Opinión | Tribuna

Atender y servir para recibir…

¿Qué es eso de que las mujeres son las únicas que pueden realizar varias tareas al mismo tiempo? No me casa. Ni lo veo, ni lo creo. Hoy todos, jóvenes y adultos, féminas y varones somos -o pretendemos ser- multifuncionales. Vamos a la ventanilla de un banco y un resuelto empleado nos atiende al tiempo que resuelve la duda de otro cliente. En la sección de libros de una cadena comercial, la encargada nos aconseja un comic infantil a la par que sigue conversando con un tercero sobre un best seller, que a éste le interesa para regalarle a un sobrino de Chamberí. Tumbados en una clínica con el brazo estirado, mientras nos pincha para unos análisis, la enfermera que nos atiende mira sus turnos de trabajo colgados en la pared que tiene frente a sí. En un bar intentamos que nos escuchen para que nos sirvan un café espresso y vemos cómo anda un absorto camarero limpiando la mesa, ágil y dispuesto, pero charlando con todos, paño en mano nuevo y seco. 

Alzar la voz es también una mala costumbre que parece ir en auge entre personas normales. Nadie mide sus decibelios ni cuánto vocifera sin ser necesario. Unos caminan por la calle hablando tan alto, por el móvil o con el acompañante, que difícil es no enterarse de los problemas que entre ellos se traen. Otros vociferan sin percatarse de que el mejor modo de hacerse oír es bajar el volumen y hablar casi susurrando para que, si quiere ser escuchado, sus oyentes se callen. Si uno tiene un tono de voz quedo y se siente bien por estar habituado a él, siempre habrá alguien que le perturbe el ánimo al querer hacerse valer en el tumulto de la calle o en locales llenos de tropel. Y no falta el que, sin respeto alguno, en medio de este frenesí de vida, va a su bola sin atender ni intentar hacerlo, creyendo que a su entorno gira todo, como si fuera un rey.  

La educación, la amabilidad y la oportuna estima en una sociedad que, en muchos aspectos avanza, en éste corta se está quedando. No sé cómo pretendemos que nos tengan en consideración quienes tenemos delante, si no ponemos los oportunos medios como son, entre otros, dejar de ser multitareas, concentrarnos y poner atención. 

También se va perdiendo el hábito de sonreír y ser empático con el de enfrente. Alguien que esté detrás de un mostrador o moviéndose para atender al personal, sea en tienda, ventanilla o despacho normal, debiera tener asumida esa norma no escrita, que no figura en el contrato, pero que le va en el sueldo de cada mes. Si así no lo ve, mal por ella o él. 

En la fiesta de san Cristóbal, día grande en el que todavía hay lugares donde bendicen cualquier automóvil, como patrono que es de los que buscan un camino seguro por tierra, mar y aire -todos los viajeros y peregrinos- es bueno repensar que todos somos compañeros de viaje en este mundo tan diverso y disperso. En Compostela no es santo que abunde en representaciones, pero por un tiempo tenemos la fortuna de contar con dos tallas estupendas: la del salmantino Juan de Montejo (¿? - 1601), de pequeño tamaño y gran fuerza expresiva, con gesto adusto y noble, y la del cambadés homenajeado en este 2024 por la Real Academia de Bellas Artes, Francisco Asorey (1889-1961), imponente, con gestos dulcificados, especialmente los del niño -al que ayudó a pasar las aguas- que, complacido, acaricia su barba. Hay entre el santo y el infante una compenetración, cariño y admiración que, a ejemplo de ellos, nadie deberíamos perder en ninguna ocasión. 

¿Qué llevo al gigante Reprobus a irse de su casa y cual mártir morir? Servir, para volver a servir -incluso al diablo- hasta que ese niño que porta el tal Cristóbal (su nuevo nombre) le dice que su peso equivale al del mundo entero. Y es que, como reza un proverbio indio, lema de D. Lapierre, adoptado por J. M. Osaba: “Todo lo que no se da se pierde”.