Tok o Instagram), que en un reportaje realizado ‘in situ’ durante semanas, o en un artículo bien trenzado y profundo? 

Se diría que se ha roto cierto contrato de credibilidad, especialmente con los lectores jóvenes. El estudio dice que la confianza de los medios, en España, está en el 32%, pero, en general, ha bajado en todas partes. Incluso en tiempos de periodismo complejo, en el que se emplean a veces grandes despliegues técnicos y humanos. ¿Por qué? ¿Por qué una simple cuenta en la red, una forma de explicar lo que pasa (o lo que no), alejada muchas veces de lo que se le supone al ejercicio del periodismo, es capaz de acaparar tanta atención y tantos seguidores? ¿Cuál es el verdadero motivo? (Por no hablar de la expansión de los bulos, también como una forma de influencia).

Pero en esas estamos. Y ahora, sobre todo a la luz de las elecciones europeas, se llega a la conclusión de que el consumo de información podría tener que ver, especialmente en esas edades jóvenes, con la decisión final en las urnas. O, dicho de otra forma: la capacidad de reforzar ideas de desafección política, de rebelión ante las elites, etc., podría tener un peso más grande del que se supone en los resultados de los comicios. Habría, digámoslo así, una corriente que se mueve al margen de los medios tradicionales. Y que ha logrado convencer y atrapar no tanto a los indecisos, sino a los que consideran que han salido perdiendo en la carrera de la vida.  

Hay muchas más cosas en este estudio que deberían preocuparnos. Por ejemplo, que cuatro de cada diez encuestados aseguren que evitan las noticias a propósito. Por molestas o descorazonadoras. Es curioso que puedan engancharse a ciertos discursos extremos en la red y, al tiempo, abominar de los informativos porque sólo hablan de política, de sucesos, y de lo mal que va el mundo. Lo que les provoca agotamiento y tedio, dicen.