Opinión | POLÍTICAS DE BABEL

Diez horas con Kim Jong-un

DIEZ HORAS DAN PARA MUCHO si lo que se pretende es mandar un mensaje de poderío al mundo y afianzar unas relaciones bilaterales destinadas a beneficiarse mutuamente. Lo cierto es que la segunda reunión en menos de un año entre Vladímir Putin y Kim Jong-un (esta vez en Pyongyang, la anterior fue en Moscú) estuvo cargada de afecto y admiración mutua, lo cual es indicativo del contrapeso de fuerzas que desde Asia se pretende mostrar al mundo. Pero para entender estas “amistades peligrosas”, es necesario analizarlas, al menos, desde dos puntos de vista claramente relacionados. Por un lado, la renta diplomática y política que el nuevo acuerdo global de asociación entre ambos países aporta dentro y fuera de sus respectivas fronteras. Por otro, los beneficios económicos y estratégicos que ambos territorios obtienen con el actual pacto.

En cuanto al plano político, Rusia celebra el apoyo del líder norcoreano a su invasión y ocupación del territorio ucraniano, al tiempo que refuerza su idea de favorecer un nuevo orden mundial que sirva de contrapeso a una OTAN destinada, según ellos, a imponer los valores y la influencia occidental en el mundo. Por su parte, Corea del Norte celebra el soporte militar y en materia de seguridad que le ofrece el Kremlin en un territorio cargado de tensiones, especialmente con Corea del Sur, Estados Unidos y Japón. Este acuerdo de ayuda recíproca en caso de un ataque exterior debilita la otra gran alianza de la región, liderada por la Administración estadounidense, que cuenta con un importante despliegue militar, por ejemplo, en Corea del Sur. Tanto Putin como Kim Jong-un tratan de desafiar también la política de sanciones que sufren a causa de EE.UU., y fortalecer sus perfiles como líderes internacionales. Asimismo, este acuerdo refuerza su colaboración a la hora de controlar a la prensa libre, para contrarrestar lo que denominan “información falaz y provocaciones informativas” procedentes del exterior.

En lo que a beneficios estratégicos se refiere, además del intercambio comercial que ahora se ve vigorizado, el interés deriva de la necesidad que tiene Rusia de suministros relacionados con el desgaste militar al que le ha sometido inesperadamente Ucrania, como esas municiones de artillería y balísticas que la industria rusa, pese a haberse reinventado en función de la guerra, no consigue cubrir. Además, la nueva alianza con Pyongyang sirve de respuesta al aporte de armas de largo alcance de EE.UU. a Ucrania, algo que Putin ha criticado. Corea del Norte, al tiempo, logra ir más allá de China en su desesperada búsqueda de apoyo a su maltrecho sector económico y comercial, recibe materias primas esenciales para el país, y engrosa sus arcas con las ventas armamentísticas que realiza a Rusia. También recibirá la República Popular ‘Democrática’ de Corea soporte tecnológico, basado en lo que Putin denomina “el derecho norcoreano a reforzar sus capacidades defensivas”.

Por todo ello, este Acuerdo Integral de Asociación Estratégica entre dos regímenes dictatoriales (y dos fuerzas nucleares, no lo olvidemos) que hasta ahora, tras el período soviético, mantenían un distanciado “respeto mutuo”, ha venido para quedarse; y se firma en un momento crítico en el que el tablero de la paz mundial se muestra cada vez más inestable, especialmente tras el papel que ha decidido jugar la República Islámica de Irán tanto en la invasión rusa del territorio ucraniano, como en el conflicto que enfrenta a Hamás con Israel en la Franja de Gaza y a lo largo de las fronteras norte y este del Estado hebreo. Vivimos la situación más inestable de las últimas décadas, y Putin y Kim Jong-un toman posiciones.