Opinión | Buenos días y buena suerte
Inmigración en tiempos revueltos
Hay una extraña sensación de que las democracias no alcanzan la velocidad de crucero de sus odiadores. Cuando una ley o una norma se constituye, con las garantías debidas, ya se ha hecho mucha demolición, casi siempre desde los arrabales de la sensatez, utilizando recursos que estaban pensados para hacernos le vida mejor, no mucho peor. Nunca he creído que la tecnología sea mala por sí misma, pero utilizar las redes para inflamar al personal, para aplicar la simpleza de pensamiento o, directamente, para propalar fakes, no debería entrar en la cabeza de un ciudadano con un mínimo de raciocinio.
Es obvio que alguien encuentra beneficios en la utilización del miedo y de la alarma sistemática. Ese miedo se refiere siempre al otro, pero no a un otro cualquiera, sino a ese otro que usted y yo sabemos. El débil, el pobre, el extranjero (salvo que venga con posibles: ni siquiera se le pedirá una adaptación cultural). Se maneja la condición de apestados para los que no pasen ciertos filtros esenciales. Todo suena a cierta superioridad moral.
La frontera vuelve a ser el gran asunto contemporáneo. Por miedo al avance de la ultraderecha, que, de cualquier modo, se está produciendo, las derechas más o menos centristas no ofrecen un discurso contundente ante el uso de la frontera como lugar de exclusión. Los derechos humanos no pueden ser obviados cuando se habla de movilidad, mucho más si nos referimos a refugiados o personas que huyen de conflictos bélicos (a menudo, también, en grandes dificultades económicas). Hay una confrontación en marcha entre los factores globalizadores y las políticas supraestatales y la pervivencia y reforzamiento de las ideas de nación-estado, que intentan preservar una supuesta pureza social y cultural, muy contraria a la evolución histórica.
Todos venimos de la inmigración, del tránsito de personas que han interaccionado a lo largo de la historia y construido nuevas realidades, porque todo cambia, nada es inmutable. Como ha escrito Ángeles Solanes, la frontera dibuja la paradoja actual de aplicar «un esquema estatal a un contexto global». La frontera ya no es sólo un muro medieval, sino que tiene un valor simbólico, es una herramienta dialéctica. Porque, añade Solanes, «la frontera separa el ‘yo’ del ‘otro’, creando de esta manera dos identidades, de tal forma que sin frontera no habría otro. La frontera crea al extranjero».
La manipulación de los datos y el uso de la demagogia, tan habitual en nuestros tiempos, puede provocar consecuencias muy graves, como se ha visto en los días recientes. No parece propio de una sociedad evolucionada y moderna el afán de linchamiento, eso que algunos llaman «la caza humana», ni siquiera dicho de manera figurada. La simpleza del discurso, como se ve a menudo en Trump, y en otros líderes de este jaez, contribuye a la anulación de todo análisis, a la puesta en marcha de la peligrosísima política emocional. La inflamación del discurso es el mal absoluto. Es el asesinato de la razón.
En este punto me acuerdo del polémico economista estadounidense Bryan Caplan, que considera que la democracia peligra por el aumento de decisiones irracionales de los votantes. Es un tema para otra columna, sí. Pero es Caplan el que dice (Open Borders, The Science and Ethics of Immigration) que abrir las fronteras duplicaría la productividad de los países receptores. ¿Qué les parece? Que la inmigración es básica para el desarrollo de los países occidentales es una verdad científica. Los datos lo demuestran.
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