Opinión | Políticas de Babel
Giro transatlántico a la derecha
Es evidente que las dos grandes locomotoras que aspiran a dirigir, desde ambos lados del Atlántico, las cunas que mecen América y Europa, están experimentando una transición política e ideológica tan radical y aparentemente inesperada, que ha pillado a muchos con el pie cambiado y sin saber muy bien cómo digerirla, gestionarla y, lo que es más importante, explicarla. Dicha transformación responde, entre otros, a tres fenómenos sobre los que merece la pena reflexionar. El primero es la progresiva y palmaria desafección hacia la política y las falsas promesas de aquellos partidos que hasta ahora nos representaban; partidos tradicionales y generalistas, cada vez más asociados a las cornucopias del poder, a los casos de corrupción, y a los intereses de las grandes corporaciones que operan en los parqués bursátiles de medio mundo. La segunda deriva de la fragilidad y la vulnerabilidad que nos ha demostrado la cruel pandemia de la Covid-19. Una debilidad coyuntural que, sin embargo, le abrió los ojos a un amplio sector de la sociedad, que por fin tuvo tiempo de reparar en las flaquezas y carencias estructurales que definen a muchas de las instituciones supranacionales y organismos intergubernamentales que deberían representarnos y protegernos a todos.
La tercera emana de todo un movimiento cultural pretendidamente introducido en la agenda diaria de los ciudadanos. Se trata de una corriente contraria al fenómeno asociado a la Agenda 2030 y al ‘progresismo woke’ que ha irrumpido de una manera tan vehemente en nuestras vidas, que apenas hemos tenido tiempo de asimilarla. Aquí entran temas tan variados como el feminismo excluyente y estigmatizante, la defensa a ultranza y casi impositiva del fenómeno migratorio, el exceso de celo en todo lo que tenga que ver con la defensa a ultranza del medioambiente, o la degradación de aquellos valores tradicionales que aparentaban unirnos en un mundo occidental cada vez más desdibujado e irreconocible, como la familia, la religión, las tradiciones, el legado de nuestra cultura popular, etc. Pues bien, frente a tanta distracción, promesas incumplidas y aspiraciones frustradas, han surgido formaciones políticas capaces de aglutinar todo ese desasosiego y desorientación, y amortizarlo ideológicamente.
En EE.UU. está representado por el ala más radical del republicanismo político, que tiene su bandera más simbólica en el ‘trumpismo’ que vamos conociendo con el paso de las semanas. En el lado de Alemania es el partido Alternativa para Alemania (AfD) el que lidera esta frustración social y cultural que no sólo afecta a las clases medias, sino a todo un sector juvenil que percibe abandono económico y exclusión incluso cultural. Hablamos de postulados que no brotan en contextos geográficos secundarios, marginales o emergentes, sino en territorios que han sido y siguen siendo los verdaderos epítomes de lo que consideramos democracias plenas o, al menos, ejemplares desde un punto de vista legal, jurídico y constitucional. Los partidos tradicionales lo saben, de ahí que sus programas se vayan adaptando sin disimulo hacia las ‘ideas fuerza’ que van moviendo a América y a Europa hacia la derecha. Lo vemos con la relajación del Pacto Verde que la Comisión Europea aceptó a finales de febrero, tras comprobar cómo el regreso de Trump a La Casa Blanca y su nueva política energética y medioambiental podrían dejarnos atrás en términos de productividad y competitividad. También en las nuevas políticas migratorias que viran allí y aquí hacia controles fronterizos, deportaciones masivas y frenos a la inmigración. Todo un desafío.
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