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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Eduardo Mendoza, imprescindible

Me he encontrado con Eduardo Mendoza algunas veces, pero no tantas como hubiera querido. A veces había que conformarse con una rueda de prensa, porque Mendoza llegaba apresurado desde Londres, o me lo parecía a mí, donde ha vivido tanto. Pero, si había suerte, tenías Mendoza para rato. Esa suerte vino a visitarme a finales de 2019, cuando se acercó a A Coruña para presentar El negociado del Ying y el Yang (Seix Barral), en las magníficas sesiones de Javier Pintor en la Fundación Seoane. Fui invitado a compartir esa presentación, apoteósica y con numerosísimo público, y luego aún tuvimos un par de horas de la noche para ahondar más en las cosas de Mendoza, aunque, eso sí, sin pasarnos. Mendoza es un conversador afable e irónico. Un hombre muy elegante. 

Me acordé de todo esto (y busqué las grabaciones de entonces) justo ahora, cuando le acaban de conceder, para regocijo de gentes como yo, el premio Princesa de Asturias. Mendoza ha sido un autor muy galardonado, y aún recuerdo otra ocasión, nada más ganar el Planeta, eso fue en 2010, cuando me habló abundantemente de Madrid, y de Madrid en la historia, y de Cervantes y Velázquez, que venían al caso (era una novela madrileña, que sucedía en 1936, «una mirada antes de que se levantara el telón de tragedia»). 

Seis años después, Mendoza recibiría precisamente el Premio Cervantes, algo que, sin duda, dábamos por hecho los que lo considerábamos desde hacía tiempo un clásico en vida, un autor que salía en los libros de texto desde La verdad sobre el caso Savolta, aquella novela rompedora, atacada por cierta crítica de la época (1975). Por eso, estar al lado de Eduardo Mendoza, en una entrevista, no digo ya en una cena o en una presentación, imponía un poco, si no fuera porque su humor de inmediato le quitaba solemnidad y rigor al momento, devolviéndonos con naturalidad eso que se ha llamado «el posmodernismo paródico» de Mendoza. Nunca he separado sus novelas más serias de sus muchas y descacharrantes aproximaciones a la realidad. Todo está en todo. Y, empezando por el Quijote, el humor suele aparecer en la gran literatura.

Después de un encuentro veloz, también en A Coruña, con motivo de la presentación de El rey recibe, fue, en efecto, en 2019, con el Ying y el Yang (con sus guiños, tan divertidos, a la cultura japonesa), cuando tuve esa oportunidad de hablar largamente con él. Me decía que se identificaba con el tal Rufo Batalla, pero más como un amigo que otra cosa. «Mis personajes suelen estar como yo. Viven en la perplejidad. En realidad, me gustan los personajes que no hacen casi nada, que dependen de lo que se van encontrando».

Cuando le mencionaba el teatro, Mendoza se mostraba agradecido. «Lo aprendí todo del teatro», decía. «Tuve que mecanografiar completa Esperando a Godot, porque sólo podíamos comprar un ejemplar, y así entendí el valor de cada palabra». Su padre, actor de juventud, le llevaba al teatro. Y el propio Mendoza quiso ser actor (de ahí el asunto de la obra de Beckett). «Pocos me hablan de lo que el teatro significó en mi vida», repetía.

El otro gran asunto, claro, fue su época en Nueva York, como traductor para la ONU, donde llegó en 1973. También allí operaba la perplejidad. «Estábamos en un curioso aislamiento. Apenas se mencionaba a España. El día en que murió Franco (lo supimos el 19 de noviembre, no el 20, por la diferencia horaria) tampoco sabíamos qué hacer. No preguntábamos qué pasaría a continuación. Pero fuimos a tomar unos whiskies». De todos estos años, tengo una conclusión. Que Eduardo Mendoza es imprescindible. 

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