Opinión | Posdata

Miserables

A los estudiantes de economía intentaron enseñarnos que la competencia interempresarial era una vía, quizá la única, de mejora progresiva de las posibilidades de beneficio general, para todos, para toda la humanidad. Aún es ese el modelo económico liberal, cuyas reglas, en realidad, se quedan solo en esa: cada uno por su lado. Sin solidaridades utópicas ni daños interesados. Y competir. Mejorar, no atacar. Se trata de intentar hacerlo mejor que el otro, no de impedirle a él que también lo intente. En la leal competencia enraíza el beneficio común. 

  Yo, en esto, fui un mal estudiante. Y no porque no haya podido entender la lección, sino porque no acabé de creérmela. Me pareció una cuestión más de fe que de sabiduría. Yo pensaba y pienso lo contrario: si al mundo le va bien, también se lo podrá ir a cada uno, incluso a mí, pero al revés no: si a mí me va bien, no tiene por qué irle igual a mi vecino. Y, además, a mí no tendría por qué importarme. 

  De lo que el profesor hablaba era del capitalismo libertario, pero en lo que yo creía era en el solidario. Su principio ideológico era “déjame en paz”. El mío era y es “convivamos en paz”. Y no era que yo tuviese una visión cariñosa de la vida, sino por simple racionalidad operativa. Pensaba como economista, no como limosnero. No por solidaridad humanitaria, que también, sino y principalmente por buscar una base económica sólida a la inexcusable convivencia humana e incluso para que llenase los bolsillos quien pudiese, que no le hago ascos a la riqueza, pero con un aviso: no importa que haya ricos si no hay pobres, pero no está garantizado que no haya pobres por haber ricos. Esto se ve, ¿no?

  Los liberales dicen que allá cada cual con su suerte. Yo, con palabras parecidas, digo que el mundo irá mejor si no se deja a nadie a su suerte. Sin embargo, mientras los “dirigentes” acumulan cada vez más riqueza, la mayoría de los pobladores de la tierra están atrapados en las redes de la miseria, dejados a su suerte. 

  No hay justificaciones para un mundo sumergido de tal manera en la desigualdad. Eso no es libertad ni siquiera para los liberales. Y esa miseria no es solo la material, sino también y para peor la moral. En un mundo sucio no hay nada limpio. Y miren lo que son las palabras: el diccionario que nos permite decir que es tan miserable el desdichado como el mezquino, aun sabiendo que no son la misma cosa. Uno sufre y otro hace sufrir. Pasa como con la libertad de los liberales, que es y no es.