Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
París no se acaba nunca
SERÁ COSA mía, pero bastó que Anne Hidalgo entregara la bandera olímpica (acordándose, seguro, de su arriesgado baño en el Sena), para que toda aquella puesta en escena me empezara a apetecer un poco menos. Valoro el lado rompedor de Los Ángeles, dentro de un país como Estados Unidos, de sus revoluciones hippies y su pasión por la libertad, pero esto de lanzarse desde la cornisa más alta del estadio olímpico, salir pitando en moto, como hizo Tom Cruise, no casa en exceso con ese toque romántico y melancólico que tanto reinventó París en estos días de inmensa pasión.
Mis mejores deseos para Los Ángeles, una ciudad que, en su nueva cita olímpica, podrá contribuir a reverdecer viejas ilusiones de perenne libertad. Pero siempre nos quedará París. Y ya se sabe que París no se acaba nunca, aunque los Juegos Olímpicos sí. Los Juegos han terminado, queridos, y se supone que se debe apoderar de todos nosotros un sentimiento de tristeza, como cuando se acaban, no sé, las fiestas de San Fermín. Mucha gente ha expresado en la televisión que no sabrá qué hacer con su vida tras el final del gran evento, porque algo que te proporcionan los Juegos es orden y concierto, horario, calendario, rigor y largos momentos horizontales.
Durante estas semanas nos hemos regido por la escaleta de Televisión Española, no por los grises horarios laborales, y sólo lo de Puigdemont, a última hora, nos sacudió de ese hermoso letargo metalero, de las mañanas y noches clorhídricas, de la pasión por ver volar a los atletas, con o sin obstáculos. No había pausa posible, ni siquiera tiempo para un respiro. De un lugar a otro, entre la arena y el tatami, apenas encontramos momentos para abrir el frigo y hacernos a toda prisa un cooling break, como mandan los cánones. Vivimos, como suele acontecer, muchas decepciones, pero ya se sabe que pasan las Olimpiadas y no aprendemos. Nuestra frase favorita es “nueva opción de medalla”, y eso es porque le damos demasiada importancia a la victoria (como todos, quizás). Pero, en conjunto, y salvo alguna cosa atroz (como la lesión de Carolina Marín), lo de París ha sido una gran fiesta.
No sólo una fiesta deportiva, sino, como ya se ha dicho, una celebración de la alegría en un contexto urbano de extrema hermosura. Puede parecer algo ñoño o superficial insistir en ese sentimiento de alegría colectiva, pero creo que es lo mejor de cuanto se acaba de vivir. Y creo que París ha conseguido transmitir con gran éxito esa sensación de libertad e igualdad para todos, también la integración del gran acontecimiento en el tejido de la ciudad, y la comunión con la gente. Poco más se puede pedir. Los Juegos no pueden traer la paz como en la edad antigua, vino a decir Thomas Bach, el presidente del COI saliente, en su último discurso olímpico, pero sin duda pueden contribuir a subrayar la igualdad de todos los seres humanos, la competencia en buena lid, la aceptación de las derrotas como grandes lecciones de vida, y el aprecio por los contendientes: esa necesidad de ser humilde en la victoria.
Sé que todo esto suena a discurso previsible. Pero siento que ha sucedido de verdad. París ha logrado escenificar el deseo de libertad y progreso en tiempos de incertidumbre y gran dolor en algunos lugares del mundo, y, al tiempo, ha protegido su corazón ante los que atentan contra la modernidad. Los Juegos deberían devolver a Francia la confianza en una estabilidad política gravemente en entredicho. Algunos creen que este paréntesis será apenas un oasis en la dura travesía que este país (y toda Europa) parece enfrentar en los próximos años. Pero Paris, revestido de verdor (leo en El País que la ciudad ha plantado 63.000 árboles en los últimos cuatro años: algunas capitales deberían tomar nota…), es muy capaz de reinventar la vida y la celebración, y de eso se trata. Reivindiquemos la alegría y la apertura, porque ese es el espíritu de Europa, y ese es el espíritu de unos Juegos. Ni odiadores ni apocalípticos deben guiar jamás, jamás, los destinos de este continente. París no se acaba nunca. La llama de la libertad debe permanecer.
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