Opinión | Global-mente
La ayuda internacional en el punto de mira
Hay dos maneras de cargarse la ayuda humanitaria. Una como hace Israel en Gaza: bloqueando su distribución o bombardeando un convoy de alimentos para aliviar a una población hambrienta y asediada. Justifica impedir la entrada de alimentos con que sirven para financiar a Hamás; el ataque a la ONG de José Andrés -que mató a 7 cooperantes- lo calificó “error”.
La otra manera es más sutil. Consiste en suspenderla o reducirla drásticamente, y parece que el ejemplo cunde. Nada más instalarse en la Casa Blanca, Donald Trump anunció que “congelaba” 90 días la ayuda internacional de EEUU, en su mayoría canalizada a través de la agencia USAID.
El primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, ya anunció el mayor recorte del programa de ayuda exterior desde que existe. Pasará del 0,5% del PIB al 0,3% en 2027. El motivo: aumentar el gasto de defensa.
Parece que en esto hay sintonía entre Washington y Londres, será por su “relación especial”. Porque hay otra coincidencia, la voluntad de cercenar la independencia de las agencias que gestionan la ayuda oficial, la estadounidense USAID y la británica FCDO (Foreign, Commonwealth and Development Office). Sí, y en esto los británicos se adelantaron, Boris Johnson ya lo hizo hace años. Ahora en ambas agencias hay lo que llaman “redundancy plan” o sea un plan de despidos porque -claro- sobra personal.
Para Trump y su equipo, USAID es un despilfarro de dinero público, una “organización criminal” según Elon Musk, y por lo tanto el objetivo confeso es cerrarla definitivamente. No será fácil, ya que USAID está financiada por el Congreso y su independencia del Gobierno federal blindada por la ley (Foreign Affairs Reform and Restructuring Act de 1998). Y esto nos lleva al origen de esta institución cuyas siglas aparecen en los palés de mercancías que vemos en las noticias cada vez que hay una crisis humanitaria en el mundo.
Pues fue en 1961, año de la crisis de Berlín que desembocó en la construcción del famoso muro, en plena guerra fría, cuando el presidente J.F. Kennedy creó por decreto USAID (United States Agency for International Development). La agencia vino a completar uno de los tres pilares de la política exterior de EEUU focalizada en contrarrestar la influencia de la URSS. Las tres D -defensa, diplomacia y desarrollo- sintetizan la estrategia de la superpotencia estadounidense. USAID encajaba en el pilar del desarrollo cuya filosofía era extender y afianzar la influencia de EEUU con finura, sin coerción, es el “soft power”.
Gracias a USAID se limpian campos de minas, se suministran prótesis a lisiados, se alimenta a los hambrientos, se detectan hambrunas, se contienen epidemias (ébola, cólera, sida), se vacuna de la polio, se sanea el agua; pero también se protegen los intereses comerciales de EEUU al apoyar la economía de los países en desarrollo. O sea, que no se trata de caridad o altruismo, ni simplemente de solidaridad, sino también y sobretodo de velar por los propios intereses.
Con el desmantelamiento de USAID el mundo pierde al mayor donante en ayuda internacional que es con mucho EEUU, le siguen Alemania, Japón, Reino Unido y Francia. Perderán sobretodo Ucrania, Afganistán y el África subsahariana, principales receptores. Y EEUU perderá el prestigio que le reportaba, y con él cierto estatus geopolítico.
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