Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Los Juegos, gloria y tragedia
HAY UNA FORMA de hacer vacaciones con los Juegos Olímpicos, que consiste, básicamente, en mirar. No tanto en dormitar, como en las tardes de la Vuelta o el Tour. Aquí hay que estar atento, porque si pestañeas te pierdes un récord, una jugada clave, alguna proeza casi sobrehumana. Los Juegos Olímpicos exigen atención, pero proporcionan un descanso de persianas bajas y ventanas abiertas, ventiladores (en ausencia de aire acondicionado) y garrafas de agua fría. Se diría que cuesta lo suyo no desfallecer ante la pantalla. Existe seguramente el esguince imaginario, cuando tu mente intenta seguir a Simone Biles, o el chapuzón fake, cuando ves saltos de trampolín.
El agosto olímpico vacacional pasa olímpicamente del esfuerzo, pero lo celebra en la pantalla (con este calor, el deporte siempre son los otros, como podría haber dicho Sartre una tarde cualquiera). Hay un nivel de seguidor patrio, que busca la medalla a toda costa, sin preocuparse en exceso por el procedimiento (hasta los comentaristas celebran sin inmutarse los golpes favorables de la fortuna, a menudo escasos). Y luego está el espectador olímpico que sólo contempla los Juegos para ver a los dioses y a los héroes de leyenda, vengan de donde vengan. Sólo están ahí por Biles, por Marchand, por Ledecky, por Duplantis, por Lebron James, y gente así. Lo suyo es la olimpiada caviar. Hay un momento ante la pantalla en la que te vuelves neutral. Y eso sucede cuando uno asiste a algo verdaderamente grande. Como en la vida (debería ser así), llega ese momento sin colores ni banderas.
Pero se entiende la euforia y la frustración de los comentaristas de Radio Televisión Española. El domingo, por ejemplo, se perdieron tres oros, entre la fatalidad (Rahm), la tragedia (Carolina Marín) o la más que discutible actuación de los jueces de un combate de boxeo (Reyes Pla). Poco antes, con París bajo la lluvia, Ana Peleteiro había dejado de volar, al menos de volar como ella suele hacerlo. Los Juegos Olímpicos tienen un fuerte lado emocional, pero, igualmente, son severamente matemáticos, no conocen la compasión, salvo en los abrazos y las lágrimas. Hay decisiones que dependen de hombres y mujeres, es cierto, quizás un día esto no sea así, y nadie sabe si será mejor. Pero también es un lugar poblado de cálculos, de números, de relojes, cuyas mediciones suelen ser inexorables y, a veces, un tanto crueles.
Contemplar los Juegos en la sobremesa tórrida es, con todo, un ejercicio complejo. No sólo por la atención que el espectáculo demanda, sino porque en pocos segundos se suelen conjurar las grandes pulsiones del mundo. Los atletas estallan en lágrimas, cuando ganan y cuando pierden, y se diría que eso está sucediendo en París más que en otras ocasiones. Los seres tocados por la magia deportiva son también fieramente humanos, por más que nos parezcan inalcanzables. Simone Biles, por ejemplo, creció tanto a través de las dificultades personales como a través de las proezas deportivas. Lo mismo se podría decir de muchos otros. Finalmente, el esfuerzo siempre tiene algo de búsqueda de la belleza. Me gustaría pensar que esta vieja y extraña celebración griega sirve, como servía en la antigüedad, para hacer un paréntesis en la locura de los días contemporáneos. Y, viendo las pantallas, puede afirmarse que, durante todo este tiempo, París era una fiesta.
Cuando llegue el final de los Juegos Olímpicos, en apenas unos pocos días, sentiremos la ausencia de esta fulgurante atención televisiva, la persistencia de las piscinas y las pistas de atletismo en nuestras vidas agosteñas. Uno se pregunta si, más que una lucha de equipos y de individualidades (quizás no hay soledad comparable a los cien metros lisos), una ceremonia así no se hace más bien para lavar el rostro de una ciudad, para aligerar el peso formidable de los días. Esta Francia, que ha coqueteado con unos resultados electorales que apuntaban a un futuro muy difícil de gestionar (y de soportar), puede reafirmar ahora su apuesta por la modernidad y la alegría, empujando a Europa en ese salto adelante que necesita más que nunca.
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