Opinión | Global-Mente
Europa no existe, la patria tampoco
¡Europa no existe, Bea! –soltó la frase con convicción, amargura y rabia, sentada en una de esas plazas exquisitamente urbanizadas y ajardinadas que tan bien hacen los franceses. Mi interlocutora es alemana y periodista, compartimos años de trabajo en Euronews. Llegó hace más de treinta a Lyon, como yo, atraída por un proyecto editorial singular, en el que además de convivir en pie de igualdad cinco lenguas de Europa occidental, había una clara adhesión a la construcción de una Europa más unida e independiente en un mundo dominado por EEUU y la CNN.
Mi compañera y yo estamos de despedida, ella se queda en Lyon y yo estoy de vuelta a mi país, España. Hacemos balance y me pone al tanto de cómo les va a nuestros compañeros que han regresado a sus países de origen después de trabajar años en Francia.
Un desastre. Todos, todas, se han topado –y me incluyo- con el muro de la burocracia nacional, que ni oye ni entiende de los derechos de los ciudadanos europeos que han trabajado en la UE haciendo valer la libertad de circulación y residencia de las personas recogida en el Tratado de Maastricht de 1992. ¡Hace más de treinta años! Tiempo tuvieron los Estados para tomar nota y facilitar que esa libertad no se convierta en una pesadilla para quienes se la creyeron e hicieron uso de ella.
Me cuenta mi compañera los problemas que tienen unos y otras para hacer valer su derecho a percibir una pensión de jubilación o acceder a los servicios de salud pública. Papeleo y más papeleo para demostrarlo todo.
¡Ah, eso me suena! Yo ya había oído en Lyon que España era mala pagadora cuando se trata de calcular la pensión de quienes han trabajado tanto en España como en otro país de la UE. Ahora lo estoy comprobando. Para la administración quienes trabajamos muchos años, 42 cotizados en mi caso, fuera del Estado español, somos un «emigrado retornado» al que se le puede calcular la pensión saltándose a la torera lo establecido por la UE, y siempre por lo bajo.
«Emigrado retornado» me recuerda a los tristes años 60 del franquismo cuando legiones de españoles y españolas tuvieron que irse a trabajar a Francia, Alemania, Países Bajos o Suiza. Ellos mandaban a casa sus ahorros, las remesas de los emigrantes, contribuyendo a toca teja al desarrollismo de aquella España subdesarrollada y marginada en la Europa próspera.
Pensé –ingenuamente– que el término había sido desterrado por otro más fino, el de expatriado, que según la RAE es quien vive fuera de su patria.
La Patria, concepto asociado a la pertenencia y a la protección, al menos es lo que se nos inculca. Pues no, en realidad la Patria se desentiende, el Estado hace lo que le conviene y la UE no impone sus reglas a los Estados. Es lo que hay en esta Europa en la que la ciudadanía anda muy desprotegida aunque parezca lo contrario. Un ejemplo, mi compañera después de más de treinta años viviendo en Francia, de pagar allí sus impuestos, de hablar casi tan bien como Simone de Beauvoir, decide pedir la nacionalidad francesa. Seis años le costó obtenerla, teniendo que hacer un examen de francés que ni en el Bac ( el baccalauréat, la exigente selectividad francesa).
Escribo pensando en los millennials y GenZ que viven y trabajan en la UE, espero que les sea más fácil hacer valer sus derechos cuando regresen a sus países o se jubilen. Que este artículo sea un aviso a navegantes.
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