Opinión | Buenos días y buena suerte

Ciencia, ciencia, ciencia

Me parece bien que el Gobierno quiera fichar científicos para asesorar a los ministros y en este plan, siempre que no sea algo meramente cosmético (como pasa no pocas veces en política). O sea: que no se trata de que el ministro del ramo salga siempre con su científico de turno adosado, subrayando aquello que la ciudadanía no está dispuesta a creer. Lo digo porque hay mucho negacionista, sea por creencia o, como lo de Milei, por joder. “Ojo, que traigo un científico”, podría decir el ministro cuestionado. “No es que lo diga yo, es que lo dice aquí el científico”, debería añadir. 

Como todo se extrema en estos tiempos que corren, el Gobierno hace bien en acudir al pensamiento y al método científico. Todo lo que sea talento me parece bien (ahí están los programas de regreso de investigadores, que un día se fueron porque aquí la ciencia y el arte, por citar un par de cosas, siempre lo han tenido difícil). Incluso nos ofrece su punto provocador, ya que de alguna forma habrá que combatir este negacionismo ‘ultrafashion’, que se complace en cuestionar no sólo a la ciencia, sino a la intelectualidad en general, a esas elites doctas tan sofisticadas (también en esto, con Trump empezó todo), que impiden que triunfen verdades verdaderas de Perogrullo, como esa del terraplanismo en dos tardes, y otras lindezas para no dormir.  

Siempre he querido una Europa científica y humanista, basada en la razón y la solidaridad, y quién sabe si no nos estará quedando un pan como unas tortas. Vives en Europa y no imaginas que de pronto todo ese pensamiento complejo, todo ese pasado de ciencia y filosofía, puede quedar para envolver bocadillos. Algo hemos hecho mal, cuando los adalides de la simpleza, que pronuncian sus arrojados discursos en los nobles balcones de Europa, como ‘hooligans’ con corbata, convencen guapamente a una parte del personal. Sí: hay que volver a leer textos largos (los tuits, me temo que no cuentan).

No todo puede ser seguir el ritmo pantallero, la ingesta cotidiana de eslóganes de medio penique, la charlatanería en red, la confianza ciega en el vendedor de crecepelo. El mundo, además, no empezó ayer, adanistas confesos, sino que hay una larga historia detrás de nosotros, hay logros, hechos científicos, datos, cifras y letras, y pensamientos geniales que, ay, no siempre son los nuestros. La tecnología es necesaria, nos llevará al futuro, pero no debe venir envuelta de la vanidad del ‘homo tecnologicus’, ni de ese cierto narcisismo del ‘homo digitalis’, que puede creerse el comienzo del progreso. Lo que nos salva es la ciencia, aunque el mito no está nada mal (es bello, es creativo, es una forma de leer y explicar el mundo). Y hay otra cosa que también nos salva: el sentido del humor.

Por tanto, adelante con las asesorías científicas. Ciencia y razón, como columnas en las que se ha de apoyar la democracia. Aquí nos acercamos al pensamiento crítico de Carl Sagan, adelantado sin duda a su tiempo, que vio grandes similitudes y concordancias entre el desarrollo científico y el desarrollo de las democracias. Si perdemos la mirada de la ciencia, la democracia se resentirá. Porque la ciencia busca lo universal, no lo particular, y el bien común, El negacionismo, el populismo y la demagogia simplista, que carcomen lo logrado por la sociedad, se apoyan, precisamente, en el desprecio sistemático del conocimiento. Sagan es un magnífico ejemplo de cómo la ciencia ha de contribuir a la construcción de las libertades. Y no olvidemos que él mismo fue pionero en el estudio de uno de los temas favoritos de los negacionistas de hoy: el cambio climático. 

Es posible que la mentira política siempre haya estado con nosotros, como decía Hannah Arendt. Por eso es bueno que la política, y la democracia, se alíe con la ciencia. ¿No fue el propio Carl Sagan el que inventó el famoso ‘kit para detectar tonterías’ (‘baloney detection kit’, o, si lo prefieren, ‘bullshit detector’), tal y como escribía en ‘The Demon-Haunted World’, en español ‘El mundo y sus demonios’? Sin duda, Carl Sagan ya lo veía venir.