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Opinión | Tribuna

Profesor de la USC

No hay magia que valga

Es fácil escribir cuando se tienen aún en la retina imágenes agradables y en el corazón latidos saludables. Veo todavía el escenario por el que desfilaron personas con un saber estar encomiable. Retengo palabras que arrancaron prolongados y sinceros aplausos. Recuerdo discursos trabajados, con mensajes que todos captamos. Luces, las justas. Música, no más allá de lo necesario. No fue toda ella una puesta en escena perfecta, ni la tengo idealizada, pero considero que ese evento fue un claro ejemplo de lo que contrariamente estamos habituados a encontrar en nuestro entorno o en las pantallas. No hubo lanzamiento de afilados dardos como sucede en plenos o controles políticos o gubernamentales. Fue un feliz encuentro para reconocer y visibilizar trayectorias de brillantes profesionales. Así transcurrió, sin entrar en muchos detalles, la velada en homenaje a los Gallegos del Año.

Entretanto pululaban en mi cabeza ideas que me había transmitido una amiga, en respuesta a que me sugiriese temas para abordar cada semana. Son buenas, sensatas. Las anoté e hice mías, ya que me parecen adecuadas. Comienzo por una que estimo ahora más oportuna porque resume en sí parte de las que me ha aportado: la progresiva pérdida de las capacidades humanas. Pensé al leerla: ¿será cierto?, ¿vamos encaminados a esa hecatombe en la vida ordinaria? Me tomé un tiempo para meditarlo, dado que el panorama que he pintado no casa con esa percepción, negativa y alarmante. Estamos, como siempre, en una sociedad cambiante, pero creo exagerado decir que no se pondera el aprecio de lo más básico: el ser y hacer de manera coherente aquello que es identitario e identificativo de cualquier ser humano nacido y formado -siendo libre- en principios que nadie discute por su relevancia. Cierto es que esas facultades no se desarrollan de manera espontánea. Hay que moldearlas entregándose a su cultivo en cuerpo y alma, con sacrificio y deseos de querer potenciarlas. Los premiados de la citada gala lo han conseguido con fórmulas que no son mágicas. Cabe preguntarse: ¿podrán hacerlo también otros (sobre todo nuestros jóvenes) que hoy viven expuestos a tanta información, y quizás, no tanta formación, como la que han recibido generaciones pasadas? Apuesto por la esperanza. Ante un “parto” que dará paso al nacimiento de épocas mejores, me posiciono a favor de un mañana regenerado.

Lean esto: «Van a la calle de la Bola /embusteros a granel, /a la del Oso van los novios /y otros muchos que yo sé. /Van a la calle de Peligros / los que oprimen el país, /y a la del Sordo va el Gobierno /que no quiere oír. /Los que la tienen por el mango /buscan la de la Sartén… /y los que viven escamados, /que son muchos, la del Pez. /A la plazuela del Progreso /mucha gente ya se va, /y el pueblo honrado va a la calle /de la Libertad». Sin música quizás no sepan situar este texto. Si les digo que es de un tal “Pérez González” no les aportaré mucho o nada, pero si añado que pertenece a la zarzuela «La Gran Vía» de Chueca y Valverde puede que algunos caigan en la cuenta de su significado: así van figuradamente, movidos por su antojo e interés partidista, los que se sienten aludidos por el inminente e inquietante “alumbramiento” de una nueva calle (entiéndase: época o fase). Se plasma ahí, con sorna, un cuadro donde sabios y necios saben posicionarse, yendo cada cual a su puesto, que no siempre es el facilón ni el que está al alcance de la mano.

De igual modo, pienso que, si se potencia lo bueno que cada uno lleva dentro, con dedicación y tiempo se logra una obra maestra: individuos talentosos, con diferentes aptitudes, forjadas en silencio y al margen de diatribas vanas.

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