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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Ante el mal lenguaje político

Como decía Humpty Dumpty, en esto del lenguaje lo importante es quién manda. O sea, quién tiene el poder sobre las palabras. Y, sin embargo, nada debería ser más libre que la lengua, pues es patrimonio de los pueblos, no de las academias, tampoco de los gramáticos. El lenguaje vuela solo, con sus giros y sus rarezas, lo que hace que una palabra mute y cambie acunada por la historia, y también por las geografías. Temen algunos que procuran el poder esas libertades, prefieren controlar el lenguaje, porque con él controlan nuestras vidas. Prefieren manejarlo a su antojo. Tener el lenguaje es tener el privilegio de decir qué es la verdad. Y en qué verdades debemos creer.

A pesar de su evidente infantilismo verbal, Trump es experto en manipular el lenguaje, como, por otra parte, suelen hacer los populistas. Lo someten a una dieta de maniqueísmo y simpleza, muy acorde con el nivel de sus razonamientos. Y con ese muñeco de paja quieren engatusar al pueblo. A lo que se ve, lo consiguen en parte. En América y aquí. No escucharás un sólo pensamiento elaborado de su boca, sólo banalidades, gansadas de tres al cuarto, frases para la galería, eslóganes de medio pelo (como eso de ‘hagamos América grande de nuevo’), y demás ridículas expresiones prefabricadas por algún entusiasta escriba del club. Controlar el lenguaje, crear un ‘newspeak’ (Orwell, claro), es algo que persiguen los que no quieren dejarlo en manos del pueblo (ni el lenguaje, ni nada), para entregárselo manufacturado como comida rápida, listo para el consumo de los incautos.

Todo esto nos está destrozando. Probablemente esté llevando a muchos jóvenes a la ultraderecha, incluso al pensamiento filofascista, porque el que no profundiza en el lenguaje compra muchas papeletas para ser engañado. Tenemos una responsabilidad. Hay que educar en la calidad del lenguaje para que las frases cutres, indigestas, no entren en nuestro menú cotidiano desde la política y sus aledaños. O sea, para no allanar el camino a las ideologías perniciosas. La democracia se construye con el pensamiento complejo y con el lenguaje complejo. La manipulación es propia de los discursos simplistas.

Observen cómo algunos políticos pervierten sistemáticamente el lenguaje, trufándolo de términos que puedan mover de inmediato al escarnio, siempre con la necesaria simpleza que implica el amarillismo. Es como hacer una ensalada con productos de pésima calidad. Pero ya saben: lo que no mata, engorda. ¿Qué queda de los discursos profundos? ¡No dejamos de oír banalidades a todas horas! No dejamos de escuchar alocuciones pueriles, contaminadas por un deseo panfletario, por la desesperada apelación al escándalo. La política debe construirse con otros productos del intelecto. Deberíamos evitar el consumo de toda teatralización populista de baja estofa.

Ese deseo de gobernar el lenguaje, y, por tanto, la verdad, habrá llevado a Trump a despedir hace unas horas a Erika McEntarfer, responsable de las estadísticas laborales. Entrenado como está desde sus años televisivos en pronunciar la frase “you are fired” (¡despedido!), Trump ha hecho lo propio con la comisionada, porque, vaya por Dios, los datos de empleo de julio dejaban sus políticas en muy mal lugar. Esperen a que lleguen los efectos de los aranceles… Como dice Plutarco que hizo el rey Tigranes II de Armenia, Trump prefiere acabar con el mensajero, si la noticia no le complace. De ahí viene, al parecer, lo de “matar al mensajero”. Trump y los de su cuerda no dejarán que el lenguaje les sea arrebatado, porque quizás es ya su única arma.

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