Opinión | Buenos días y buena suerte

Mil Milei, el hombre ruido

LOS MÁS irónicos y palabreros, argentinos algunos (pido una vez más el voto para Les Luthiers, única posibilidad de salvarnos y quizás de salvar a Argentina también) le decían: “empadronate, pibe, empadronate (así, sin acento)”. Milei se ha vuelto adicto a Europa. Viene a la cosecha de premios, justo ahora, con nuestras democracias algo perplejas tras las elecciones. Y con Macrón bastante demacrado en Francia, al que Mbappé, lo que son las cosas, echa una mano mediática. Este es el mejor momento Mbappé en años, Florentino, o sea. Alégrate por el chico. Me saturé de sus no fichajes, aquella lata interminable, y ahora resulta que me parece el delantero ideal.

Milei en Europa, en España, en este lado del charco. Está feliz. De la fiesta de la ultraderecha a esta otra fiesta de Ayuso, y tiro porque me toca. Se diría que son galardones preventivos. Por si triunfa su receta/motosierra: hay que tener mucha fe, pero oigan, quién sabe. Y si se va todo al carajo, esto sólo será agua de borrajas. Nadie hablará de las medallas de una tarde de junio en Sol si se va al traste el proyecto del gran mesías, el salvador nunca solicitado.

Desde el socialismo alguien dio a entender que Ayuso daba el galardón a Milei mayormente por joder. Tiene un punto castizo el pensamiento, pero Ayuso, habitualmente echada p’alante (sic), suele gozar con estas cosas. Sánchez hace mal reconociéndolo, porque, al hacerlo, el goce ayusístico será mucho mayor. Pero hay otras lecturas del galardón al mesías argentino: la competencia con la ultraderecha. Ayuso no suele negarse a entrar en esta batalla por el techo electoral, y habrá calculado que necesita arrancar más votos a la derecha de la derecha, un caladero en ebullición. Y ahí, se siente cómoda. Como tiene las medallas y tal, ha podido competir tan guapamente con Abascal y con aquel momento de celebración de Milei, no hace tanto, y también en Madrid, que queda ahora sepultado en la memoria con el dorado brillo de los premios, con el dulce glamur del reconocimiento presidencial.  

La medalla hace que el mesías argentino caiga más del lado de Ayuso. Todo son ventajas, habrá pensado. Por un lado, sirve para incomodar a Sánchez, misión primordial donde las haya. Por otro, unirse al ruido que lleva consigo el argentino, como si la motosierra no dejara de vibrar en el bolsillo de la zamarra, tiene la virtud de opacar cualquier palabra racional, anula cualquier intento de explicar y narrar. Un buen ruido es mejor que un relato, siempre expuesto a las quiebras de la torpe sintaxis. El ruido cunde, porque evita el peligroso ejercicio de tener que llenar el silencio con algo inteligente. 

Montarse en la bronca, apuntarse al show, celebrar el confeti de este salvador de patrias, esa es la cuestión. No importa en lo que quede la estrafalaria movida, el caso es revolcarse con gusto en el presente, en el aquí y ahora, en el ‘hic et nunc’. La política hoy, salvo rara excepción, no pasa de los efectos de un cuarto de hora, ni pretende más profundidad que la que cabe en un tuit (o que se lo pregunten a Óscar Puente, récord de puenting en tuiterología). 

Mientras los fastos milenianos golpean la tarde calurosa de Madrid (aún quedan los dulces rescoldos de la Feria del libro, menos mal, para dar algo de sustancia a este tiempo inane), mientras la supuesta gloria nos abraza como un oso en pleno solsticio (que vengan ya las hogueras a quemar todo este exceso de vanidad), Feijóo pensará que Ayuso lo ha vuelto a hacer. Basta una medalla para mover el mundo, o, al menos, la sede capitalina. ¿Quién diablos puede ser así moderado, en estos tiempos de mesías tonantes? ¿Cómo recuperar la centralidad, tan celebrada un día, cómo regresar a cierto silencio en las puertas del verano, como hacerse oír en medio del ruido atronador?