Opinión | { TRIBUNA LIBRE }

Tenías razón Enric, Pinochet no pudo parar el reloj de la libertad

CUATRO DÍAS antes del plebiscito organizado por Pinochet para asegurarse la jefatura del Estado chileno nueve años más, celebrado el 5 de octubre de 1988, Enric Sopena publicó un reportaje en el semanal del “Diari de Barcelona” titulado “Xile, l’alegria que ve” (“Chile, la alegría que viene”).

Para ocupar la portada del suplemento, el entrañable colega catalán me pidió una fotografía realizada días antes en una calle de Santiago llamada Vicuña Mackenna. Allí, cuatrocientas mil personas le habían expresado su repudio al régimen dictatorial por estrangular sus vidas tras el golpe de Estado de 1973.

El título del reportaje elegido por Enric le iba como anillo al dedo a la foto. En la imagen, delante del estrado habilitado para aquel mitin multitudinario, Isabel Allende, hija del presidente socialista muerto durante el asalto militar al Palacio de La Moneda bailaba sonriente con Ricardo Lagos –quien ocuparía la más alta magistratura del país andino, tras el retorno de la democracia a Chile años después–.

Enric Sopena se ha despedido de nosotros para siempre el pasado domingo, pero mantengo un fresco recuerdo de las llamadas telefónicas que le hacía Margarita, su pareja y colega de profesión, cuando estuvimos con el añorado Pepe Oneto en esas tierras australes.

Y aunque un odioso mal llamado Alzheimer le haya apartado de nosotros los últimos años, quiero recordar ahora que tenía razón al encabezar aquel artículo señalando que “Pinochet no puede parar el reloj de la libertad” como así sucedió.

Tanto Enric como Oneto habían acudido a Chile, reclamados por su Colegio profesional de Periodistas para debatir sobre la convocatoria dictatorial de referéndum, en unas mesas redondas de alto voltaje sobre la libertad de expresión, celebradas en el hotel Carrera.

Allí comprobé la pasta de que estaban hechos mis colegas. El barcelonés, repitiendo la misma pregunta a un político pinochetista empecinado en negar su respuesta a nuestros compañeros chilenos, hasta que no le quedó más remedio que contestar. Y el gaditano De San Fernando proclamando que era imposible la neutralidad informativa con un régimen dictatorial. En mi condición de representante de la Federación Internacional de Periodistas en aquel evento, me facilitaron mucho la labor.

Sin perder su espíritu de reporteros, los entonces directores de “El Brusi” y de “Tiempo” coincidieron con Pinochet en la iglesia a la que éste acudía para oír misa, emplazamiento que les había desvelado un corresponsal de televisión de nuestro país. Así pudieron ver sin filtros al autócrata, llegando a intercambiar con él algunas palabras cargadas de sorna.

Una noche nos acercamos juntos en el coche de un colega chileno al Estadio Nacional, para ubicar el triste escenario de la represión. Los milicos habían sembrado de pinchos la calle para identificar a sus escasos transeuntes, obligando a circular en zig zag por la zona. Vimos espeluznados entonces cómo sacaban a rastras a un joven torturado de una comisaría próxima. Sopena tuvo que calmar en ese momento al expresivo Oneto, que consiguió asustar a los “momios” –como él les llamaba– dándoles una voz cuando se acercaban inquisitorialmente a nuestro automóvil.

Seguramente Enric les habrá contado estos episodios alguna vez a su familia y allegados. Sirvan estas líneas de imprenta para que también quede registro en las hemerotecas de su compromiso personal por encima del profesional cuando más falta hizo.