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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Vive deportivamente (o así)

POR LO QUE SEA aún no pude catar el mar. Empieza agosto y uno siente que el mar está ahí, que siempre ha estado (una suerte la nuestra, en esta esquina atlántica), pero hay elementos muy terrenales que lo alejan, inexplicablemente. Me siento atrapado en la paradoja de Aquiles y la tortuga, que defendía Zenón y otros desmintieron luego, de una manera tan infinitesimal. Yo soy Aquiles y el mar es la tortuga. Se aleja, por mucho que yo tenga los pies ligeros (que, a estas alturas, tampoco tanto). Por eso me sirvo del agua que estos días invade la televisión gracias a los Juegos Olímpicos. Todo lo que no he probado este verano abunda en la pantalla. 

Hemos hablado de la domesticación del Sena, a regañadientes. Los atletas se lanzaron al fin a las aguas del gran río, con una sonrisa en la distancia, supongo, de Anne Hidalgo. Al fin el gran bautismo olímpico, algo que París deseaba con fervor. Pero yo me entretengo con el azul nocturno, sobre todo, cuando suceden todas esas finales de natación en las que no estamos (salvo alguna gozosa excepción). Recibo el frescor extraño y catódico en el salón incandescente. Le añado el surf, las aguas bravas (es el nombre popular del eslalon de piragüismo, si no me equivoco), la vela, que siempre fue lo nuestro, las canoas, y esa extrañeza que siempre conlleva el waterpolo feroz. 

Agua, agua por todas partes. Como en Coleridge. Aunque aquí si hay agua para beber, no lo que le sucedía al viejo marinero. El gran calor del verano se combate con estas diferentes maneras de mirar el agua. Los Juegos Olímpicos, diseminados por varios canales de Televisión Española y Eurosport, producen una rara sensación de ubiquidad. Y la ubiquidad es un atributo de la divinidad. Sólo somos dioses de sofá, pero algo es algo. 

Salto olímpicamente de un deporte a otro, con un ejercicio pavoroso de mando a distancia que exige precisión, equilibrio, timing, oportunidad y suerte. Según los comentaristas, campeones mundiales de la euforia, siempre estamos a punto de ganar una medalla en algo. Luego, algo se tuerce, porque la diosa Fortuna es esquiva como pocas, por más que ayude a los audaces. 

Para ganar una medalla todo tiene que ir muy bien. Esa es la conclusión que saco. Todo pende de un raro equilibrio, quizás como en la vida. Voy de deportes que comprendo muy bien a deportes que no entiendo en absoluto. Casi prefiero estos últimos, porque siempre cabe la sorpresa. Las eliminatorias de judo, por ejemplo, encierran un gran misterio para un ignorante en la materia como yo. La calificación de los saltos de trampolín siempre me produce estupor: ¿qué ven los jurados que yo nunca podría ver? La realidad cambia no sólo por ella misma, sino por el ojo que la observa.  

Los viajes de un canal a otro exigen atención máxima y buen manejo de muñeca. Hay muchos más deportes de lo que parece, y eso que en los Juegos Olímpicos apenas hay una representación limitada, a veces desbordada por algún deporte sorpresivo que cierta audiencia no acepta como tal. A mí no me parece mal que el baloncesto 3X3 sea un deporte olímpico, si estás pensando en eso: tiene algo de cálida cercanía de aquellos días de colegio. Pero, por encima de todo, está el vuelo de los y las gimnastas: el corazón del sentimiento olímpico. También trae recuerdos colegiales, como la natación, con esa inmisericorde lucha por las décimas. No me extraña la explosión de lágrimas que hay en la competición. Todo se parece mucho a la vida misma.

La gran virtud de los Juegos Olímpicos reside en su capacidad para sustituir de golpe toda la realidad (sobre todo la realidad real). Puedes ir de un deporte a otro sin tocar la amargura de los días, sin prestar atención al laberinto catalán, o al oleaje de la lucha política y el universo judicial, que ni siquiera en agosto parece atemperarse. Los Juegos ofrecen una salvación que viene de otro mundo, una teatralidad de ceremonias azules en una ciudad maravillosa, que reinventa el río y el agua, mientras el lodazal de lo cotidiano queda entre paréntesis. Es más difícil bañarse en la actualidad que en el Sena.

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