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Opinión | Miel, limón & vinagre

José María de Loma

Jimmy Kimmel, el hombre que no hace sonreír a Trump

Un país está sano cuando todo el mundo tiene un monologuista de cabecera

Jimmy Kimmel.

Jimmy Kimmel.

Se atribuye a Fray Luis de León aquello de "decíamos ayer", que pronunció el día que volvió a sus clases en Salamanca tras cinco años encarcelado por la Inquisición. El guionista y presentador neoyorkino Jimmy Kimmel solo ha permanecido una semana en los calabozos morales del trumpismo, tiempo que ha estado suspendido su programa en la ABC. No es tan sabio como Fray Luis pero influye tanto como él, también pasará a la historia y no le va a la zaga en ingenio. Dijo Kimmel al regresar: "Como estaba diciendo antes de que me interrumpieran…", y a continuación pronunció un emotivo monólogo de media hora. Kimmel, de 57 años, presenta y dirige 'Jimmy Kimmel Live!', en la cadena ABC. Ha sido presentador de los premios Oscar en cuatro ocasiones.

En su monólogo del 15 de septiembre habló sobre Tyler Robinson, el hombre que mató a Charlie Kirk, el activista conservador asesinado el 10 de septiembre mientras hablaba ante estudiantes en la Universidad del Valle de Utah y que tan querido era por Trump.

Kimmel satirizó la respuesta de Trump a un periodista que le preguntó cómo llevaba el duelo. El presidente afirmó que lo llevaba "muy bien" y cambió raudo de tema para perorar sobre un nuevo salón de baile de 200 millones de dólares que se iba a construir en la Casa Blanca.

"Sí, está en la cuarta fase del duelo: la construcción", dijo Kimmel. "Demolición, construcción. Así no es como un adulto llora el asesinato de alguien a quien llamaba amigo; así es como un niño de 4 años llora la muerte de un pez dorado". Y se armó el follón. Sobre todo en la red X. Fue entonces cuando la ABC, Disney, decidió cancelar el programa de Kimmel. Tras una semana —del 17 al 25 de septiembre estuvo cancelado— lo ha repuesto en la programación. Por medio, descaradas declaraciones de Trump sobre la retirada de licencia a las cadenas que lo criticasen.

Kimmel ha hecho un innecesario propósito de enmienda. Debería continuar siendo crítico y satírico. Trump es sulfuro para el ingenio. Sin embargo, Kimmel tuvo el detalle de alabar a la viuda de Kirk. Lo hizo sinceramente. E incluso pidió perdón. El zarpazo y la amenaza trumpista, sin embargo, funcionaron algo: un 25% de las emisoras afiliadas no emitieron el programa. Pese a eso, la audiencia pasó de los seis millones de almas. Lo mollar fue esta frase: "El Gobierno no debe controlar lo que decimos". Tal aserto es una obviedad necesaria, un deseo y una proclama que ha de ser firme. Hemos pasado de que la prensa controle al poder a que el poder haya olido la debilidad de los medios y los controle a su antojito. O los amenace.

Piensa uno en el escenario español y lo compara. Kimmel no sabemos si es Buenafuente, Pablo Motos, Giró o Broncano. O si es como eran Pepe Navarro o Sardá. Tal vez sea un cruce del Wyoming con Franganillo.

Tampoco sabemos quién es el Trump español, pero lo cierto es que en los últimos días ha habido amenazas trumpistas a presentadores: copiamos lo mejorcito. Por ejemplo, las de ese diputado de Vox que ha dicho que no saben si "entrar con motosierra o lanzallamas" en TVE el día que gobiernen. Otro voxero amenazó a Marc Giró por unos supuestos chistes de este sobre el macho español. De fondo, lo de siempre: el temor del poder más que a la crítica, al humor. Con todo, no es despreciable el intento de Kimmel de que no nos movamos solo con clichés. En su monólogo del día 25 dijo que algunos en el extranjero ven a Trump igual que ellos en USA ven los encierros de los sanfermines: o sea, exclamando: ¡Esta gente está loca!

Kimmel, de ascendencia italoalemana, dos veces casado, ganador de numerosos premios, progresista, ha protagonizado una polémica en la que incluso ha intervenido Kamala Harris para decir que su programa ha vuelto "por la fuerza de la gente". La fuerza del negocio, y de la audiencia, también habrá influido algo. Crecen como setas en Estados Unidos los Kimmel de derechas. Un país está sano cuando todo el mundo tiene un monologuista de cabecera. Aquí, que tanto criticamos, los hemos tenido mucho tiempo recluidos en canales de pago en madrugada. Al menos, nunca hemos elegido presidente a un Trump. Nos hemos quedado en hacerlos alcaldes en alguna que otra ciudad de provincias con glamour y turismo.

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