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¡Música, maestro!

Me paso al bando contrario. Es lo que está de moda y lo que me viene en gana. La semana pasada les hacía partícipes de lo bien que me sentía al escuchar viejos temas de corcheas oportunamente entrelazadas. Pero la música también cansa, aunque habitualmente sea una gozada. Vivimos inundados, inmersos, sumergidos en sonidos más o menos musicales y/o agradables. Y también de ruido: que se lo digan a los inquilinos de ciertas calles. Es una realidad inevitable, como lo es que estamos invadidos por mil recitales. 

Para disfrutar en la mañana apenas nada se programa. Un concierto o audición, breve o larga, a las doce del mediodía es, en España, cosa bastante extraña. No así en Austria, Inglaterra, Italia o Alemania, con una población más proclive a planes que aquí sorprenderían al comienzo de la jornada. 

En nuestra sociedad, en cambio, hay notable atropello de actividades que, de algún modo, nos sobrepasa, no por un excesivo número de ellas, sino por cómo nos vienen presentadas. Desde las seis de la tarde y hasta bien entrado el tiempo que corresponde al sueño o al descanso, se superponen -como poco- media docena de eventos culturales entre los que se hallan variados conciertos y similares. Si ocurriera de cuando en vez, sería llevadero, pero al ser una acumulación que se repite semana tras semana, mes tras mes, nos lleva a andar del revés o a traspiés.  

Recordarán que, en torno al 22N, bajo el pretexto de Sta. Cecilia, hubo música en cada esquina. Ahora, desde mediados de junio la maratón está servida: el cúmulo viene cogiendo carrerilla. Y es que el 21J se celebra el ‘Día Europeo de la Música’, fecha que coincide con el comienzo del verano, siendo en cuanto a luz, el período más largo del año. Fin del invierno y comienzo del estío, haga calor o todavía algo de frío. 

Esta fiesta musical se inició en Toulouse y partió de Joel Cohen, un norteamericano a cargo de Radio France. Su genial invento consistió en promover que hubiese música a troche y moche en la noche del 21J. También debía sumarse la del 21 de diciembre, pero esto apenas se conoce. Se sacó de la manga lo que él mismo llamó y justificó como «Saturnales de la música», pues había que darle algún nombre. En 1982 el festejo del 21J se oficializó en Francia. Y, en meteórica escalada, en 1985 surgió el «Día Europeo de la Música». Esta es, en versión abreviada, la trayectoria de fecha tan señalada; una historia poco extendida incluso en la órbita melómana. Añado de mi cosecha que algo más sucedió en Salamanca ese año: fue la ciudad elegida para acoger el Congreso Internacional ‘España en la Música de Occidente’, acontecimiento sin precedente del que quedan buenos recuerdos y frutos tangentes. Imposible pasarlo por alto.  

Volviendo al presente: ¡vaya días nos esperan en lo que resta de semana! En algunas plazas, calles y otros espacios de nuestras ciudades, encontrarán bulliciosa y musical jarana. Pero … Hay un ‘pero’. Lo que surgió de manera espontánea entre quienes ese día -21J- ofertaban y promovían folk, rock and roll, jazz, rap y demás música improvisada, así fuese simplona o complicada, clásica o popular-urbana, y, en cierto modo, de manera contralada o supervisada, se ha convertido, en parte, en conciertos a puerta cerrada. El objetivo del curioso y feliz invento/evento, quedó desvirtuado: la gratuidad no está garantizada y de la naturalidad apenas queda nada. Casi todo se programa teniendo que pasar por taquilla para reservar butaca, apoquinando una pasta gansa. Esa fiesta tan planeada, perdió su genuina esencia. ¿Durará? «La música es algo de lo que la gente puede prescindir, y si cuesta demasiado así ocurrirá» (Sir Th. Beecham). El tiempo dirá.