Opinión | Fe de erratas

Infocracia e infodemia

Salvo que no queramos verle las orejas al lobo, no dejemos de preguntarnos acerca de las conexiones entre la digitalización y la crisis de la democracia, fenómeno al que Byung-Chul Han ha puesto el rubro de infocracia en un libro con el mismo título (Taurus, Madrid, 2022). 

Si los “medios eléctricos” de Marshall McLuhan acabaron produciendo el hombre-masa, con la revolución digital ya no podemos hablar así: aquel hombre-masa no es ya un donnadie, sino alguien con un perfil. En la infocracia, que es un régimen severo de dominación, el súbdito, como lo describe Aldous Huxley en su distopía, se cree libre, auténtico y creativo, pues de forma paradójica la red y sus dispositivos le confieren una sensación de empoderamiento y de libertad cuando en realidad lo que hacen es apuntalar la dominación a la que está sometido. Lo profético de esta visión se confirma cuando leemos a Éric Sadin, convencido de que de ahora en adelante “cada uno de nosotros se imagina como posicionado en el centro del mundo y con el poder de acomodar los acontecimientos a su visión de las cosas” tal y como se muestra en La inteligencia artificial o el desafío del siglo (Caja Negra, Buenos Aires, 2020). El efecto más negativo de esta sugestión consiste en que, si la verdad se define a partir de uno mismo, de nuestras creencias y sesgos, ello conduce a “la desintegración creciente de nuestras bases comunes” y a la extrema atomización de la sociedad. 

Y todo ello en un entorno religioso, cuasi místico. El like es el amén; compartir es la comunión de los fieles; la red actúa como el cuerpo místico de Cristo, idea que, por cierto, ya está en la premonición que McLuhan alcanzó de lo que sobrevendría con el enlace entre las computadoras que él no alcanzó a ver en vida. 

Han establece como un hito imprescindible para el arraigo del discurso racional de la Ilustración la generalización de la imprenta y la lectura. Los medios de comunicación eléctricos, por su parte, destruyen este escenario: los receptores están condenados a la pasividad, sumidos en una mediocracia que redunda en el declive de la esfera pública. Para Neil Postman, discípulo del canadiense, de ese modo la democracia se convierte en telecracia, y el infoentretenimiento conduce al abandono definitivo del enjuiciamiento kantiano. De esa convicción apocalíptica mana su militancia a favor de un “ateísmo tecnológico”, especialmente necesario según su criterio en el ámbito educativo, en lo viene a coincidir con algunas de las reservas manifestadas también por Inger Enqvist en Conocimiento en crisis (Tecnos, Madrid, 2022). Para Postman, en su panfleto que acaba de salir sobre La cultura frente a la civilización informática (Ediciones El Salmón, Madrid, 2024), “si de mi dependiera, prohibiría a los educadores hablar de mejoras tecnológicas si antes no revelan las razones de la educación que quieren ofrecer. Y esas razones se encuentran en lugares donde no habitan las máquinas y donde los dioses de otro orden pronuncian sus palabras”.

La esfera pública discursiva de Jürgen Habermas se ve amenazada a la vez por la infodemia, o viralidad de la información, y el frenesí de la vida posmoderna no deja tiempo para la reflexión y acción racional. Por otra parte, la misma racionalidad discursiva cede ante el empuje de la comunicación afectiva. Un solo tuit con una noticia falsa puede ser más eficaz que un argumento también breve, pero bien fundamentado. La red digital creó las condiciones necesarias para las distorsiones infocráticas de la posdemocracia. Donald Trump es el primer presidente infocrático e infodémico, y su éxito consistió, y ojalá no siga consistiendo, en trocear la política en tuits y confirmar la soldadura definitiva del prefijo post- al noble concepto de la democracia. 

Twitter, o X, no es el terreno de la mediocracia de McLuhan sino de la infocracia de Han, en la que ya no hay espacio para el discurso y para el juicio, que han sido deconstruidos, como también los significados de las palabras. En las campañas electorales ya no prevalecerán los argumentos, ni la evidencia de la realidad sustituida por los “hechos alternativos”, sino los algoritmos más inteligentes, secundados por los memes más brillantemente estúpidos (la CNN en los comicios de 2020 habló de “the meme election”).

 Recua de zombis

La red no forma una esfera pública, sino una recua de zombis del consumo y del infoentretenimiento, no ciudadanos reflexivos y conscientes. El dispositivo telefónico inteligente finge construir un parlamento móvil que permite debatir en todas partes y a todas horas, en el que los followers juegan el papel de votantes y el de líderes les corresponde a los influencers. Pero la desaparición visible y tangible del otro implica el fin del discurso genuino y de la racionalidad comunicativa. Nos vamos volviendo sordos a las voces de los demás, y el proceso nos conduce a la pérdida de la empatía. Por eso, tanto dicha desaparición del otro junto a la incapacidad de escuchar y la entrega egotista al culto del yo, fortalecido por la incorporación a verdaderas “tribus digitales”, provoca el triunfo de la posdemocracia.

Un si es no es apocalíptico resulta también el pronóstico de Sadin cuando relaciona la inteligencia artificial con un antihumanismo radical. Las operaciones automatizadas con que la tecnología va sustituyendo el contacto físico implica la abolición progresiva del intercambio, de la relación entre los seres humanos, y como consecuencia asistimos también al destierro definitivo del acuerdo y el desacuerdo, del conflicto y de la reconciliación, de la negociación y, en última instancia, de la propia amistad. 

Han denuncia la gravedad que comporta tal estado de cosas. En el universo de las tribus digitales, los enunciados, como querría Jacques Derrida, no guardan referencia a nada externo a ellos mismos. Simplemente los respaldamos para afirmar nuestro sentimiento de pertenencia a una tribu posmoderna fuera de la cual están los otros a los que combatir. Es difícil no compartir esta conclusión a la que Han llega: “La progresiva tribalización de la sociedad pone en peligro la democracia. Conduce a una dictadura tribalista de opinión e identidad que carece de toda racionalidad comunicativa”.