Opinión | Políticas de Babel

Coldplay marca el rumbo de Hungría

EL ÉXITO DE CRÍTICA Y PÚBLICO obtenido en los conciertos ofrecidos esta semana en Budapest por la banda británica Coldplay podría servir de inspiración para una Hungría que a partir del próximo 1 de julio asumirá la presidencia de turno del Consejo de la UE. En el Puskás Aréna, Chris Martin apeló al amor entre los pueblos. Incluso tuvo palabras tanto para los afectados por las guerras (Hungría comparte frontera con Ucrania), como para palestinos e israelíes, apelando a los derechos y los valores humanos, y a una paz necesaria en un mundo con tantos frentes abiertos también de carácter económico y medioambiental. El famoso estadio de fútbol brilló no sólo gracias a las ya famosas pulseras Xyloband que iluminan los conciertos de Coldplay, sino también por la concordia que desprendía un público que enarbolaba sus diversas banderas con entusiasmo. Ojalá ese ambiente de esperanza guíe los pasos del primer ministro húngaro durante los próximos seis meses al frente de la presidencia rotatoria del Consejo de la UE, de forma que modere su actitud proteccionista, soberanista y en defensa de las fronteras nacionales que tanto incomoda entre los Veintisiete, e incluso se plantee integrarse en la eurozona ahora que su renta per cápita lo permite.

Como yo mismo pude comprobar en Budapest, Viktor Orbán sigue celebrando su victoria en las elecciones al Parlamento Europeo del 9 de junio. Su coalición Fidesz-KDNP obtuvo la mitad de los 21 escaños que mantiene Hungría en la Eurocámara, y en torno al 45% de los votos. Esto refuerza su liderazgo (quizá dentro de los Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) tras haber abandonado el Partido Popular Europeo (PPE) en 2021), y pese al auge del partido de centroderecha Tisza, que logró casi el 30% de las papeletas. Ahora el ultranacionalista deberá moderar sus postulados en materia económica, migratoria y de apoyo a Rusia. Recordemos que su Gobierno se vio sorprendido con la multa de 200 millones de euros impuesta el 13 de junio por el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) debido a la actitud desafiante y pasiva de su Ejecutivo a la hora de cumplir una sanción de diciembre de 2020 del propio TJUE por vulnerar el Derecho comunitario en materia de protección de inmigrantes. Y también que el húngaro es el mejor aliado de Moscú en la UE, pese a que él insiste en que sus planteamientos pacifistas son más realistas que las propuestas de otros mandatarios que él critica por su “psicosis bélica”.

El primer ministro ha mostrado una postura de desacato a los dictámenes de las instituciones europeas, amparándose en el referéndum que, en 2016, mostró su oposición a la imposición de cuotas de refugiados. Sin embargo, la baja participación en dicha encuesta le resta legitimidad. De ahí que el Alto Tribunal europeo le recuerde el principio de “cooperación leal” que debe primar en la UE. Pero Hungría se resiste, e incluso evidencia la diversidad que define a la Unión a través del famoso cubo de Rubik inventado por el escultor húngaro Ernö Rubik en 1974, y que el Gobierno de Orbán luce junto a un lema con claras reminiscencias trumpistas para su semestre al frente del Consejo: “Hagamos a Europa grande de nuevo” (‘Make Europe Great Again’). Para ello su Ejecutivo propone mejorar la “competitividad económica”, reforzar la “Defensa común”, atender a los “problemas demográficos”, y optimizar la “cohesión política”. Otros temas como el ingreso de Ucrania en la UE, o la oficialidad del catalán en las instituciones europeas no están en la agenda que liderará Budapest, que prefiere priorizar un nuevo debate en torno al refuerzo fronterizo de la Unión y a la “lucha contra la inmigración irregular”.